Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Apenas se abrió la puerta, Callanach se puso delante de Natasha.

Había captado una nota inquietante en la voz de King, que había pronunciado su nombre de forma infantil y amenazadora, como un matón que ofrece caramelos para atraer a un niño más pequeño detrás de un árbol y hacerle daño sin ser visto.

La cara de Ava estaba destrozada. Tenía una mejilla terriblemente hinchada, pero seguía en pie.

Era una buena señal. Al otro lado de la habitación, había una mujer atada por las muñecas al cabecero de una cama metálica, como las de los hospitales.

Tenía la cara y el cuerpo cubiertos por una sábana.

Solo se le veían los brazos. Estaba gimiendo y canturreando algo.

King solo era visible parcialmente, ya que estaba protegido por otra mujer, colgada bocabajo de una viga, con una cuerda atada a los tobillos.

El estado del suelo demostraba que ya había perdido mucha sangre.

Se iba a desmayar si no la bajaban inmediatamente.

King le estaba apretando contra el cuello un largo cuchillo de cocina dentado.

Un paso en falso y ya no podrían ayudarla.

—Reginald —dijo Callanach—. Me llamo Luc. ¿Podemos hablar sin ese cuchillo?

—No empiece con esos trucos de psicología barata, inspector Callanach.

No tienen ningún efecto sobre mí. Es con Natasha con quien quiero hablar.

Puedo llamarte por tu nombre de pila, ¿verdad?

—preguntó con sarcasmo—. Como estoy en mi casa, no eres mi jefa.

Y de todos modos, supongo que ya no seré bienvenido en la universidad.

No creo que en Recursos Humanos tengan una carta de advertencia estándar para una situación como esta.

—Estalló en una carcajada y Natasha apartó la mano que la sujetaba del brazo y entró en la habitación.

—No le hará daño a esa chica, ¿verdad, doctor King? —dijo.

—¿Qué más te da? —replicó—. Nunca te ha importado nada de mí, nunca me has pedido mi opinión, y ni una sola vez, en todo el tiempo que llevamos trabajando juntos, me has preguntado cómo estaba. En cambio, te importa esta chica, este excremento en el zapato de la humanidad.

—Teníamos una relación profesional, la misma que tengo con los otros miembros del departamento. Lo siento si le ha parecido que no le prestaba suficiente atención. —Dio otro paso hacia Billie, demostrándole a King que no le tenía miedo. Callanach intentó rodearlo para sorprenderlo por la espalda.

—No se atreva a acercarse más, inspector. Recuerde lo que está en juego —lo amonestó King.

—Déjeme bajarla —imploró Natasha—. Ya ha demostrado de lo que es capaz. Me ha demostrado que lo había subestimado. No hay necesidad de continuar.

—No voy a dejar que la bajes, todavía no —dijo él—; pero puedes consolarla si eso te hace sentir mejor, si quieres demostrarle a tu amiga lo buena y compasiva que eres.

Adelante. —Natasha cogió una de las manos de la chica.

Seguía con vida. Callanach la oyó suspirar y en sus ojos brillantes captó la mirada de gratitud que dirigió a Natasha—.

¿Ves? Puedes ser amable. No entiendo por qué siempre has sido tan zorra conmigo.

Con un golpe largo y rápido, le cortó la yugular.

La cara de Billie no tuvo tiempo de registrar el dolor.

Al desaparecer la tensión de su cuello, su cabeza cayó hacia atrás con la frente hacia el suelo.

Natasha intentó entender lo que acababa de ocurrir, estiró las manos para detener la sangre y echó hacia atrás la cara de la chica.

—¡No! —gritó—. Oh, Dios mío. Por favor, no. ¿Por qué has hecho eso? —Ava corrió hacia ellas. Callanach se lanzó sobre King, pero era demasiado tarde. Llegó a la cama de Jayne antes de que pudiera interceptarlo.

El cuerpo de Billie se vació del resto de su fluido vital. Natasha estaba de rodillas, gritando de rabia y dolor mientras Ava la abrazaba con fuerza.

Callanach observó cómo King arrancaba la sábana de la cabeza de Jayne. Tenía la cara roja y sudorosa. King estaba disfrutando, la muerte lo excitaba. No se detendría.

—No —dijo Ava—. No se te ocurra hacerle daño a Jayne o no saldrás vivo de aquí.

—¿Quieres venir a consolarla, Natasha? —preguntó—.

Puedes sostener su mano mientras la destripo.

—Natasha apretó la cara contra el hombro de Ava—.

Tu valentía ha tenido una vida bastante corta.

Qué pena. Jayne, no te importa morir, ¿verdad?

Probablemente pienses que el paraíso te está esperando.

¿Pero si en el más allá estuviéramos solo nosotros dos, en esta habitación, atrapados juntos para siempre, en el instante en que te destripo, repetido durante toda la eternidad?

—Jayne no contestó. Callanach oyó un ruido a sus espaldas, echó una mirada alrededor y apoyó una mano en el marco de la puerta.

King estaba acariciándole la mejilla a Jayne con el cuchillo.

Ella temblaba, con los ojos muy abiertos por el terror.

Callanach avanzó hacia Ava y Natasha y las protegió con su propio cuerpo—.

¿Va a intentarlo, inspector? —le preguntó King con sorna—.

Aunque me parece que puedo cortar más rápido de lo que corre el mejor agente de la Interpol.

¿Sorprendido? Bueno, no es el único que ha investigado.

Salió de Francia de manera bastante turbulenta, ¿verdad?

Aunque me atrevería a decir que a sus colegas no les importó que se marchara.

Era el chico de oro y lo perdió todo. ¿Qué sintió?

Permítame hacer un resumen… Graduado con buenas calificaciones, trabajó un tiempo como modelo, para revistas, periódicos, y tuvo contacto con más de una celebridad.

