Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

King saboreó la confusión que reflejaban los ojos de Ava cuando vio a las mujeres en sus camas.

Ninguna dijo ni una palabra. Dio a su última invitada la oportunidad de ir al baño antes de atarla a la cama.

La intimidad con sus hábitos personales era un aspecto del papel de guardián que le repugnaba, pero le proporcionaba un elemento adicional de poder.

—¿Podría darme más analgésicos, por favor, doctor King? —susurró Elaine.

Él se lo pensó. Últimamente los consumía en cantidades industriales. Sin embargo, había cosas peores que la dependencia a los medicamentos y, desde luego, cuando Elaine los tomaba se volvía menos insoportable.

—Te daré paracetamol, pero debes ayudarme con tu nueva amiga. Ata esa brida alrededor de sus muñecas y fíjala a una pata de la cama. ¡Y no la aprietes demasiado! No queremos cortarle la circulación.

—No lo hagas —le dijo Ava—. Elaine, soy policía, no tienes que ayudarlo.

—Sí que tiene que hacerlo —susurró King—, ¿verdad, querida?

Elaine asintió débilmente.

—Si no, ¿qué voy a hacer? —King mantuvo el cuchillo apuntando a Ava mientras Elaine le ataba las muñecas—. Volverá a coger la regla.

Ava miró a Jayne. No hacía falta ser un genio para entender que había destrozado a Elaine, había quebrado su fuerza de voluntad en mil piezas inútiles, pero él no esperaba que la valiente inspectora se rindiera con ella tan pronto. Jayne estaba rezando. Como siempre.

—Ava, no quiero que incites a estas chicas a rebelarse.

—Se rio al pensarlo—. Déjame explicarte por qué.

Si alguna de vosotras se comporta de una manera perjudicial para el bienestar de nuestra pequeña comunidad, me veré obligado a castigar a una de sus compañeras.

Por lo tanto, si te haces la dura conmigo, tendré que hacerle cosas a Jayne que no le gustarán nada.

—Jayne —susurró Ava—. ¿Puedes hablar conmigo? Jayne Magee, la ayuda llegará.

—Justo eso es de lo que estaba hablando —dijo King—.

En circunstancias normales, suelo ser más permisivo el primer día.

Espero que haya algún altercado durante el proceso de adaptación, pero hoy estoy destrozado y considero que debes comprender plenamente la posición en la que te encuentras.

—Abrió un cajón cerrado con llave, cogió dos pastillas y se las dio a Elaine con un vaso de plástico lleno de agua—.

¿Ves cómo puedo ser amable y considerado?

—Sacó otro objeto del cajón y lo sostuvo dentro de la mano.

Ava estiró el cuello para mirar lo que hacía.

King estaba de pie junto a la cama de Jayne.

El volumen de sus plegarias había aumentado y ya no lo miraba a los ojos.

Elaine se había tragado la medicina y se había metido debajo la cama, agarrada a una almohada y a una manta.

Desde donde se había escondido le llegó un murmullo indistinto, un cántico infantil y repetitivo.

—Está en regresión —le explicó King a Ava—.

Lección número uno, inspectora Turner. No creas que puedes ignorar mis advertencias.

—Agarró la nariz de Jayne con la mano izquierda, apretándola cruelmente.

Ella chilló, intentó levantarse de la cama y luego volvió a bajar sobre el colchón, luchando por liberarse, pero su presa era firme.

Mientras abría el clip de pinza, pensó que era extraño que hubiera sido tan débil de niño.

No se le daban bien los deportes, no era lo bastante fuerte para ayudar a su padre a levantar pesas o partir leña.

Pero recientemente, en su madurez tardía, cuando más lo necesitaba, poseía la fuerza de un oso.

No era tanto una cuestión de mente sobre la materia como de librarse de la preocupación por ella.

En el fragor del momento, su potencia muscular no requería ningún esfuerzo.

Luego le puso el clip en la lengua a Jayne y escuchó cómo se cerraba con un sonido metálico.

Ella puso los ojos en blanco y se desmayó por el dolor; luego despertó llorando y gritando, entre arcadas—.

Tienes que agradecérselo a la señorita Turner.

Quizá más tarde, cuando regrese, se te ocurra una manera de devolverle el favor.

Es sábado y, como llevo dieciocho horas sin dormir, me voy a la cama.

Seguro que a ti también te vendrá bien descansar un poco.

—¡Quítaselo! —gritó Ava.

King podía oír el mantra de Elaine diciendo: «No, no, no» desde la cama. Parecía la más sensata de todas. Incluso Jayne, a pesar de la agonía, se esforzaba por hacerle señas a Ava.

—No creo que la buena de la reverenda desee tu intervención —replicó—. Creo que preferiría que te comportaras de forma que no me obligues a tomar medidas más drásticas. —Jayne asintió enérgicamente, casi gruñendo a la inspectora.

—Lo siento —respondió Ava con calma.

—Parece que no te he oído bien con todo el ruido que hacen las otras señoras —dijo King—. Repítelo, por favor.

—He dicho que lo siento —le gritó Ava—. ¿Vale? Lo siento.

—Bien —aprobó King—. ¡Jayne, no muevas el clip!

El dolor remitirá de forma natural en un par de horas.

Y, Elaine, no intentes ayudar a tu amiga a encontrar alivio.

Que no estés atada no significa que puedas hacer lo que quieras; a no ser que quieras experimentar de primera mano el dolor tan terrible que se siente.

Sin embargo, es una historia muy interesante.

Se trata de una forma de castigo comúnmente utilizada en la América colonial para animar a las esposas gruñonas a morderse la lengua.

Muy apropiado. Pondré algo de música. A lo mejor te ayuda a distraerte del dolor, Jayne.

Cuando salió, empezó a sonar uno de los conciertos para piano de Rachmaninov.

King escuchó detrás de la puerta un momento después de cerrarla, pero no oyó ninguna voz.

Hablarían más tarde, mientras él dormía.

No le importaba. Graznarían sobre lo monstruoso que era y lo mucho que lo odiaban, harían planes y se imaginarían la llegada de ayuda.

«Déjales que tengan sus fantasías», se dijo a sí mismo.

Si eso era todo lo que les quedaba de su vida anterior, ¿quién era él para privarlas de un consuelo tan insignificante?

Iban a adaptarse muy pronto y, si una de ellas no lo conseguía, él tendría una decisión menos que tomar.