Capítulo 42
Los detectives Salter y Tripp estaban en el despacho de Callanach, rodeados de papeles.
—Entonces, ¿estás diciendo que esas mujeres siguen vivas, pero que él les extrajo los dientes? —recapituló Salter—. ¿Sigue Hand bajo custodia?
—Sí —le respondió Tripp—, pero solo por habernos proporcionado información falsa y por las imágenes obscenas encontradas en su ordenador.
El sargento Lively se está ocupando de ello.
El comisario Begbie está a punto de anunciar la reducción de los cargos contra Hand en una rueda de prensa.
El profesor Harris está dentro con él. Les he dicho que usted todavía estaba en Causewayside.
—Bien —aprobó Callanach—. Eso debería darnos algo de tiempo.
Hay que pedir a Harris que devuelva los expedientes de las personas desaparecidas sin hacerle saber lo que ocurre y evitando que interfiera.
Salter, ¿puede encargarse? —En respuesta, salió decidida de la habitación—.
Mantenga una unidad de vigilancia en el garaje, Tripp.
Aún podría volver allí. Pídale a Salter que me traiga esos expedientes al coche.
Los leeré en casa. Entender quiénes son las mujeres muertas es la única manera de atraparlo y necesito un poco de paz y tranquilidad.
Quédese aquí y mantenga a todos los demás alejados de mí. ¿De acuerdo?
Tripp asintió.
—Señor —dijo—. Ha hecho un buen trabajo.
—Todavía no —respondió Callanach—. Pero seguimos teniendo esperanza.
Cuando regresó a casa el sol se estaba poniendo.
Todos los telediarios informarían de la puesta en libertad bajo fianza de Hand y de la reducción de los cargos de asesinato a obstrucción a la justicia.
Pero los titulares de primera plana hablarían sobre la incompetencia de la policía y el fantasma de un asesino que seguía actuando impunemente. Pensó que se lo merecían.
Callanach empezó a sentir el peso de aquella jornada, en la que a cada paso adelante le seguían varios pasos atrás.
Progreso, fracaso, revelación, frustración.
Y en medio de todo eso había estado Astrid.
Verla había sido lo último que había esperado, pero extrañamente no había pensado en ella en toda la tarde.
Solo, en la oscuridad, mientras conducía, volvió a verla en la celda de la comisaría de Lyon.
Podía oír a su abogado diciéndole que se declarara culpable porque así el juez tendría en cuenta que no había obligado a Astrid a pasar por el trauma de declarar.
Un acuerdo con la Fiscalía significaba una reducción sustancial de la pena de cárcel.
El hecho de que fuera un agente de la Interpol habría sido un factor agravante en la sentencia.
Había considerado la oferta, una falsa admisión de culpabilidad para minimizar su tiempo en prisión, con la esperanza de que lo enviaran a un ala segura de la cárcel.
Sabía qué tratamiento lo esperaba una vez dentro.
Entonces, veinticuatro horas antes de la apertura del caso, sin previo aviso, Astrid había anunciado que no iba a aportar ninguna prueba.
Parecía una broma de mal gusto. En ese momento, lo único que se le había ocurrido había sido alejarse lo más posible, y rápido.
Las caras de sus colegas siempre tendrían la máscara de la primera reacción a su detención.
Conmiseración, complacencia, incredulidad, horror.
Tras meses de libertad condicional —toque de queda de seis de la tarde a nueve de la mañana, entrega del pasaporte, prohibición de salir de Lyon y de entrar en las oficinas de la Interpol—, se sintió como si ya hubiera cumplido una condena.
Su madre había hecho todo lo posible por permanecer cerca de él al principio, pero a medida que le iban llegando los detalles del caso, se distanciaba cada vez más.
Era la única relación que creía que no podía debilitarse.
Ella había permanecido inquebrantable en los primeros días tras la muerte de su padre, cuando él había superado la rabia que sentía por su pérdida.
Ni siquiera su comportamiento en la universidad y la turbulenta transición a la edad adulta habían hecho tambalear la fe de su madre en que acabaría siendo un hombre de provecho.
