Capítulo 40 #2
—Incluso si encontramos su ADN, y tal vez lo hagamos, ese cabrón no está en nuestra base de datos.
Es obsesivo, probablemente lleva años planeándolo todo.
Es lo contrario a un violador. El profesor Harris lo entendió todo mal Este hombre no es nada compulsivo.
Para él es una cuestión de orgullo no ser ese tipo de persona.
—La furgoneta de la Policía Científica se detuvo y el equipo tomó el control, lo que dejó a Callanach y Tripp mirando, impotentes—.
Necesito un cigarrillo. Venga a sentarse conmigo.
—Doblaron la esquina mientras los agentes acordonaban la escena.
No había pisos frente a los garajes ni bares con salida a la calle lateral; era difícil que alguien pasara por allí de noche, al menos de forma inocente.
Era un lugar destinado a negocios de turbias empresas criminales, trabajos menores, robos a personas que no podían permitirse un seguro o un sistema de alarma, tirones a ancianos y discapacitados…
Un lugar donde el asesino podía permanecer en el anonimato en compañía de otras personas sin nombre ni rostro. Era perfecto para él.
—Entonces, usó este garaje para cambiar de vehículo y volvió a casa con su propio coche, ¿verdad? —preguntó Tripp.
—Creo que sí —confirmó Callanach.
—Maldita sea, es bueno —masculló Tripp—.
La central dice que el garaje pertenece a una mujer que puso el anuncio en un periódico local.
El hombre que lo alquiló pagó todo el año en efectivo y lo metió en un sobre que deslizó por debajo de la puerta.
Eso fue hace seis meses. Nunca se encontró con él, solo dejó el garaje abierto con la llave dentro y no recuerda nada más que una llamada telefónica.
El sobre y el dinero hace tiempo que desaparecieron.
Callanach sacó un cigarrillo del paquete en el bolsillo de su chaqueta y se lo puso en la boca apagado, aspirando para sentir el sabor rancio del tabaco.
Su imaginación hizo el resto: inyectó nicotina en la sangre y lo hizo ver cómo exhalaba nubes de humo azuladas.
Se sentía culpable por quererlo y patético por hacerlo.
¿Cómo iba a dejar de fumar si ni siquiera podía dejar de fingir?
—¿Qué se me escapa? —preguntó; se apoyó en los codos y volvió el rostro hacia el sol pálido—. Tiene que haber algo en alguna parte. ¿Qué sabemos que él no quiere que sepamos?
—Sabemos cómo consigue los coches, dónde hace el cambio y hasta qué punto logra planificarlo todo. Y también conocemos su aspecto —contestó Tripp.
Callanach pensó que toda esa información era vital, de gran valor y que debería haberlos acercado a él. Pero el asesino siempre iba un paso por delante y sabía qué batallas podía permitirse perder.
—Creo que se lo imagina todo con gran detalle.
Conoce al dedillo todos los escenarios posibles.
Sabía que podíamos encontrar el garaje, así que pagó en efectivo y nunca se encontró con la dueña.
Lo mismo ocurría con los coches. Eran informaciones que sabía que podríamos descubrir, así que nos permitió acceder a ellas. ¿Qué es lo que no planeó?
—Cómo las elige. Es un aspecto subjetivo porque las mujeres deben ser de su gusto, satisfacer sus necesidades.
—Pero no sabemos cómo ni dónde las localizó.
Cada pista que tenemos nos la ha puesto él en las manos, prácticamente, salvo el haber sido visto por Astrid, y eso de todos modos nos ha llevado a otro callejón sin salida.
Lo único que no pudo controlar fue que el ciclista lo oyera hablar consigo mismo mientras se llevaba a Jayne Magee.
—Callanach se acercó a una alcantarilla y dejó caer su cigarrillo arrugado al agua del fondo mientras Tripp hojeaba su libreta.
—Quería ponerlo al corriente de una cosa —murmuró Tripp mientras seguía leyendo—. El club nocturno, The Lane, nunca tuvo a Buxton y Magee entre sus clientes. También hay una tienda en el centro llamada Goodies in The Lane, pero me parece irrelevante. —Tripp pasó un par de páginas.
—¿Qué dijo exactamente el ciclista? Refréscame la memoria —pidió Callanach, dándole patadas a una lata contra la pared como un niño pequeño, para descargar su ira contra el metal y los ladrillos.
