Capítulo 45
Al acercarse a la casa y girar en el camino de entrada, King abrió la puerta del garaje con un mando a distancia y esta se levantó en silencio.
Tenía mucho cuidado de mantenerla bien engrasada.
Condujo unos metros en la oscuridad y cerró.
Para las luces del interior del garaje tuvo que salir del coche y encenderlas manualmente.
En el pasado había tenido un sistema automático, pero lo desactivó cuando su vida se complicó.
No tenía sentido llamar la atención de vecinos entrometidos.
Bajó del coche en la oscuridad y estaba buscando a tientas el interruptor de la pared cuando la joven intentó escapar por la única puerta que había en el garaje.
La que conducía a su casa meticulosamente sellada y cerrada con llave.
Creía que seguía inconsciente. Al parecer, su instinto de supervivencia la había despertado.
No la había atado, no quería parar el coche con ella en ese estado, seguro de que estaría fuera de combate durante varias horas; era más: dudaba de que se despertara nunca, dada la ferocidad con la que se había visto obligado a tratarla.
King encendió la luz y sacó un martillo del soporte para herramientas que había en la pared. Pensó que ese despertar había sido realmente providencial. Por lo menos no tendría que arrastrarla dentro de la casa. Desde luego, no temía que pudiera escapar. Se quitó los zapatos y la siguió.
—No te haré daño —dijo con voz melosa, encendiendo las luces a su paso, revisando todos los rincones y armarios—.
Son solo negocios. Me disculpo por golpearte, ha sido un error.
Sal, déjame limpiarte la cara. —No obtuvo ninguna respuesta, aunque tampoco la esperaba.
Ella, por su parte, había previsto que él dijera exactamente esas cosas, y siempre era una ventaja comportarse según las expectativas de los demás.
Te daba más oportunidades de sorprenderlos.
Una puerta crujió en el pasillo, un sonido que solo podía proceder de un lugar.
Había entrado en el armario que había bajo la escalera.
Era la única puerta que nunca había engrasado.
Quería saber si alguien entraba allí o si inesperadamente salía alguien.
Empuñando el martillo, fue en busca de la chica— .
¿Tienes miedo? —preguntó mientras avanzaba.
El hombrecillo que se había inclinado ante Natasha Forge durante tanto tiempo había desaparecido.
Casi no reconoció su propia voz, tan segura, llena de una despreocupación que podía asimilar sin analizarla.
La mano que había escrito tantas notas, que las había roto y había reescrito innumerables veces por miedo a que no estuvieran a la altura de los perfeccionistas estándares de Natasha, no temblaba mientras empuñaba un arma.
Por primera vez, sus pies estaban felizmente descalzos, libres de sus brillantes zapatos; sintió la madera del suelo y clavó los dedos en ella, sin hacer ruido.
Y se hizo el silencio. Ya no hablaba solo.
Sabía que no volvería a ocurrir. El nerviosismo, la necesidad desesperada de impresionar, de ser querido y apreciado, habían desaparecido como los excrementos por el desagüe.
Por fin era él mismo. Era lo que Reginald King estaba destinado a ser.
Sin títulos, sin certificados, sin pretensiones. Solo eso.
Apoyando una mano firme sobre el picaporte, levantó el martillo con la otra.
Hizo una serie de respiraciones profundas, embriagándose con el flujo de oxígeno, y abrió la puerta de par en par.
No estaba allí. Empezó a darse la vuelta para marcharse cuando un cuchillo le corto el brazo, continuando por el pecho hasta acabar en la parte trasera de un hombro.
King apretó el martillo, se giró y asestó un golpe; se sacó el cuchillo de la espalda y lo lanzó volando hacia el pasillo.
Se acercó a la chica, siguió golpeándola con el martillo y le dio de lleno; vio cómo la sangre salpicaba y estropeaba el papel pintado, la alfombra, el techo. Era precioso.
—¡Ven aquí, putita! —gritó. El martillo la había hecho perder el equilibrio, pero ya estaba volviendo a la carga: apuntaba de nuevo con el cuchillo y aullaba con un dolor y una furia que reflejaban los suyos propios—.
¿Quieres derramamiento de sangre? —gruñó—.
¿Quieres pintar mi casa de rojo? Pues adelante.
—Avanzó hacia la chica, lanzando golpes a diestro y siniestro.
