Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Callanach estaba de nuevo en la sala de interrogatorios. Astrid había firmado el acuerdo. Lively estaba en la sala de vídeo mirando el resto de la entrevista. A Callanach le habría gustado intercambiarse con él. No tenía ningún deseo de estar cerca de Astrid ni un segundo más.

—Ya tienes todo lo que pediste —le dijo—, y yo estoy a punto de perder la paciencia.

—No todo —respondió Astrid—. Quiero una carta firmada en la que me garantices que no pedirás otra orden de alejamiento.

—Ava Turner está en manos de un loco. Deja de jugar, Astrid.

—Escribe la carta y empezaré a hablar.

—¡Maldita sea! —gritó él; cogió una hoja de papel y se puso a escribir—. Ya está, ahora dime lo que has visto y date prisa.

—Admite que sientes algo por ella —pidió Astrid—. Lo supe en cuanto os vi subir juntos al coche.

—La inspectora Turner es una colega y yo estoy haciendo mi trabajo, pero si no empiezas a hablar de inmediato, puedo dejar que me reemplace alguien menos tolerante.

—De acuerdo, cálmate, inspector —contestó ella en tono mordaz—.

Era más o menos la una y media de la madrugada.

Al principio no sabía quién era, ¿entendido?

El coche de Turner estaba aparcado lejos del mío y bajo los árboles.

Me di cuenta de que la puerta se abría porque se encendió la luz del habitáculo.

Durante aproximadamente un minuto no pude ver lo que pasaba; entonces un hombre la sacó del coche y la hizo caminar por la carretera, en mi dirección, hacia otro vehículo.

Solo la reconocí cuando la metió en su coche.

Callanach la interrumpió.

—¿Puedes describirlo?

—La verdad es que no, estaba demasiado oscuro. No era muy alto, blanco, más bien rechoncho, no muy en forma, llevaba sombrero y gafas. No puedo decirte nada más.

—¿Y qué pasó entonces?

—La metió en su coche, supongo que en el asiento trasero, porque abrió y cerró dos puertas antes de irse.

—Entonces, ¿Ava estaba en el asiento trasero? —preguntó Callanach.

—Supongo que sí —respondió Astrid, apoyando la cabeza en la palma de una mano, como si se aburriera. Callanach intentó mantener la calma—. Cuando el coche arrancó, todavía no había entendido lo que estaba pasando, pero luego me fijé con más atención.

—¿Por qué?

—Porque no encendió los faros inmediatamente, sino justo antes de girar. Y dio media vuelta para ir en dirección contraria, sin pasar por delante de mí.

—No entiendo cómo podría sernos útil esto —comentó Callanach.

—Es útil porque tenía unos prismáticos y apunté el número de la matrícula. Conducía un cuatro por cuatro negro, un Nissan. —Sacó su teléfono y abrió una aplicación para notas—. Aquí tienes la matrícula.

Callanach tomó el teléfono y leyó el número en voz alta para que los agentes que estaban en la sala de vídeo pudieran comenzar a investigar. De repente, la puerta se abrió de golpe e irrumpió el sargento Lively.

—¡¿Sabías la matrícula desde el principio?! —gritó, agarrando a Astrid—. ¡Puede estar muerta por tu culpa!

—Sargento Lively —ordenó Callanach—. Quítele las manos de encima y lárguese.

—¡Su maldito club de fans no tiene privilegios especiales aquí! —le gritó el sargento.

—Tenemos una pista, que es más de lo que consiguieron ustedes arrestando al hombre equivocado. Y ahora, váyase.

Lively dijo una palabrota, pero obedeció.

—Gracias, Luc —murmuró Astrid—. Has sido muy galante.

—No he tenido más remedio —replicó Callanach—. Y estoy de acuerdo con mi sargento, pero aún no hemos terminado. ¿Cómo llegaron del coche de Ava al suyo? ¿La arrastró?

—No —respondió Astrid—. Ella caminaba tambaleándose y él tenía que sostenerla.

—Cloroformo —meditó Callanach. Se levantó.

—¡Espera! —exclamó ella—. ¿Ya está? ¿Cuándo podré volver a verte?

—Estás enferma, Astrid. Te compadezco, pero nunca hubo nada entre nosotros y no quiero volver a verte. Intenta entenderlo.

Ella sonrió.

—Espero que la mate. Así se te romperá el corazón como tú has roto el mío. Entonces volverás a mí. Me desearás como antes.

Callanach se marchó.

Cinco minutos después descubrieron que la matrícula había sido dada de baja.

Bastó una llamada al desguace de Falkirk y la amenaza de otra inspección burocrática del Departamento de Salud y Seguridad para convencer al propietario de que revelara que el Nissan destruido, presuntamente a causa de un accidente de tráfico, había terminado, como siempre, en manos de Louis Jones.

—¡Tripp! —gritó Callanach mientras corría por el pasillo en dirección a su despacho—.

Traiga a Louis Jones aquí. Quiero que revise todos los papeles que tenga, su ordenador, su móvil…

, absolutamente todo lo que encuentre. Averigüe dónde acabaron esos coches.

Y quiero saber con todo detalle los movimientos de Jones durante el último mes.

—Sí, señor —respondió Tripp, asomando la cabeza por la sala de vídeo—. Ah, y el doctor Spurr lo está esperando en su despacho. Ha dicho que sabía que estaba ocupado, así que ha preferido esperar.

Callanach se llevó a la agente Salter con él a su despacho. El forense los saludó con una sonrisa triste.

