Capítulo 40
Louis Jones se mostró esquivo. Tripp le estaba enviando fotografías en tiempo real de su despacho, si podía llamarse así.
No había calendario ni agenda ni una sola hoja de papel en su escritorio.
Los cajones estaban llenos de clips y DVD viejos, pero no había nada relacionado con su trabajo.
Montones de piezas de vehículos abarrotaban el depósito y varios coches de dudosa procedencia estaban aparcados aquí y allá, pero no había ni rastro de un ordenador.
Además, el expediente de Jones estaba tardando en llegar.
Tras una hora, Callanach se cansó de esperar.
Estaba a punto de llamar a la puerta del comisario, cuando le abrió el propio Begbie.
—Pase, inspector — pidió—. Iba a buscarlo.
—He solicitado un expediente y no… —comenzó a decir Callanach.
—Lo sé —lo interrumpió Begbie—. Está en mi escritorio. Antes de que diga nada, hay una razón. Solo un agente de rango igual o superior al mío está autorizado a abrirlo.
—No lo entiendo.
—Louis Jones viene de camino, por su propia voluntad. Hablaremos con él juntos —explicó Begbie.
—No puedo dirigir este caso si me está ocultando información. Quiero saber exactamente qué está pasando —dijo Callanach mientras golpeaba con una mano el escritorio del comisario. Begbie lo miró, luego cogió una carpeta delgada y maltrecha y se la entregó.
—El expediente es confidencial porque Jones, antes conocido por los ciudadanos menos respetuosos con la ley de Edimburgo como Louis Chiavone, era un informador.
Hace quince años, una investigación de tres años estaba a punto de cerrarse sin cargos ni una sola detención.
Se trataba de algo relacionado con el crimen organizado.
La banda tenía hombres en nómina dentro de la Policía, el Gobierno…
, en todas partes. Cada vez que hacíamos un movimiento, lo sabían de antemano.
Louis era su hombre de confianza para vehículos y conductores.
No habló abiertamente, no seguiría vivo si lo hubiera hecho, pero la información que nos proporcionó fue vital para detenerlos.
Tenemos un acuerdo informal y desde entonces lo hemos dejado en paz.
—Este caso es demasiado serio como para preocuparnos ahora de pactos del pasado. Ni siquiera podemos estar seguros de que él no sea el culpable.
—No lo es —lo contradijo Begbie—. El hombre que está buscando es blanco. Louis es negro. Además, él no da el perfil. Y puedo afirmarlo con total seguridad porque llegué a conocerlo bastante bien. Era mi informador. Hablará conmigo.
Fiel a su palabra, Louis Jones apareció veinte minutos después. Callanach observó que Begbie lo saludaba con un apretón de manos y un intercambio de miradas que sugería una amistad genuina. La sala de interrogatorios fue descartada en favor de la intimidad que ofrecía la oficina del jefe.
—Este es Callanach —le dijo Begbie a Jones—. Tiene el mando de la investigación.
—Creía que solo íbamos a estar tú y yo, George —replicó Louis, en voz baja y tranquila, que ocultaba una cautela bien entrenada.
—No hay tiempo para eso. Callanach necesita hablar contigo. Puedes confiar en él.
Callanach no estaba seguro de si eso sería cierto si resultaba que Jones estaba al tanto de lo que estaba pasando.
—Dos coches —explicó, entregándole los detalles—. Los conseguiste en un desguace de Falkirk. Necesito la documentación de los dos vehículos.
—No tengo archivos —respondió Jones—. Está todo en mi cabeza. Cuando has visto las cosas que yo he visto, no pones nada por escrito. ¿De qué va todo esto?
—Elaine Buxton —respondió Begbie—. ¿Has oído hablar de ella?
—Todo el mundo sabe lo que le pasó —asintió Jones—. ¿Qué tienen que ver mis coches?
—Fueron usados por el hombre que creemos que la mató. Bueno, ¿quién se los llevó? —preguntó Callanach.
—¿Ese puto engreído? ¡Me estáis tomando el pelo, joder!
—¡¿Quién?! —exclamó Callanach—. ¡Quiero un nombre!
—Yo no trabajo con nombres. Pero ¿de qué planeta ha venido este? —preguntó Jones a Begbie, que levantó una mano para mantener a raya al inspector.
—¿Qué puedes decirnos, Louis? —le preguntó con calma.
—Pagó en efectivo. Utiliza los coches solo durante veinticuatro horas y luego los devuelve.
Eso es lo que hago, alquilar vehículos, sin hacer preguntas.
Ha venido más o menos seis veces; parecía un capullo tan reprimido que nunca se me pasó por la cabeza que pudiera estar haciendo algo malo.
