Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Había sido un viaje desastroso y Reginald King estaba fuera de sí.

Dundee le había parecido una elección fácil: estaba lo bastante cerca y nunca había estado allí antes, así que no se arriesgaba a ser reconocido por algún chulo con ojos de lince que buscara nuevos clientes habituales para sus chicas.

Había encontrado a la prostituta, iluminada por su cigarrillo mientras, con fines publicitarios, ensuciaba una acera con su presencia, vestida con una chaqueta de piel sintética con la capucha calada sobre la cara, medias de red y una falda invisible.

No había podido verle bien la cara porque estaba demasiado lejos, pero por la curvatura de su espalda y sus hombros caídos, había deducido tenía bastante experiencia. Al menos la altura era correcta.

Él había bajado la ventanilla y ella le había gritado.

—¡¿Qué quieres?!

Odiaba esa parte, las obscenidades, la negociación.

—Sexo normal —había respondido—. Será rápido.

—Y tanto que será rápido —había dicho ella—. Enséñame la pasta.

Él había sacado los billetes por la ventanilla. Pensó que serían los últimos que vería en su vida. La chica se había tambaleado borracha hasta su coche, había abierto la puerta de golpe y se había desplomado en el asiento.

—Ten cuidado —había siseado él—. No me ensucies el coche.

—Estaba de mal humor porque se había visto obligado a utilizar su propio coche.

La chica olía a licor barato y a orina. Tenía las manos llenas de costras.

Quemaduras de cigarrillo, sin duda. Probablemente le estaba haciendo un favor.

Al menos, quienquiera que abusara de ella se vería privado de su pasatiempo.

Ella había arrastrado sus pequeñas manos como arañas repugnantes hasta su regazo y había jugueteado con la cremallera, balanceándose y despotricando—.

Suéltame —le había ordenado, incapaz de continuar aquella farsa debido al hedor tan intenso que desprendía la chica.

Fue entonces cuando vio su rostro. Tenía la mirada de una anciana, los ojos hundidos, sin vida, como si él ya hubiera completado su tarea.

El resto pertenecía a una niña. Estaba maquillada como una muñeca de un sex-shop, de forma grotesca, con las pestañas postizas cayendo sobre una mejilla en un lado y demasiado levantadas en el otro, y la piel completamente desprovista de arrugas.

No tenía más de catorce años. En ese momento, había vomitado—.

¡No! —había gritado King, dándole un puñetazo sin pensarlo, para alejar su cabeza lo más posible.

Cuando ella se había estrellado contra la ventanilla, él se había dado cuenta de que podía prescindir del cloroformo.

Parecía como si un animal hubiera irrumpido en el asiento, que estaba cubierto del contenido viscoso y goteante de su estómago y de la sangre que le chorreaba por la nariz.

Brotaba a borbotones, y sin embargo ella aún no había recuperado el conocimiento.

Aunque no tuviera la edad adecuada, no podía dejarla marchar.

Había visto demasiado. Y tenía que pagar por los daños de su coche.

King se reprendió a sí mismo. No mataba por razones triviales ni por ira ni por venganza.

Mataba solo para liberar a las mujeres de su vida, para darles la coartada suprema y definitiva.

La chica tenía que morir. Incluiría su asesinato en el plan, lo utilizaría para profundizar en su trabajo.

Por otro lado, Ava Turner aún no había experimentado su autoridad de primera mano.

Pero, ante todo, tenía que transportar lo que quedaba de una chica a la que seguramente nadie echaría de menos.

King la enderezó en el asiento, le levantó la capucha para dar la impresión de que estaba dormida e intentó limpiar la suciedad de la ventanilla.

En cuanto llegara a casa y a su garaje, podría limpiarlo todo bien en privado.

Por primera vez, se alegró de no haber podido alquilar un coche.

Normalmente, cuando recogía a las prostitutas o se deshacía de sus cuerpos, dejaba su coche en el garaje de Causewayside y cogía el de alquiler, pero con todos esos fluidos corporales no habría sido práctico.

Le habría llevado al menos dos días devolver el coche a unos estándares aceptables.

Y eso significaba que dispondría de dos días menos con sus mujeres.

En ese momento, le pareció una razón suficiente para matar a la chica.

Una hora más tarde estaba en casa. Eran las once de la noche.