—Inspector —dijo—. He preferido venir en persona. Siento mucho lo de Ava. Me envió un bonito mensaje agradeciéndome el Lagavulin. Es difícil ser objetivo cuando cogen a uno de los nuestros.

—Le agradezco la visita —aceptó Callanach—, pero es un mal momento. Estamos esperando a que traigan un testigo y tengo que leer su expediente.

—No es una visita de cortesía —precisó Spurr, sacando una carpeta de su maletín—. Me gustaría que le echara un vistazo a esto. —Le tendió varias fotografías a gran escala.

—¿Qué estoy mirando? —preguntó Callanach.

—Dientes —respondió Spurr—. Este es el que se encontró junto al bate de béisbol; no resultó dañado por el fuego, por lo que es el que está en las mejores condiciones para ver las marcas.

—Señaló unas zonas pequeñas, lineales y sombreadas a unos dos tercios de la altura del diente—.

Parecen surcos profundos. El odontólogo forense no los identificó al principio porque en ese momento analizamos el diente solo con fines identificativos.

—¿Y qué son? —preguntó Salter—. ¿Por qué están ahí?

—Sospechamos, y no me atrevería a afirmar nada más, que se trate de un daño causado en el esmalte por una herramienta.

—Entonces, ¿esas marcas las podría haber hecho un dentista? —preguntó Callanach.

—No lo creo —respondió Spurr—. Las marcas están debajo de la línea de las encías. El hecho de que este diente aún tenga una raíz sana adherida significa que un dentista no tendía motivos para hacerlas. Es más probable que la herramienta que causó el daño fueran unos fórceps para extracción dental.

—¿Y los otros dientes? —preguntó Callanach—. ¿Tienen marcas?

—Creemos que sí —respondió Spurr, dándole la vuelta a las otras fotos—. Miren aquí y aquí. Es difícil verlas debido a los daños causados por el fuego, pero en esta se pueden ver los arañazos —dijo, mostrando la ampliación de un molar—. Son profundos y llegan hasta la base del diente.

—¿Está diciendo que no fue el bate de béisbol lo que le hizo saltar los dientes? —preguntó Salter.

—Estoy diciendo que alguien extrajo los dientes con los fórceps y que me parece lógico que el daño ocurriera cuando aún estaban en la boca de Elaine, no después.

Lo consulté con su dentista. No puede garantizar que no acudiera a uno de sus colegas, pero él desde luego no se lo hizo.

También dijo que las marcas eran torpes, que no estaban donde deberían haber estado si la extracción se hubiera hecho correctamente. Si tenemos razón, entonces…

—Entonces a Elaine Buxton la torturaron antes de asesinarla. ¿Cree que le extrajeron los dientes con unos fórceps mientras estaba viva? —preguntó Callanach. La cara de Salter se había puesto verde.

—No puedo estar seguro —respondió Spurr—, pero parece más probable que lo hiciera cuando estaba viva. Una vez muerta no habría tenido sentido.

—¿Una operación odontológica hecha por un aficionado? —preguntó Salter con la voz ahogada por el esfuerzo de no vomitar—. ¿Cómo pudo conseguir las herramientas? ¿Y dónde aprendió a hacerlo?

—Las herramientas pueden pedirse en numerosas páginas web y, por lo que respecta a la extracción, hay manuales de medicina de urgencia en Internet. Yo no los recomendaría, pero pueden servir.

—¿Y Jayne Magee? —preguntó Callanach. Pensó en las familias de las dos mujeres y en el nuevo tormento que supondría esta noticia.

—Lo consulté con Ailsa Lambert. Está muy preocupada.

Tengo entendido que es amiga de la madre de la inspectora Turner.

—Callanach asintió—. Los dientes de Magee estaban tan dañados por los productos químicos que el odontólogo no pudo distinguir ninguna marca específica.

Pero si los dientes hubieran sido extraídos antes de la muerte, se explicaría el diferente grado de deterioro entre ellos y el hueso de la mandíbula.

—Mierda —maldijo Salter.

—Estoy de acuerdo con usted, agente —reconoció Spurr—.

Si Ava Turner sigue viva, deben encontrarla rápido.

Un hombre capaz de algo así… —No terminó la frase y Callanach se lo agradeció.

Era demasiado consciente de lo que el hombre que había secuestrado a Ava era capaz de hacer sin que nadie le sugiriera nada.

—Gracias —dijo—. Perdóname por no poder dedicarle más tiempo.

—No hace falta que se disculpe —contestó el forense—. Encuentren al monstruo que lo hizo. —Jonty Spurr se fue y Callanach cerró la puerta.

—Señor… —empezó a decir Salter.

—No —la interrumpió él—. De momento no se lo diremos a nadie.

Todos están dando lo mejor de sí. Esto no les hará trabajar mejor.

De momento, es solo una suposición. Además, tampoco hay ninguna prueba concluyente de que el secuestrador de la inspectora Turner sea el mismo hombre que mató a Buxton y Magee.

En el mejor de los casos, se trata de una acusación que se probará cuando averigüemos dónde las mantenía cautivas. ¿De acuerdo?

—Sí —susurró Salter—. Es horrible pensar en la manera en la que las torturó.

—No piense en ello —sugirió Callanach—. Con el tiempo aprenderá. No debe ponerse en su lugar. Manténgase ocupada, Salter. ¿Me puede traer una lista de las páginas web en las que se pueden comprar herramientas para dentistas?

—La encontraremos, ¿verdad, señor? —preguntó ella con calma.

A Callanach le habría gustado mentir, pero los años que llevaba en la policía le sugerían que no lo hiciera.

—Manténgase ocupada —repitió—. Lo único que podemos hacer es esforzamos al máximo.