Ella se agachó, luego cayó y se arrastró lateralmente sobre manos y pies como un cangrejo demente.
Finalmente se detuvo, con la espalda apoyada en la puerta principal, jadeando como la perra que era.
Como una bestia sarnosa con rabia—. ¡Levántate!
—exclamó, sosteniendo el martillo delante de su cara mientras se exploraba el corte horizontal que tenía en la espalda con la otra mano.
Debería dolerle más, y probablemente lo haría a la mañana siguiente, pero el corte no era peligrosamente profundo y la verdad era que el dolor le resultaba vivificante.
Era bueno sentir algo distinto de la vergüenza, el rechazo o la certeza de ser un eterno segundón—.
Debiste apuñalarme, no cortarme. Si me hubieras perforado el pulmón, habría muerto.
Menuda imbécil. —Caminó hacia atrás, cogió el cuchillo que ella le había robado de la cocina y se lo metió en los pantalones—.
Levántate —le dijo. Ella no se movió, las lágrimas dejaban un rastro en la sangre que le manchaba la cara—.
Eso significa que te ayudaré yo. —Avanzó hacia ella; la agarró del pelo y tiró, arrastrando el resto del cuerpo.
Ella chilló—. ¿No te gusta así? No pasa nada.
No tiene por qué gustarte. Solo tienes que moverte.
King sostuvo el martillo delante de sus ojos para que no le quedara ninguna duda de lo que ocurriría si volvía a atacarlo.
La arrastró al armario que había bajo las escaleras.
Era un espacio estrecho para dos personas, pero a él no le importaba que ella estuviera ensuciando las paredes.
De todos modos, había que volver a pintar la casa.
Incapaz de abandonar ni a la chica ni el martillo, abrió de una patada la puerta del fondo, dejando al descubierto las escaleras que conducían al sótano.
—Por favor, no me hagas daño, solo tengo catorce años.
Mi madre me obliga a hacer la calle, te pagará si me llevas de vuelta.
Tenía miedo, no quería hacerte daño con el cuchillo.
Por favor, no, por favor. —No dejaba de lloriquear.
King sintió cómo le ardía el corte mientras la arrastraba por las escaleras del sótano. Se sentía inmortal.
Al llegar al final, la arrojó contra la pared, sacó la llave del bolsillo y abrió la puerta que había en el revestimiento de madera.
—No —dijo ella—. No pienso subir. ¿Qué hay? ¿Qué me vas a hacer?
«Perro ladrador, poco mordedor», pensó King. Estaba triste teniendo en cuenta lo increíble que había estado antes. Había que tener agallas para atacarlo en lugar de esconderse.
—Debes de haber tenido una vida terrible —le dijo—.
Tu propia madre te obliga a prostituirte.
¿Te da drogas para hacerlo más llevadero?
—Ella asintió—. ¿Y no vas al colegio? —La chica negó con la cabeza—.
Entonces, ¿para qué sirves? —preguntó. Su rostro mostró confusión, luego ira y después miedo de nuevo—.
¿Para qué te necesito? Eres una persona inútil, salvo para la bruja de tu madre.
—No quiero morir —dijo ella llorando.
—Es natural. —King arqueó las cejas—. Nadie quiere morir. —Volvió a agarrarla por el pelo, dejó que la pesada puerta se cerrara tras él y la arrastró, dando un golpe tras otro, escaleras arriba.
Después de abrir la última puerta, con cuidado de que no hubiera sorpresas inoportunas esperándolo detrás, la empujó al interior de la habitación.
—¿Qué le has hecho a esa chica? —preguntó Jayne, consternada.
—No empieces —respondió King, y lanzó el martillo sobre la cama de Ava, evitando el área donde ella podría atraparlo con los pies—. ¿Dónde está Elaine?
—Debajo de mi cama —respondió Jayne. King vio una temblorosa madeja de sábanas apoyada en la pared del fondo, bajo el cabecero.
—Deja de hacerle daño a esa chica —pidió Ava con calma—. Es solo una niña. No me importa que comparta la cama conmigo, cuidaremos de ella.
—¿Sabes lo que es? —preguntó King, subiendo el volumen de la música clásica que había puesto.
—Una niña vulnerable, inocente, que está aterrorizada. Eso es lo que es. Déjala en paz. —Ava se esforzó por aflojar las ataduras de sus muñecas.