Pero después de que él demostrara que todos estaban equivocados, después de que tomara las riendas de su vida y emprendiera una carrera en la que solo pretendía hacer el bien, ella lo había abandonado cuando más la necesitaba.
Fue la pérdida más dolorosa que había sentido nunca.
Lo más cerca que estuvo su madre de dar una explicación fue un mensaje de voz entrecortado en el que decía que ya no soportaba ver cómo se autodestruía, que cada vez que pensaba que había cambiado, llegaba otro golpe.
Era como si finalmente le faltaran las fuerzas para quererlo.
El problema era que lo habían absuelto de los cargos por un tecnicismo.
Astrid no había admitido haber mentido. La verdad nunca había salido a la luz.
Y en ese momento volvía a enfrentarse a los mismos demonios que había intentado dejar atrás.
Astrid Borde había puesto en peligro a vida de Ava y había desperdiciado la oportunidad de atrapar a un asesino por su obsesión con él. Volvía a estar como al principio.
Miró hacia el asiento del copiloto. Era el mismo montón de papeles que iba a leer antes de que el comisario se los entregara al profesor Harris.
En aquel momento, le pareció bien que hubiera algo que mantuviera ocupado al profesor en lo que entonces le parecía una tarea de importancia secundaria.
En ese instante sufrían las consecuencias.
Estaban revisando de nuevo los casos sin resolver, avanzando a ciegas, dando rodeos sin llegar a ninguna parte.
No había hecho ningún progreso y su amiga y colega estaba en manos de un psicópata.
Dos mujeres estaban muertas y seguramente habría más víctimas hasta que lo atraparan.
Estaba seguro de que Ava seguía en Edimburgo.
No sabía si Elaine Buxton y Jayne Magee estaban con ella y no podía imaginar lo que habían sufrido.
La única certeza era que había otra víctima esperando a ser salvada.
Una mujer que no tenía ni idea de lo que estaba a punto de ocurrir y que no había hecho nada para merecer su destino.
De regreso en casa, Callanach se dio una ducha e intentó calmarse antes de empezar a leer.
En el armario que había junto al lavabo estaban guardadas un montón de toallas, encima de las cuales había un pisapapeles, un llavero con un globo terráqueo y una tablilla con una oración infantil.
Si alguien los hubiera encontrado, lo habrían acusado de coleccionar trofeos; era innegable que era culpable de hurto.
Pero sostener aquellos objetos y sentir la presencia de las manos de quienes los habían poseído lo habían ayudado a mantenerlas con vida en su cabeza.
Sabía que lo más probable era que estuvieran vivas y se preguntaba qué haría con aquel botín de tesoros secretos.
Fue a su escritorio y ordenó en fila los expedientes de las personas desaparecidas.
Las vidas de más de cien mujeres, alejadas de sus seres queridos, habían quedado reducidas a escuetos resúmenes.
Algunas habían huido. Sospechaba que la mayoría.
Había indicios de drogadicción, de alcoholismo, de parejas violentas y de enfermedades mentales.
Muchas habían cogido una tarjeta de crédito o algo de ropa o una fotografía a la que le tenían cariño.
No era mucho, pero lo suficiente para sugerir que, dondequiera que estuvieran, se habían marchado por decisión propia.
Solo el timbre de la puerta lo distrajo del letargo que le había provocado leer todas esas historias tan parecidas y deprimentes.
En la puerta estaba Natasha. Si se la hubiera encontrado en la calle en ese estado, no la habría reconocido.
—Lo siento, Luc. No podía seguir sentada en casa esperando noticias —sollozó.
—Entra —pidió él—. Te traeré algo de beber, luego llamaré a un agente para que te lleve a casa. Eres una testigo y yo todavía estoy en plena investigación.
—¿Estás trabajando? —preguntó ella, mirando fijamente los papeles esparcidos sobre el escritorio—. ¿Puedo ayudarte?
—No —sonrió—. Pero si te apetece cocinar… Te pido disculpas por la implicación sexista de ese comentario.
—Me encanta cocinar. No me mandes a casa. No quiero volver a poner un pie en esa calle.
—No te culpo —aceptó él—. Hay huevos y salmón, y creo que también espárragos y queso brie .
