Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

—No lo haré —se plantó Ava—. No me harás responsable de la muerte de una persona, ya sea de la chica o de una de ellas. —Señaló a Jayne. A Elaine no se la veía por ninguna parte.

—¿Crees que es un farol? —preguntó King, presionando el cuchillo más profundamente en el cuello de Billie—.

¿Crees que no voy a hacerlo porque es demasiado joven?

Déjame decirte lo que las mujeres jóvenes piensan de mí, Ava.

Caminan detrás de mí por los pasillos de la universidad, riéndose.

Fruncen el ceño por cómo me visto, susurran comentarios desagradables sobre mi pelo.

Luego enseñan sus piernas desnudas y sus pechos subdesarrollados a los chicos inmaduros que se pavonean por el campus como si fueran dioses. Bueno, ¿quién es el dios aquí?

—Baja el cuchillo —ordenó Ava—. Ya basta.

—Coge ese martillo o le corto el cuello —respondió él—. El tiempo se está acabando.

—¡No! —gritó Ava—. ¿Qué harás cuando le hayas cortado el cuello? No quieres ser tú el que mate a Jayne o Elaine. Por eso intentas obligarme a mí a hacerlo.

—¿De verdad me consideras tan blandengue?

—le espetó King—. Ya he matado a dos mujeres en esta habitación.

¿Dudas de que matará a dos más, o a tres, o a veinte?

—Apartó el cuchillo del cuello de Billie y dio un paso hacia ella, apuntándole—.

¿Crees que no te mataré? —Se acercó rápidamente a Ava, haciéndola jadear y retroceder de una forma que él encontró inesperadamente excitante—.

¿Quieres saber por qué lo hago? Porque quiero ver a la mejor amiga de Natasha Forge despedazar a otra mujer a sangre fría.

Quiero oírte gritar por algo que no sea un dolor trivial.

Quiero ver cómo te despojas de tu humanidad.

—¿De eso se trata? —preguntó Ava con calma—. ¿De llamar la atención de Natasha? Seguro que te desprecia.

—Coge el martillo —le ordenó. Su voz era gélida—. Quedan veinte segundos. Elige a una o recogeré la sangre de la chica en un cubo y te obligaré a bebértela.

—¡No! —gritó Ava. King volvió al cuerpo que colgaba bocabajo. La cara de Billie estaba hinchada y morada. Ava lo miró fijamente—. Por favor, no la mates.

—No te preocupes, Ava. Elígeme a mí —intervino Jayne—. Tápame la cara y dame un golpe certero. No tengo miedo a morir. La verdad es que me da más miedo verlo matar de nuevo.

—Jayne, no. No voy a hacer eso —se negó Ava, poniéndole con suavidad una mano en la frente.

—No es por heroísmo. Créeme, pensar en el dolor es aterrador. Pero no puedo permitir que quite otra vida. Es una niña y ya ha sufrido bastante. Sálvala. Hazlo por mí.

—Diez segundos —dijo King.

—Coge el martillo —le pidió Jayne—. Estoy cerrando los ojos.

—No —murmuró Ava; se acercó de repente a la cama y extendió la mano. Las lágrimas inundaron sus mejillas. King intentó evitar que una sonrisa de satisfacción se dibujara en su rostro, pero fracasó y se permitió disfrutar del momento.

—Estás haciendo lo que deseo, que te quede claro —dijo Jayne—. Todo el mundo pensará que hiciste lo correcto. Dile a mi madre que la quiero. Pídele a mi congregación que perdone a este hombre. Es cierto que no se puede vencer el odio con odio.

Ava estaba frente a ella; el mango de madera del martillo era áspero y la cabeza de metal estaba manchada por los años de uso.

Miró a King, con ojos suplicantes, con una mirada que decía más de lo que las palabras podían expresar.

Él respondió solo colocándose detrás del cuerpo de Billie, le agarró la cintura con un brazo y con la otra mano hizo el gesto de cortarle la tráquea con la hoja del cuchillo. Su mensaje no podía ser más claro.

—Que Dios me perdone —susurró Ava, cubriendo el rostro de Jayne con una sábana.

Luego levantó el martillo, sujetándolo con ambas manos y sin dejar de llorar, separó los pies para encontrar el equilibrio, apuntar y dar un golpe limpio.

No podría golpearla dos veces y sabía que cuando el martillo cayera, ella moriría allí mismo con Jayne.

De repente, alguien llamó a la puerta con golpes fuertes e insistentes.

Por un momento King y Ava cruzaron sus miradas, se estudiaron mutuamente, planeando su siguiente movimiento. King dudó. Al principio apartó el cuchillo del cuello de Billie para correr hacia la puerta, pero luego volvió a aferrarse a su cuerpo colgante, sabiendo que necesitaría un rehén.

¡No toques esa maldita puerta! —gritó, pero el martillo había caído al suelo y Ava había abandonado su puesto de verduga y había corrido a abrirla.

La llave estaba insertada en la cerradura.

King se maldijo a sí mismo. La culpa era de Billie.

Se había resistido demasiado, lo había enfadado.

Se preguntó cómo lo habrían descubierto—.

Abre esa puerta y solo sobrevivirá unos segundos.

¿Es eso lo que quieres? —exclamó—. ¿Quieres verla desangrarse cada vez que cierras los ojos?

—Abre la puerta —ordenó una voz masculina, con un acento que King reconoció.

—¡Luc, no puedo! —chilló Ava—. Tiene a una chica colgada del techo. Si abro, la matará.

—La matará de todos modos —la contradijo Callanach desde el otro lado—. Ya ha asesinado a dos mujeres. Yo me haré responsable, Ava. Abre la puerta.

—¿Ava? —llamó una voz femenina—. Ava, tienes que hacer lo que dice Luc. Tienes que dejarnos entrar para que podamos ayudarte.

—¿Natasha? —preguntó King, antes de que la palabra saliera de la boca de Ava—. ¿Eres tú?

—Sí —respondió ella. Se produjo un silencio. Todos estaban esperando. Incluso Billie se calló y dejó de forcejear.

—Abre la puerta —ordenó King—. No le haré daño a la chica. Me gustaría ver a la profesora Forge.

Ava estiró los dedos temblorosos y giró la llave. La puerta se abrió y Callanach y Natasha miraron dentro.