Capítulo 37
—Inspector Callanach —saludó ella, asumiendo una actitud tímida delante de su colega.
Solo él notó el tono burlón que había en su voz—.
Encantada. —Astrid le tendió la mano derecha.
Él la miró como si le estuviera ofreciendo un filete infestado de larvas.
Desde que ella lo había acusado de violación, no podía soportar que nadie lo tocara, ni siquiera de pasada y con las mejores intenciones.
La sola idea de tocar la carne de Astrid lo hacía sentirse físicamente enfermo.
—Necesito hablar con usted en privado —dijo con voz áspera, tratando de vencer la incredulidad.
—Por supuesto —respondió ella con dulzura—. Donde usted quiera. —Astrid le dedicó una radiante sonrisa a la mujer con la que compartía oficina, como si le acabaran de dar el resto de la semana libre. Callanach salió para dejarla pasar sin que ella pudiera tocarlo.
—Es en la planta baja, al fondo del pasillo a la izquierda —dijo, manteniendo la mirada fija al frente y contando las respiraciones para combatir el vértigo que le nublaba la vista.
Astrid bajó las escaleras con calma, saludando alegremente a cada persona con la que se cruzaban.
A cada paso, Callanach sentía incómodas contracturas en los músculos de los hombros y la espalda.
Tuvo que esforzarse para no gritarle que se diera prisa.
—¿No vamos a tu despacho? —preguntó, dulce y complaciente. Su voz lo irritaba tanto como las vuvuzelas en los partidos de fútbol.
—No —respondió él; pasó junto a ella hacia el último pasillo y abrió la puerta de la sala de interrogatorios—.
Y solo hablaremos en inglés. Nada de francés.
No estoy dispuesto a perder el tiempo con alegaciones sobre supuestas conversaciones inapropiadas.
—Sacó una silla de debajo de la mesa y le indicó que tomara asiento.
Pulsó varios botones del sistema de control e inició la grabación de audio y vídeo.
Astrid deslizó las manos por la mesa hasta situarlas a un palmo de las suyas y esbozó una sonrisa deslumbrante.
—Luc, esto es una sala de interrogatorios. No entiendo dónde está el problema. ¿Y por qué estás grabando? Solo tienes que preguntarme lo que quieres saber.
—Quiero saber qué estás haciendo aquí —dijo, intentando mantener un tono inofensivo. La voz le temblaba por el esfuerzo.
—Trabajo aquí —contestó ella—. No me he escondido.
Te devolví unas hojas de horas extras que no habías rellenado correctamente.
Mis iniciales estaban en la nota. Desgraciadamente, enviaste a uno de tus chicos a solucionarlo.
Fuiste muy descuidado con el papeleo. Me temo que tu nivel de exigencia ha bajado mucho.
—Astrid jugueteaba con un mechón de pelo que le había caído sobre la cara.
A otro hombre le habría parecido un gesto seductor.
Él solo veía a una víbora que estaba planeando su próximo ataque.
—Lo que quiero saber es el motivo por el que estás en Escocia. Astrid, hay una orden de alejamiento que te prohíbe acercarte a mí. No se te permite tener ningún contacto conmigo.
—Solo en Francia, tonto. La orden dejó de surtir efecto en cuanto saliste del país.
Y no has pedido otra aquí, así que ya no tengo que mantenerme alejada de ti.
¿No es eso lo que querías? ¿No viniste aquí para que pudiéramos empezar de nuevo?
—Le tocó la mano. Él la apartó como si un escorpión le hubiera reptado por la piel.
Le dio una patada a la silla y retrocedió hasta apoyar la espalda contra la pared.
—No he venido a Escocia para que me sigas. Vine porque arruinaste mi vida en Francia. Me lo quitaste todo; mi carrera, mis amigos y mi reputación. ¿Cómo demonios has conseguido este trabajo?
—La Interpol no tenía derecho a hacer constar lo ocurrido en mis referencias.
No era relevante para mi conducta profesional.
Yo era una víctima que no se había sentido capaz de seguir adelante con un proceso judicial.
Si me hubieran impedido obtener este trabajo, habría tenido derecho a demandarlos.
Y mi superior directa en la Interpol no tenía ni idea de que tú estabas aquí.
Creo que la zorra se alegró de que me fuera, así que confío en que me diera buenas referencias.
—Eso no explica por qué nadie se ha dado cuenta de quién eres. Hicieron una comprobación completa de mis antecedentes. Yo lo conté todo.
—No te declararon culpable. Te absolvieron de los cargos.
El sistema administrativo no coteja los nombres en tales circunstancias, sobre todo porque yo solo solicité un traslado aquí después de que tú consiguieras el puesto.