Después, un breve pero impresionante periodo con la policía de París, y luego un traslado a la Interpol.

Y de repente la gran caída. Por supuesto, tuve que leerlo todo en francés, que estudié de forma autodidacta y hablo con fluidez.

De hecho, tenemos más cosas en común de lo que imagina.

A mí también me robaron cruelmente el futuro, ¿verdad, Natasha?

—King lanzó una breve mirada en su dirección.

Ella abrió la boca para responder, pero de sus labios solo salieron un susurro y un lamento.

Callanach hizo todo lo posible por permanecer impasible ante los detalles que King había logrado descubrir sobre su vida.

La fanática capacidad de investigación era la marca distintiva del asesino al que habían dado caza.

Su carácter obsesivo era lo que había dificultado tanto su captura.

Debió de planear los secuestros durante meses, reuniendo toda la información posible sobre Elaine y Jayne—.

Entonces, ¿lo intentamos, Callanach? —continuó King, señalando con el cuchillo el espacio que los separaba—.

Ava se negó a jugar mi juego. Tal vez usted sea un mejor oponente.

—De acuerdo —aceptó Callanach—. ¿Cuál crees que es la distancia que nos separa? Conoces este lugar mejor que yo.

—Así es —respondió King—. Mide unos seis metros y medio. Tendré tiempo suficiente para matarla y volver el cuchillo contra usted. ¿Aún quiere probar suerte?

Callanach asintió.

—¡Luc, no! —gritó Ava—. Nunca lo conseguirás. Por el amor de Dios, ¡para!

—¿Te gustaría decir tus últimas oraciones, reverenda? El inspector está jugando con tu vida y puede que haya llegado el momento de que te prepares para lo peor. —Jayne empezó a sacudir furiosamente las esposas que tenía alrededor de sus muñecas y a sacudir las piernas.

King colocó la hoja sobre su cuello con diligente cuidado, tratando de encontrar el ángulo adecuado y añadiendo presión como si estuviera a punto de cortar un asado.

Miró a Callanach y abrió la boca para darle la señal de que empezaba la carrera.

El inspector sacó la mano de detrás de la espalda y disparó. La pistola eléctrica alcanzó a King en pleno pecho, descargando doce mil voltios en su cuerpo. Cayó como una piedra y el cuchillo cayó con él.

La cara de Tripp emergió de las escaleras.

—¿Le ha dado? —Callanach asintió—. Los paramédicos y los refuerzos llegarán en un minuto.

Callanach se dirigía hacia el cuerpo de King cuando una mujer que no había visto antes, al menos no en carne y hueso, se levantó y extendió una mano para detenerlo.

—No —susurró—. No te acerques más. Debe morir. —En sus manos estaba el martillo que Ava había tirado al suelo.

—Elaine —dijo Ava—. Se acabó. Vamos a arrestarlo. King irá a la cárcel y se quedará allí el resto de su vida, te lo prometo.

—No es suficiente —respondió ella—. No me importa que lo encierren y lo torturen todos los días durante cien años. Nunca será suficiente.

Se quitó la dentadura postiza de las encías inflamadas y la tiró. Aterrizó a los pies de Callanach.

—Elaine —murmuró Jayne—. Cariño, no puedes matarlo. Tú no eres así.

—¿Cómo puedes decir eso después de lo que nos ha hecho? ¿Después de lo que les hizo a otras mujeres? —preguntó, con una pronunciación ceceante y escupiendo saliva.

—Quiero que vaya a juicio —dijo Jayne—. Necesito que se haga justicia. No nos corresponde a nosotras quitarle la vida. Por favor, desátame y deja que te ayude.

Elaine levantó el martillo y miró a Callanach directamente a los ojos.

—¿No me merezco algo por esto? —preguntó, señalando las llagas de su boca—.

¿No es justo que pague, en vez de esconderse detrás de abogados e informes psiquiátricos?

Sé cómo va esto. He estado en el otro lado.

Me acuerdo de cuando di una conferencia en la facultad de Derecho, él se levantó al final y se acercó, adulándome.

Me asustó. Ya entonces se le notaba en los ojos. Tiene que pagar.

—Elaine —dijo Callanach—. No puedo permitir que le hagas daño. Y tengo que esposarlo mientras aún está inconsciente.

Callanach vio en su rostro la vívida cicatriz del terror que nunca la abandonaría, ni en el trabajo ni en el coche ni siquiera mientras estuviera durmiendo.

Había cosas de las que una persona no podía recuperarse.

En su mano derecha tenía la pistola eléctrica que Max Tripp le había dado desde las escaleras.

La tenía preparada por si King llegaba a moverse.

Señaló con la cabeza su propia mano izquierda, viendo que Elaine seguía su mirada.

Lentamente, sin decir nada, levantó el dedo índice.

Solo uno. Por primera vez, una emoción distinta al miedo cruzó el rostro de Elaine.

Ella asintió para decirle que lo entendía.

No levantó demasiado el martillo ni golpeó con demasiada fuerza. No corrió el riesgo de matarlo ni de causarle daños cerebrales. Apuntó con cuidado y el golpe fue certero. Cuando bajó la cabeza metálica de la herramienta, le partió los labios, las encías y la mayor parte de los dientes centrales.

Ava se acercó a ella, le pasó el brazo por los hombros, le quitó el martillo de la mano y la acompañó fuera.

Tripp llevó a Natasha al final de las escaleras, donde los esperaba el personal médico.

Callanach liberó a Jayne, puso a King de lado y lo esposó.

No podía hacer nada por la pobre chica que colgaba de la viga, excepto quedarse con ella mientras esperaba a que la bajaran y la trataran con dignidad. Se había acabado.