Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Era domingo y hacía día y medio que Ava Turner no pisaba su casa.

King había perdido la noción del tiempo, despertándose sobresaltado porque creía que llegaba tarde al trabajo.

Agotado como estaba, volvió a dormirse y no había vuelto a abrir los ojos hasta bien entrada la tarde.

Estaba demasiado nervioso para comer y la interrupción de su rutina lo molestaba.

Peor aún, había intentado llamar varias veces a la comadreja del concesionario sin éxito porque la línea estaba ocupada o porque no le cogía la llamada y le saltaba el contestador.

Encima, no podía llamarlo desde su móvil, así que se veía obligado a utilizar un teléfono público diferente cada vez.

Al final, tuvo que conformarse con cambiar la matrícula de su coche y añadir unas pegatinas repugnantes en los laterales.

Era lo mejor que había podido hacer para disfrazarlo con lo que tenía a su disposición.

Desde el principio sabía que no podría contar con la comadreja durante mucho tiempo.

En una hora, al anochecer, estaría de camino a Dundee. Necesitaba un favor de una chica.

King fue a darles de comer a sus damas antes de marcharse. En la habitación reinaba un silencio antinatural, como si al entrar hubiera interrumpido un aquelarre de brujas. Todas clavaron sus ojos tensos y suspicaces en él cuando entró en la habitación.

—¡Bu! —gritó de repente, provocando un chillido de terror de Elaine, que estaba debajo de la cama, temblando, rodeada de cojines y mantas. Soltó una carcajada tan profunda que lo hizo sentirse tan bien que se preguntó por qué no había ido a verlas antes.

—Jayne, tu pobre lengua, me había olvidado…

—dijo, y le quitó el clip con un chasquido.

Ella retrocedió, aplastando la almohada que tenía detrás, con la boca bien cerrada.

King imaginó que no volvería a abrirla en su presencia—.

Veo que la inspectora Turner ha aprendido a controlar su mal genio.

Y espero que Elaine salga de vez en cuando de su cueva para traeros el orinal.

—Se sentó junto a Ava y le acarició el pelo, esperando que se apartara, pero no lo hizo—.

Tienes una piel preciosa. Y la hinchazón ya ha bajado.

Esta noche, cuando pase la parte desagradable, te daré un baño. Te he traído ropa limpia, de calidad.

—Gracias —contestó Ava—. ¿Qué va a pasar esta noche?

—Te arrancará los dientes —murmuró Jayne. Con la lengua hinchada era difícil entenderla. King apretó los labios e hizo un ruido de desaprobación.

—Muy mal, no queremos asustar a nuestra nueva invitada, se está adaptando muy bien.

—Así fue como convenciste a los forenses de sus identidades —murmuró Ava—. Muy inteligente.

—¿De verdad lo crees, Ava? ¿Cómo es esa frase…? «La alabanza sincera suele obtenerla el hombre modesto; pero la alabanza falsa es privilegio solo del hombre poderoso». Siempre he deseado ser un hombre poderoso. Al parecer, por fin he conseguido uno de mis objetivos.

—Séneca, consejero del emperador Nerón. No necesitas mostrarnos lo poderoso que eres. ¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Ava; se agachó y estiró los dedos de sus manos, aún atadas.

—¿Has leído a Séneca? —preguntó.

—Un poco —respondió ella—. No has respondido a mi pregunta.

—No hay una respuesta. Lo hice porque llegó un momento en el que ya no podía resistirme.

—Pero ¿por qué Elaine? —insistió ella. Él le colocó las mantas, como si fuera una amable enfermera, y luego cogió un cepillo de una estantería y comenzó a cepillarle el pelo.

—Era brillante, decidida, metódica. Eso era lo que más me gustaba de ella.

Lograba dominar al público como nunca he visto hacer a nadie más.

Asistí a varios seminarios impartidos por ella.

Se trataba de habilidades adquiridas tras muchos años en los tribunales, supongo.

Al final, se habría convertido en jueza.

—Querías a alguien de quien pudieras estar orgulloso —comentó Ava.

—Exactamente. Orgulloso. Es un cumplido. Las otras dos no lo han entendido. Cuando te vi en la conferencia en el Departamento de Filosofía, inmediatamente sentí que congeniaríamos.

—Entonces, ¿por qué no te acercaste a mí ni me invitaste a cenar ni hablaste conmigo? ¿Era tan difícil?

—¿Habrías aceptado? —preguntó él, entrecerrando los ojos, convencido de que le iba a mentir.

—No —reconoció Ava—, pero te habría respetado por preguntar. Es difícil respetarte cuando estoy atada a una cama.

—No será por mucho tiempo —dijo él—. Eres una mujer que da más importancia a la mente que al cuerpo, capaz de analizar y comprender. Podrás ver el mundo desde una nueva perspectiva.

—Quieres decir desde tu perspectiva —mascullló Ava—. ¿Y qué pasa si no estoy de acuerdo?

—Aquí todos los puntos de vista tienen el mismo valor —respondió él—. Nos escucharemos los unos a los otros y compartiremos lo que hemos aprendido.

—¿A través del miedo? Nadie aprende así. Eso se llama condicionamiento.

—El miedo solo aparecerá si es necesario un castigo, y este será consecuencia únicamente de un comportamiento indebido. Sin uno, no habrá necesidad del otro.

—Tú eres quien pone las reglas —replicó Ava.

—Así es. —Le besó la mano y volvió a dejar el cepillo en la estantería.

—Entonces, no somos todos iguales. Si nosotras no podemos contribuir a las normas, esto no va a funcionar.

—Tengo que irme —anunció King—, pero he disfrutado mucho de esta charla.

—Libéranos —pidió Ava con calma—. Elaine está a punto de colapsar. Hace horas que no sale de debajo de la cama. Incluso ha dormido ahí. Jayne tiene úlceras de decúbito y sus muñecas llevan esposadas demasiado tiempo.

—La culpa es solo suya —soltó él—. No esperes compasión.

—Creía que eras nuestro protector —dijo Ava—. ¿A quién más podemos recurrir?

—Eres una pitonisa muy inteligente. No va a funcionar —sonrió.

—Carl Sandburg escribió: «La mayor astucia es no tener ninguna». ¿Detrás de qué te escondes cuando solo te estamos diciendo la verdad? —preguntó Ava. King se fue sin contestar.