Y tu jefe, que se ha esforzado tanto para conseguirte este trabajo, probablemente habrá llegado a un acuerdo para mantener tu expediente impecable.
—No tenías ningún derecho a seguirme hasta aquí y lo sabes.
—Luc, cariño… —Se levantó y empezó a caminar alrededor de la mesa.
—Siéntate —ordenó él.
—¿Estoy detenida? —preguntó ella.
—Te estoy interrogando.
—Entonces, léeme mis derechos —replicó tono burlón. Se desabrochó el primer botón de la blusa y se despeinó, pero obedeció—. No entiendo por qué estás tan enfadado. Renuncié a aportar pruebas contra ti.
—Eso fue un día antes del juicio. ¡Perdí meses de mi vida! Mi madre ya no soporta hablar conmigo. Y lo peor es que creo que nunca tuviste intención de seguir con ese puto proceso. ¡Solo querías destruir todo lo que yo tenía! —Callanach se metió los puños en los bolsillos.
—Yo te salvé. No deberías reprocharme nada. —Tenía los ojos grandes y brillantes por las lágrimas.
—Era mentira, Astrid. Absolutamente todo lo que dijiste era mentira.
No te violé y no tuvimos relaciones sexuales.
¡¿Cómo puedes creer que me salvaste?! —Callanach había empezado a gritar.
Un agente, intrigado, se había asomado por el cristal de la puerta para comprobar qué estaba ocurriendo.
Callanach le hizo un gesto con la cabeza y el agente se marchó.
—Ahora estarías en la cárcel si no fuera por mí.
¿Habrías preferido eso? Diez años de comida de mierda y hombres sucios y malolientes como única compañía.
¿Cuánto crees que habrías durado? —Astrid estaba furiosa.
«Al menos esa emoción es auténtica», pensó Callanach—.
Hice que te soltaran para que pudieras superar esa mala experiencia y para que empezaras de nuevo.
Por eso tu decisión de mudarte a otro país europeo fue perfecta.
Los dos hablamos inglés y tenemos trabajos en los que podemos trasladarnos.
—¡Por favor, para! —Callanach se tapó los ojos con las manos—. Astrid, escúchame, necesitas ayuda. Sé que te va a resultar muy difícil escuchar esto, pero no tenemos una relación y nunca la hemos tenido. No puedes seguir así.
—Eres tan bueno, Luc… Siempre lo has sido. Solo yo puedo ver la bondad que hay en tu corazón. Estamos destinados a estar juntos. Cuando estoy contigo, el dolor que llevo dentro desaparece. Por eso te he seguido. Siento que me amas muchísimo y sé que da miedo, pero yo puedo ser fuerte por los dos.
—¿Cómo pensabas que iba a terminar todo esto? —preguntó él—. ¿Habías decidido entrar un día en mi despacho y saltarme encima?
—Ya te había hecho saber que estaba aquí. Te envié champán. Uno muy bueno. Y rosas, como las que crecían en el Parc de la Tête d’Or en Lyon, donde ibas a correr durante la pausa para comer.
—¿Fuiste tú? Pensábamos que… No importa. Al menos ahora tiene sentido. Pero quiero saberlo todo. Basta de jueguecitos —cambió de táctica.
Astrid se lo pensó.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Solo la verdad —respondió él—. Si quieres que vuelva contigo, debe haber siceridad entre nosotros. Solo tú podías haber elegido con tanto esmero las cosas que me gustan. Las rosas eran preciosas y me hicieron pensar en casa.
El rostro de Astrid se ensombreció. Era como ver llegar una tormenta.
—¿He sido la única, Luc, o ha habido alguien más?
—No ha habido nadie más —respondió, volviendo a su asiento.
—¡Mentiroso! —gritó Astrid—. Te vi con ella. Te vi coquetear con ella. Y vi cómo te miraba. ¿Te bebiste mi champán con ella? ¿Le diste las flores que te envié?
—No sé de quién estás hablando, Astrid.
—Sí que lo sabes —siseó.
Callanach estaba haciendo progresos.
—No, de verdad, no tengo ni idea. Después de ti no ha habido nadie más.
Ella le sonrió y fue como tambalearse al borde de un abismo.
—Estás jugando conmigo —meditó Astrid—. Sé lo que quieres que diga, Luc, y no voy a hacerlo.
¿Que no ha habido nadie después de lo nuestro?
Pensaba que nunca había habido nada entre nosotros.
Pensé que habías venido aquí como una araña enorme, fea y gorda, que corre a esconderse debajo de una alfombra para huir de mí.
Quieres que diga su nombre y no pienso hacerlo.
Callanach miró su reloj. Había hecho todo lo posible con ella, pero tener un trastorno de la personalidad no implicaba también tener un coeficiente intelectual bajo.