—Haz como si no estuviera —dijo—. Necesito mantenerme ocupada. Prometo no molestarte. —Se fue a la cocina y Callanach reanudó la lectura de los expedientes donde la había dejado.
Dos adolescentes de las Highlands, grandes amigas, al parecer habían hecho las maletas y habían desaparecido.
El padre de una de ellas había hecho una declaración hablando de su hija en pasado, como si estuviera recitando un discurso fúnebre, lleno de autoglorificación sobre la extraordinaria relación que tenía con ella.
Callanach tuvo la escalofriante sensación de que las chicas llevaban muertas mucho tiempo, que no estaban divirtiéndose con sus novios secretos en una ciudad lejana, pero no estaban dentro del grupo de edad de Elaine y Jayne.
Apartó el expediente para solicitar comprobaciones adicionales.
El siguiente expediente era de una tal Grace Smith, de Glasgow.
La denuncia de su desaparición había sido firmada por un hombre con apellido de Europa del Este que afirmaba ser su socio comercial.
A Callanach le pareció un eufemismo interesante.
Las numerosas condenas anteriores por prostitución, junto con la calle en la que había desaparecido la mujer, bastaban para sugerir que la denuncia había sido hecha por su proxeneta.
Para ir a pedir ayuda a la policía tenía que estar sin blanca o acostándose con ella.
Natasha salió de la cocina con dos platos; en uno había una tortilla y en el otro una ensalada.
—Ya está. ¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó.
—No me acuerdo —respondió él.
Mientras comía, echó un vistazo a la denuncia, leyendo el relato de la última vez que el proxeneta había visto a su prostituta.
Quizá fuera un paripé. A veces, cuando un proxeneta no recibía todo el dinero que esperaba tras una noche de trabajo, se ponía violento.
No sería el primero ni el último que después de matar a la chica de un puñetazo mal dado intentaba encubrir el crimen denunciando su desaparición.
Sin embargo, había detalles interesantes en su declaración.
Una luz del habitáculo rota, la chica estaba nerviosa, el chulo había pedido que le pagaran por adelantado…
Callanach pensó que era todo muy extraño.
Estaba admitiendo que era proxeneta. No eran las acciones de un hombre contando una historia inventada.
Aparte de la descripción de un olor rancio y a limón procedente del interior del vehículo, el proxeneta había dado pocos detalles sobre el cliente.
Hombre y blanco, era todo lo que se había podido obtener de su declaración.
Tampoco estaban la marca ni el modelo del coche y Grace no llevaba el móvil con ella.
—Quizá aprovechó la oportunidad para escapar en busca de una vida mejor —murmuró.
—Perdona, ¿qué has dicho? —preguntó Natasha.
—Hablaba solo —respondió él, sin dejar de leer—. Debe de ser contagioso.
—Dicen que es la primera señal de locura —bromeó ella.
—Olor a limón —murmuró él.
—¿A limón? —se hizo eco Natasha mientras rellenaba su copa de vino.
Callanach se levantó y corrió hacia otro montón de carpetas apiladas en un sillón. Tiró las dos primeras al suelo, pero cogió la tercera, deslizando el dedo por el índice.
—Aquí está, Isabel Yale —anunció.
Natasha había abandonado su tortilla y se había girado para mirarlo.
—¿Quién es? —preguntó.
—La testigo que vio a un hombre con una maleta con ruedas alejarse de la calle de Jayne Magee. —Leyó rápidamente la declaración, pasó las páginas y finalmente deslizó el dedo índice por debajo de una línea—. Natasha, ¿a qué huele la naftalina?
—Tiene un olor ácido, supongo. Es un poco desagradable, nauseabundo. Cítrico podría ser un adjetivo más amable.
—Grace Smith —murmuró Callanach para sí mismo—. La franja de edad adecuada, presa fácil. Rompió la luz deliberadamente.
Natasha había empezado a recoger los expedientes descartados y a volver a colocarlos en el sillón para no pisarlos al ir a la cocina.
—Odio ese olor —comentó—. Me recuerda al administrativo de mi departamento. ¿Lo conociste en la conferencia de Ava?