Capítulo 46
Callanach aparcó un par de casas antes de la dirección de King. Él y Natasha abrieron y cerraron las puertas en silencio, y luego se detuvieron a observar la casa desde la entrada oculta tras los arbustos.
—Es una mansión muy respetable para un administrativo de la universidad—comentó Callanach.
—Lo heredó de sus padres. Créeme, lo sé todo. Una vez me invitó a tomar café, pero le puse una excusa.
—Voy a llamar a uno de mis agentes para pedirle que nos mande refuerzos. Pero necesito encontrar un lugar con cobertura. Espérame aquí. —Callanach recorrió unos metros calle arriba con la mirada fija en el teléfono.
—No hay motivos suficientes para obtener una orden de registro, lo has dicho tú mismo. La única manera es encontrar una excusa para una visita sorpresa —dijo Natasha, siguiéndolo.
—Es demasiado arriesgado —respondió él cuando alguien contestó a su llamada—. Tripp, soy Callanach. Estoy a punto de darle una dirección. Coja papel y lápiz… —Cuando terminó, Natasha ya se había ido. Callanach fue corriendo tras ella, que ya estaba llamando al timbre de King.
—Natasha —siseó—. ¡No te atrevas a entrar!
—Ella apoyó las manos en la vidriera de la puerta y se puso de puntillas para mirar dentro.
No hubo respuesta. Miró a su alrededor e hizo un gesto a Callanach, señalando las ventanas de la parte delantera mientras empezaba a moverse.
En equilibrio sobre una maceta, miró a través de un hueco que había entre las cortinas, agachando la cabeza como si quisiera estudiar un detalle más de cerca.
Se quedó inmóvil. Empezó a sacudir la cabeza, primero suavemente y luego con más violencia.
Callanach entendió lo que estaba diciendo sin tener que acercarse.
El lenguaje corporal era bastante explícito.
«No. No, no, no». Él se puso a correr antes de que pudiera detenerlo; era demasiado tarde para tener precaución.
Miró por la ventana de al lado. Un rastro de sangre coagulada zigzagueaba por el salón, brillando en el suelo de madera.
Natasha dirigió su mirada hacia una puerta que daba al pasillo.
El elegante papel pintado con rayas azules y blancas estaba manchado de gotas de sangre.
Callanach corrió a su coche y regresó segundos después con la misma palanca que había utilizado en Causewayside.
Corrió hacia el garaje adosado que había en un lateral de la casa y deslizó la barra bajo la puerta, haciendo palanca hacia arriba.
Esta vez sabía que no se iría con las manos vacías.
Natasha estaba detrás de él cuando se levantó la puerta.
Las luces del garaje estaban encendidas y la puerta del copiloto estaba abierta. Natasha se llevó una mano a la nariz.
—Dios, qué peste —dijo. Callanach comprobó el coche. El suelo del asiento del copiloto estaba manchado de vómito y de un líquido negruzco y pegajoso.
—Vete a esperar a Tripp a la calle —ordenó él.
—Ava está ahí —replicó ella—. No puedes impedirme que vaya contigo.
Callanach intentó abrir la puerta de la casa. No estaba cerrada. Pensó que King debía de haberse enfrentado a un acontecimiento dramático e inesperado si se había olvidado de cerrar con llave. Entró de puntillas, agarrando la palanca, y enseguida vio el rastro de sangre. La tocó.
—No está coagulada —susurró—. Alguien ha sangrado, pero debe de haber sucedido muy recientemente.
Era un ambiente austero y tranquilo. No había ninguna televisión ni radio encendidos ni una taza olvidada sobre la mesa de café ni un abrigo colgado descuidadamente en la barandilla.
Pero bajo la reciente y explosiva contaminación de fluidos corporales, en la residencia de King permanecía un olor que Callanach se había esperado percibir.
A esas alturas, el propietario ya no podía percibirlo, pues llevaba años impregnando cada fibra y tejido de su hogar.
Se parecía al olor del detergente, pero era más nauseabundo, dulce y acre.
Se agarró a una cortina al pasar junto a una ventana, inhaló profundamente y el agrio olor a naftalina le quemó los pulmones, haciéndole estremecerse.