Necesitaría mucho más tiempo para conseguir que admitiera lo que había hecho y el reloj le estaba robando unos minutos de los que Ava carecía.
—¿Enviaste tú la amenaza de muerte a la inspectora Turner? —preguntó de manera directa. El rostro de Astrid se volvió frío e inescrutable.
—Quiero un abogado —respondió.
—¿La secuestraste?
—No tengo intención de responder a más preguntas. —Astrid volvió a abrocharse teatralmente la blusa, tensó los brazos y se quedó mirando el escritorio.
Callanach pensó en lo lejos que había llegado. Se necesitaba un estado mental particular para seguir a una persona tan lejos y con tanta pasión. Astrid seguiría jugando mientras él estuviera allí. La única forma de ganar era privarla por completo de su objetivo.
—Está bien —aprobó—, pero yo estoy ocupado. Tenemos razones suficientes para seguir interrogándote, pero en este momento tengo cosas más importantes que hacer. Espera aquí. Voy a pedirle a un agente que lleve a cabo el interrogatorio. Ya no tendrás que verme más. —Se dirigió a la puerta.
—Espera —pidió—. No te muevas. ¿Quieres irte, después de todo lo que ha pasado?
—Sí —respondió él—. Tengo otras prioridades.
—Cabrón —siseó—. ¿Otras prioridades? ¿Crees que puedes encontrar a Ava Turner sin mí?
En dos horas vendrás y me suplicarás que te ayude.
—Tenía la cara contorsionada y enfadada.
Por mucho que le hubiera gustado volver a entrar, agarrarla por el cuello y estrangularla hasta obtener la información que quería, sabía que no funcionaría.
—Como ya he dicho, tengo muchas cosas que hacer. Mandaré a un agente. Mientras tanto, le pediré al sargento de custodia preventiva que te arreste y te lea tus derechos. —Salió y dejó que la puerta se cerrara sola.
Unos segundos después, oyó el clic de la cerradura. Iba por la mitad del pasillo cuando Astrid empezó a gritar.
—¡Que te jodan! Lo vi secuestrar a tu querida inspectora Turner. La matará. Si no vuelves aquí inmediatamente, tendrás su sangre en tus manos.
Callanach se dio la vuelta, retrocedió por el pasillo hacia ella, se detuvo frente a la sala de interrogatorios, se apoyó en la pared y miró dentro.
—¿Dónde? —preguntó abriendo la puerta—. ¿Dónde lo viste?
—No diré nada hasta que vuelvas a entrar —exigió Astrid.
—Dame hechos, algo que me haga saber que puedo creerte, o no volverás a verme.
—Te seguí después del trabajo —explicó—.
Fuiste a casa de la profesora, a esa a la que tu novia quiere tanto.
Esperé toda la noche a que salieras, pero no lo hiciste.
Te quedaste para complacer a esa imbécil; tanto alboroto por unos mensajes ridículos.
Y sí, lo sé todo sobre el caso. No cometas el error de pensar que no tengo amigos dentro de la comisaría.
—Me importa un bledo quiénes son tus amigos. Quiero saber por qué te quedaste ahí sin hacer nada mientras secuestraban a una agente de policía —gruñó Callanach.
—No sabía que era Turner hasta que él la sacó del coche
Callanach entró tan rápido que Astrid no tuvo tiempo de prepararse. La agarró por el brazo y levantó la otra mano, dispuesto a abofetearla.
—Si estás mintiendo… —No fue necesario que terminara la frase, su cara lo decía todo.
—Es la verdad —respondió Astrid—, Pero no diré nada más hasta que tenga la garantía por escrito de que no me arrestarán ni por las cartas ni por nada de lo que te diga sobre lo que pasó anoche.
—Astrid, no hay tiempo —protestó él, desgarrado entre la violencia y la súplica.
—Y te quedarás conmigo hasta que todo esté resuelto. Hablaremos de Francia, de nuestros viejos amigos, de los buenos tiempos… Lo tomas o lo dejas.
Tripp entró en la sala de interrogatorios, seguido de Lively. Se quedaron inmóviles en cuanto lo vieron agarrando a Astrid.
—Agente, envíeme a alguien de la Fiscalía que tenga autoridad para garantizar inmunidad —ordenó Callanach. Tripp se fue inmediatamente. Luego miró a Lively—. ¿Qué quiere, sargento?
—Se trata de Rory Hand. No ha sabido responder a las preguntas sobre dónde había matado a Buxton y Magee. Ha dejado de hablar y ha pedido un abogado. He venido a ofrecerle mis disculpas. Creo que tal vez tenía razón.
—Ya es un poco tarde para eso —soltó Callanach, sentando a Astrid de nuevo en la silla.