Una vez dijo en broma que necesitaba tiempo para sí mismo, lejos de su mujer.
Pensé que quería hacer un pequeño viaje de caza de culos sin que su media naranja recibiera una llamada de la policía.
—¿Descripción? —pidió Callanach.
—De unos cincuenta años, fornido y con algo de barriga, con un trasplante capilar; recuerdo una gabardina gris y una papada. No quiero que metas mi nombre en esto, George. Preveo problemas.
—Necesitamos algo más, Louis —insistió Begbie—. Sé que te lo debo, pero no puedo mantenerte fuera esta vez. Le alquilaste unos coches sin dejar rastro, ni siquiera un cheque. Si descubrimos que este tipo es el asesino, no podré protegerte.
—Te salvé la vida, George, ¿recuerdas? —protestó Jones levantándose.
—Sí, es verdad —respondió Begbie—, pero una de mis inspectoras perderá la suya si no encontramos a este hombre, así que dejémonos de tonterías, ¿vale?
Nunca se han hecho negocios sin tomar ciertas precauciones y no creo que la cosa haya cambiado tanto a lo largo de los años.
¿Qué pensabas hacer si no te devolvía el coche?
¿Sin nombre ni dirección? Eso es una gilipollez.
Jones se sentó pesadamente, diciendo una palabrota mientras miraba al techo.
—Estoy perdido si esto sale a la luz, así que se aplican las reglas habituales, ¿de acuerdo?
—Sí, las reglas habituales —respondió Begbie.
—Hice que uno de mis chicos lo siguiera. Siempre hago lo mismo cuando alguien no me da información. Cobro un depósito, así que en realidad no importa si no devuelven el coche, pero lo necesito para protegerme en caso de que lo utilicen para un robo o…
—Un asesinato —terminó Callanach en su lugar—. Así que alquilas los coches, pero te quedas con la información para negociar con la policía. —Terminó la frase con un largo improperio en francés.
Begbie lo ignoró.
—¿Y qué es lo que sabes?
—Llevó los coches a un garaje de Causewayside, una zona de mala muerte, no hay mucho que ver allí.
Puedo daros la dirección. Eso me bastaba para encontrarlo en caso de que tuviera que hacerlo.
—Louis garabateó algo en una libreta que había sobre el escritorio de Begbie.
Callanach arrancó la hoja y se dirigió a la puerta.
—Mi nombre no debe aparecer, nada de escuchas telefónicas y no me menciones en ninguno de los documentos del proceso. Debéis dejarnos completamente en paz a mí y a mi negocio. ¡Teníamos un acuerdo y, por lo que a mí respecta, sigue en pie! —le gritó Jones.
—Cuenta con ello —oyó decir Callanach a Begbie, seguro de que se dirigía más a él que a Louis Chiavone.
La Interpol y sus procedimientos, los triples controles y las políticas inflexibles parecían más lejanos que nunca.
Callanach no sabía si sentirse agradecido o disgustado.
En aquel momento, no le importaba. Echó a correr.
El garaje formaba parte de un bloque en una calle secundaria de Causewayside.
Había al menos una treintena de viviendas, con persianas tan descoloridas y desconchadas que el color original era ya un recuerdo lejano.
Los muros de cemento que se iban desintegrando dejaban escombros en la acera y la iluminación de la calle era inexistente.
Casi todos los números habían sido despegados y estaban cubiertos de pintadas.
Tripp esperaba al final de la calle para recibir la furgoneta de la Policía Científica, cuya sirena ya se oía mientras intentaba abrirse paso entre el tráfico.
Callanach contó los garajes hasta el decimoctavo.
Se puso los guantes e intentó abrir la puerta.
Estaba cerrada. Cogió una palanca del maletero del coche y la clavó en el espacio que había entre la puerta y el suelo.
Estalló un ruido desgarrador cuando los cables superiores lucharon contra la cerradura y, de repente, la puerta se alzó, ya que el metal estaba demasiado debilitado por la antigüedad y la falta de mantenimiento como para resistir mucho tiempo ante la determinación de Callanach.
Desde la entrada, apuntó con la linterna hacia la oscuridad, deslizándola de derecha a izquierda.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Tripp a gritos desde el fondo de la calle.
Callanach, con los brazos en jarras y la cabeza ladeada, le dio una patada a la palanca, ignorando el dolor que sintió en el dedo gordo del pie y en el tobillo.
— Merde! —gritó—. No hay nada. Absolutamente nada.
Tripp abandonó su puesto y fue corriendo a mirar el agujero vacío que era el garaje.
—A lo mejor la Científica encuentra algo —aventuró, pero Callanach pudo deducir por su expresión que ni él mismo lo creía.