Retiro en la isla (Isla Ballena)
© inepub.com
Prólogo
Odio los domingos de sol. Sales para desconectar y te encuentras con un montón de gente dando por saco.
En los sitios turísticos lluviosos como Isla Ballena, el mínimo rayo de luz parece el billete de entrada para que cientos de domingueros colapsen el ferri desde la ciudad y abarroten el casco antiguo para irse de cañas.
Además, en cuanto el termómetro ha subido unos grados, la gente ha salido de sus casas y se ha apalancado en las playas de la isla.
¡Qué infierno! ¡Que estamos en abril, por Dios!
No sé cómo se atreven a meter ni tan siquiera los pies en la orilla.
Ese agua se te clava hasta los huesos como cuchillas.
Por eso se me ha hecho de noche mientras caminaba, buscaba desesperadamente un poco de paz, hoy que la lluvia nos ha dado una tregua. Necesitaba un poco de soledad, sigo con la cabeza hecha un lío.
El paseo marítimo que bordea la playa más cercana a mi alojamiento sigue animado para ser más de las diez de la noche: parejas compartiendo un helado, adolescentes en bici, familias estirando las últimas horas del fin de semana.
No hay ferris de vuelta por el aviso amarillo por oleaje y han cancelado todos los trayectos de la tarde, así que muchos de los visitantes tendrán que hacer noche aquí.
Miro hacia la arena, ya completamente a oscuras, y distingo unos puntos de luz intermitentes.
Quizás es el típico jubilado con un detector de metales buscando pendientes y anillos perdidos.
Me acerco para verlo mejor... Vale, no es un jubilado, sino un grupo de tres personas iluminando el suelo con sus linternas.
Podrían ser pescadores organizándose para clavar sus cañas en la arena y pasar la noche a la intemperie.
No sé, parecen muy concentrados mirando el suelo, igual se les ha perdido algo.
Me giro hacia la barandilla del paseo. Ahora que me fijo, veo grupitos de gente amontonada, estirando el cuello hacia la negrura del mar. Me parecen demasiados curiosos para que simplemente se haya perdido algo en la arena.
Y entonces lo veo: en el parking de la derecha, situados de mala manera, hay dos coches de policía y una ambulancia con las luces apagadas. Eso no es una buena señal.
El morbo me puede. Soy una cotilla, no lo voy a negar, y la curiosidad me quema por dentro.
—Disculpa, ¿se sabe qué ha pasado? —le pregunto a una mujer apoyada en la barandilla.
Me mira de reojo, con desgana, y vuelve a clavar los ojos en la arena.
—Ni idea. Por ahora no se sabe nada más. A mí no me preguntes.
A ver, asume que estoy al corriente de todo, pero no tengo ni puñetera idea.
De todas formas, está claro que pasa de soltar prenda la estúpida esta.
Mal sitio para rascar información. La mujer no tiene ninguna intención de alimentar mi vena de vieja del visillo, así que me alejo disimuladamente y abordo a un grupito de púberes que se empujan entre ellos para ver mejor.
—Oye, chicos, ¿sabéis qué ha pasado? —susurro, adoptando mi mejor tono de tía enrollada.
El que parece el lidercillo del grupo se gira, encantado de darme palique. Es su aventura del día.
—Hay un muerto en la orilla —dice, bajando la voz con un entusiasmo macabro—. Dicen que se ha ahogado y lo ha arrastrado la marea. Lleva más de una hora la policía en la playa.
Se me corta la respiración.
—Mira, mira, ahí —interviene otro crío, señalando hacia la oscuridad.
Cuando la luz del faro alumbra hacia la arena se ve perfectamente. Hay alguien tirado con ropa blanca. Es como una túnica.
El corazón me da un vuelco tan violento que me mareo.
—Seguro que es el gurú ese —añade una mujer que pasa a nuestro lado, chasqueando la lengua con una mezcla de lástima y reproche—.
El que ha montado ese retiro espiritual pijo en el Palacete de los Ilustres.
Dicen que el cadáver es de un hombre de pelo largo.
Pelo largo y túnica blanca… Tiene que ser él, ya te lo digo yo.
No puede ser.
Siento un sudor frío recorriéndome la nuca mientras doy un paso atrás, alejándome del tumulto. No puede ser él, no tiene sentido. Hace apenas unas horas estaba en la finca.
Pero lo que dicen de que se ha ahogado es imposible. Con el horario de actividades completo y el aviso amarillo, dudo que haya salido a nadar alegremente.
Necesito volver al bungaló ya. En cuanto la policía confirme la identidad del cuerpo subirán a la finca para interrogarnos a mis compañeras y a mí, si es que no lo están haciendo ya…
Si no ha sido un accidente y descubren que he pasado la tarde fuera del recinto después de lo que ha ocurrido esta mañana, me van a convertir en la sospechosa número uno.