—Es un despojo humano. Esta chica es la prueba viviente de lo que ocurre cuando los malos genes se juntan con la pobreza y la falta de voluntad para educarse o trabajar en uno mismo para salir de la miseria.
¿Ves lo que me ha hecho? —Levantó el brazo y se inclinó para mostrarle el corte. Ella no se inmutó.
—Se estaba protegiendo a sí misma —replicó—. Es la naturaleza humana. ¿Qué le has hecho?
—Le he roto la nariz, probablemente le he reventado un tímpano, sin duda le he causado una conmoción cerebral y le he irritado el cuero cabelludo.
La traje para ti, pero no sirve. Y he acabado con un corte que necesitaba puntos, un coche que limpiar y un pasillo que pintar.
Por no hablar del exceso de invitadas. Al menos sobran dos.
Me parece que he creado una especie de harén —se rio.
La chica empezó a arrastrarse hacia la puerta.
King le dio una patada en las costillas sin romper el contacto visual con Ava—.
¿Te caigo bien, inspectora Turner? No, eso es imposible, qué pregunta más estúpida. Probemos esto: ¿te parezco gracioso?
—No pienso jugar a esto —respondió ella, concentrándose en la niña que se estaba retorciendo, intentando respirar.
—Sí que lo vas a hacer. No tengo intención de justificarme ni de persuadirte.
No tienes elección. ¿Qué se siente? —preguntó mientras le pasaba una mano por la cara, dejando vetas rojas en su piel clara.
No sabía si la sangre era suya o de la chica.
Le gustaba cómo lo miraba Ava, ferozmente, como un animal herido.
King cogió una cuerda y empezó a atarla alrededor de los pies de la chica.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó—. La última que tuve aquí se llamaba Grace. Por favor, dime que tu madre te ha puesto un nombre más apropiado.
—Billie —respondió ella—. ¿Por qué estás haciendo esto? Para. ¿Puedo ir con esa señora? Me portaré bien. Te dejaré hacer lo que quieras. Ya no me opondré.
King lanzó la cuerda a una viga del techo, dio un paso atrás y empezó a tirar.
Era muy ligera. Probablemente consumía más drogas que comida.
O a lo mejor era más fuerte de lo que creía.
El ardor de la herida había desaparecido.
Saboreó el dolor sordo de los músculos y se preguntó por qué durante tantos años había tenido miedo del ejercicio físico.
Al fin y al cabo, solo se trataba de encontrar la actividad adecuada.
Billie intentó agarrarse a algo en un intento desesperado por mantenerse en el suelo, pero King era imparable.
La izó, la arrastró y tiró de ella hasta que estuvo donde quería, con los pies a dos metros del suelo, con la cabeza gacha, meciéndose mientras luchaba, con sus lágrimas cayendo al suelo formando un embarazoso charco de desesperación.
—Tengo un problema desde hace un tiempo, inspectora Turner, pero se me acaba de ocurrir una forma de resolverlo.
Me preguntaba si deshacerme de Jayne la Devota o de Elaine la Loca.
Las oraciones incesantes me molestan, pero al menos la reverenda está lúcida.
Elaine, por otro lado, me resulta útil porque sigue órdenes sencillas con un mínimo gasto de palabras, pero nunca recuperará sus facultades mentales.
Carece de resistencia natural. La elección me ha tenido muy ocupado, pero de repente ya no es necesaria.
—Cogió el cuchillo de cocina y se acercó a Ava, le cortó las bridas de las muñecas y retrocedió rápidamente—.
Coge el martillo —ordenó—. Y si se te pasa por la cabeza la idea de hacerme daño, debes saber que la chica morirá si lo intentas.
—Volvió junto a Billie y sostuvo el cuchillo contra su cuello expuesto, presionando la punta de la hoja lo justo para hacer brotar una gota de sangre—.
Tú eliges, Ava. ¿Quién está destinada a abandonarnos?
Debería bastar con un solo golpe. Apunta bien para minimizar el dolor.
Si tienes agallas, puedes salvar la vida de la chica.
Tienes cinco minutos. Si no matas a una de ellas, degollaré a la pequeña Billie como si fuese un cerdo.
Por cierto, tiene catorce años. Es demasiado joven para morir, estoy seguro de que estará de acuerdo.
Solo recuerda que me importa una mierda a quién elijas. Alguien tiene que morir.