—Algo sobre volver a Lane… —murmuró Tripp, con la voz ahogada por el ruido de la lata golpeando el hormigón.
Callanach dejó de dar patadas y fijó la vista en la pared.
—Repítelo —le ordenó—. Lo que acabas de decir, repite exactamente las mismas palabras.
—Liam Granger le oyó decir algo sobre volver con Lane. —Callanach se volvió hacia Tripp, que le devolvió la mirada—. ¿Seguro que está bien, señor? Su rostro ha adquirido un color extraño.
Callanach se inclinó, con la cabeza casi sobre las rodillas, jadeando como un tren de mercancías, al borde del colapso. Se había saltado varias comidas y echaba de menos el sueño incluso más que la comida. Pero la nicotina fantasma, sacada de las profundidades de su memoria, había obrado su magia.
—No están muertas —susurró—. Tripp, no están muertas.
Tripp le puso una mano en el hombro, suavemente.
—¿Le traigo un vaso de agua, señor? Debería sentarse.
—Escúcheme. El ciclista oyó la palabra Lane , pero lo que dijo en realidad fue: «Te voy a llevar con Elaine». Es lo que me ha parecido oírle decir antes cuando no le estaba prestando atención.
—Pero en ese momento el cuerpo de Elaine Buxton ya había aparecido. No podía estar llevando a Jayne Magee con ella.
—Yo creo que sí. Y Jonty Spurr estará de acuerdo conmigo. Suba al coche.
Spurr dejó lo que estaba haciendo y contestó inmediatamente al teléfono.
—Inspector Callanach —saludó—. ¿Hay alguna novedad?
—No —respondió él—, pero hay esperanza. Como suponíamos, los dientes se extrajeron antes de quemar el cuerpo y, si no recuerdo mal, ninguno estaba unido al hueso de la mandíbula.
—Correcto —confirmó Spurr—. Aunque algunos estaban rotos de una manera compatible con el uso de un bate de béisbol.
—¿Es posible que los dientes y la mandíbula se rompieran con el bate después de la extracción? —preguntó Callanach. Al otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.
—Sí —dijo Spurr.
—Así que nos dio un cuerpo destruido por el fuego hasta el punto de que era imposible recuperar el ADN, abandonado en un lugar donde no sería descubierto demasiado pronto, pero lo bastante intacto como para indicar que los restos pertenecían a una mujer y conseguir una estimación de la edad.
Había sangre, pero no en cantidades tales como para suponer que la mató allí…
—Exacto —aprobó Spurr.
—Un bate de béisbol colocado de manera que pareciera escondido, pero lo bastante cerca como para que pudiéramos encontrarlo, y un diente con tejido blando adherido para obtener el ADN.
Además, por suerte para nosotros, un trozo de pañuelo que no estaba quemado por los bordes.
Dígame, Jonty, ¿cuál de estas pruebas indica que el cuerpo era de Elaine Buxton?
—Todas —respondió Spurr, dudoso—, si estuviéramos tratando con un asesino normal.
—En la larga pausa que siguió, el forense cayó la conclusión a la que le había llevado Callanach—.
O ninguna, si fuera determinado, además de perfeccionista, preciso y obsesivo; absolutamente decidido a hacernos creer que era Elaine Buxton, asesinando para tal fin a otra mujer que usaría como una especie de cadáver sustituto. Cree que siguen vivas, ¿verdad?
—Sí —respondió Callanach—, porque esa es la única conclusión que él no quería que sacáramos de ninguna manera.
—Dígame cómo puedo ayudar —fue la respuesta de Spurr.
—Compare sus notas con las de Ailsa Lambert sobre los supuestos restos de Jayne Magee.
Esta hipótesis podría explicar por qué los huesos y los dientes del bidón se descompusieron en momentos diferentes, y por qué no había rastro de los dientes superiores.
Ha sido su identificación de las marcas dejadas por las herramientas en el esmalte la que ha hecho esto posible.
Nunca podré agradecérselo lo suficiente.
—Me basta con que encuentren a la inspectora Turner todavía con vida.
—No es Ava quien me preocupa —dijo Callanach—, si no las identidades de las dos mujeres muertas y el hecho de que necesitará un tercer cadáver para poner en lugar de Ava.