Ciertamente, Reginald King había dejado de olerlo desde hacía años, como un perfume usado con demasiada frecuencia.
Las salpicaduras de sangre conducían a una puerta del sótano, que estaba abierta. Callanach se armó de valor.
—Abre la puerta principal —le dijo a Natasha.
Mientras ella hacía lo que él le decía, él abrió de golpe la puerta del armario del sótano, esperando lo peor, pero solo encontró abrigos colgados y una hilera de zapatos.
—Aquí no hay nada. ¡Joder! —exclamó. Natasha pasó junto a él y empezó a sacar los abrigos de las perchas, mientras que él se dirigió a la cocina.
La puerta trasera estaba cerrada por dentro, así que King no había podido salir por ahí—.
Voy a mirar arriba. —Asomó la cabeza dentro del armario, pero no obtuvo respuesta.
Dio un paso, luego otro. Una mano surgió de detrás de los abrigos y lo agarró.
Tardó un segundo en darse cuenta de que era Natasha—.
No vuelvas a hacer eso, he estado a punto de darte un puñetazo.
—Shhh —lo acalló ella—. Conduce al sótano. Venga.
Estaba oscuro y una humedad gélida impregnaba el aire, aunque no hacía frío. Callanach alargó una mano y palpó una pared de paneles de madera.
—Es un callejón sin salida —dijo Natasha desde el final de la escalera—. Ni siquiera hay una rejilla de aire.
—Comprueba el suelo —sugirió Callanach—. Quizá haya una trampilla. —Se arrastraron a cuatro patas y palparon el suelo en busca de grietas o palancas invisibles, pero no encontraron nada—. Espera —pidió Callanach—. ¿Has oído eso?
Permanecieron completamente inmóviles, con la cabeza ladeada, conteniendo la respiración.
—No oigo nada —contestó Natasha.
—Hace un momento… Había algo, muy débil. Creo que eran voces. —Callanach regresó a la escalera, subió unos peldaños y volvió a quedarse quieto.
Era un sonido vago, como si estuvieran bajo el agua, como una vibración del aire. Pero esa vez Natasha también lo oyó. Callanach la vio enderezar el cuello para escucharlo mejor.
—Hay una linterna —anunció ella, cogiendo el mango negro de un estante y moviendo el haz de luz de un lado a otro.
—Por aquí —ordenó Callanach—. El ruido viene de detrás de la pared.
—Natasha apuntó su linterna hacia el revestimiento de paneles en busca de un pasadizo—.
Aquí, en el suelo. —Callanach estaba de rodillas y señaló un punto negro—.
La luz reveló un color rojizo. Pasó un dedo por encima y se lo puso delante de la cara—.
Sangre —dijo—. Dame la linterna. —Callanach golpeó suavemente los paneles de madera.
Eran sólidos cerca de los escalones, pero en la base un eco respondía a sus golpes.
Había encontrado lo que estaba buscando—.
Marcas de dedos—reveló—. Mira las huellas que hay en este panel, son bastantes.
Y aquí hay una muesca en la madera. —Deslizó el cuadrado de madera para revelar el ojo de una cerradura—.
¡Mierda! —maldijo—. Hace falta la llave.
—Natasha gritó de rabia, empujó el panel y se estampó contra la pared que había al otro lado.
Callanach la ayudó a levantarse—. Probablemente tenía las manos ocupadas y no pudo cerrar.
Quién sabe lo que encontraremos allí arriba —susurró—.
Por favor, Natasha, vuelve fuera. Alguien tiene que enseñarles a los refuerzos dónde estamos.
Por encima de ellos comenzaron a oír gritos, tan fuertes y claros como si estuvieran en la propia habitación.
Callanach subió los escalones de dos en dos con Natasha corriendo tras él. Las escaleras eran muy estrechas y asfixiantes. En la parte superior había otra puerta de madera, gruesa y sólida, con un candado enorme.
Se armaron de valor y empujaron, esperando que por pereza King también se hubiera olvidado de cerrarlo, pero al final la suerte los había abandonado.