Capítulo 41
Callanach estaba al teléfono con la central mientras Natasha hablaba con la seguridad de la universidad para conseguir los números de los miembros del personal. Terminaron sus respectivas llamadas y se pusieron al día con las notas en la mano.
—Reginald Andrew King —dijo Callanach—. Nacionalidad escocesa, cincuenta y tres años, sin antecedentes penales, ni siquiera una simple multa por exceso de velocidad. ¿Está casado?
—No —respondió Natasha—. No tiene pareja ni hijos, que yo sepa.
Pero he encontrado algo. Jayne Magee dio una conferencia en la Facultad de Teología hace ocho meses.
Me lo acaba de confirmar el director del departamento.
Recuerdo que King habló mucho de ello al día siguiente.
En aquel momento no presté mucha atención a quién había dado la conferencia.
—¿Y Elaine? —preguntó Callanach; cogió sus zapatillas y se las ató con nerviosismo.
—Organizó un seminario para estudiantes en la Facultad de Derecho de Edimburgo hace poco más de un año. No hacía falta invitación, así que King pudo haber asistido —contestó Natasha.
—Bonitas coincidencias. Las tres. —Callanach cogió las llaves del coche que estaban sobre la mesa—. ¿Tienes su dirección? —preguntó.
—Voy contigo.
—No, tú te quedas aquí, Natasha. Puede que no sea él.
—Pide refuerzos —insistió ella.
—Todavía no. He llegado a esta conclusión saltando de una corazonada a otra.
Quizás es solo lo que quiero creer. El comisario Begbie está en medio de una tormenta de mierda mediática.
Acabamos de soltar a un hombre que había confesado los asesinatos.
No hay pruebas forenses ni testimonios que vinculen a King con los crímenes.
En términos legales, ni siquiera puedo justificar un registro de su propiedad.
Si involucro a las otras unidades y manejan mal la situación, terminaremos por asustarlo, arriesgándonos a no encontrar nunca más a esas mujeres.
Y quizá tampoco podamos encontrar a Ava.
—Mide un metro setenta, tiene la piel clara, barriga y se hace llamar doctor King como si fuera el hombre más importante del mundo. Tuvo acceso a mi despacho e intentó presentarse a Ava la tarde de la conferencia. ¿Qué más necesitas? —preguntó—. Si le abre a alguien voluntariamente, será a mí.
—No voy a correr ese riesgo —respondió él.
—¿Crees que te invitará a entrar? —preguntó Natasha, incrédula.
Callanach le sostuvo la puerta abierta y después la cerró con llave. Bajaron corriendo las escaleras, recorrieron el pasillo y se adentraron en la noche.
—Mi coche está ahí —anunció Callanach, señalándolo, y arrancó el motor antes incluso de cerrar la puerta—.
Vamos a echar un vistazo antes de hacerlo oficial, ¿vale?
Nada de heroísmos —insistió antes de adentrarse en el tráfico.
—Natasha introdujo la dirección en el navegador—.
¿A qué distancia está de Ravelston Park? —le preguntó Callanach.
—A unos diez minutos, más o menos, si no te quedas atascado en el tráfico.
—O quizá doce —reflexionó él—. Puede que exactamente doce minutos en el coche, si mantienes el límite de velocidad y paras en los semáforos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Natasha, poniendo el teléfono en silencio.
—Eso es lo que dijo el secuestrador de Jayne Magee mientras la arrastraba dentro de una maleta con ruedas. «Te llevaré a casa con Elaine, llegaremos en doce minutos». Es un planificador obsesivo y puntual. ¿Alguna vez has escuchado al doctor King hablar solo?
Natasha lo miró con los ojos muy abiertos.
—Acelera, Luc —pidió—. Más rápido.