Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

King estaba cansado, y cuando estaba cansado sus modales se resentían. Era un defecto que le disgustaba, pero él siempre había sido su crítico más duro. Lo que no le gustaba era que los demás le señalaran sus defectos.

De vuelta a casa, sus piernas y brazos lo castigaron por el esfuerzo físico de aquella noche y, como consecuencia del exceso de adrenalina, estaba nervioso.

No obstante, había intentado ser amable con su nueva invitada, pero ella no había estado nada receptiva.

Aunque estaba tentado de recurrir a otra dosis de cloroformo, no podía ponerla en peligro con una acumulación excesiva de la sustancia.

Y sobre todo, no estaba dispuesto a arrastrar cuerpos arriba y abajo por las escaleras.

Inclinando la pesada mesa, permitió que Ava liberara las manos que tenía atadas a la pata para que se sentara.

—Listo —dijo—. Estarás aturdida por un tiempo y, al tener las manos y los pies atados, los sentirás entumecidos, pero luego se te pasará. Soy el doctor King.

— Nafchalina —murmuró ella, apenas capaz de hablar con la cara y los labios hinchados, y un ojo desfigurado. Tendría que ponerle hielo.

—Me temo que no entiendo lo que dices. Quizás sea mejor que te quedes callada y te limites a escucharme.

Me gustaría llevarte a un lugar donde puedas descansar bien.

Tendrás que caminar. No está lejos. Las puertas y ventanas están cerradas, así que no tiene sentido intentar escapar.

Te dejaré las manos atadas y te cortaré las bridas de los tobillos.

Tengo este cuchillo. —Lo cogió del sofá—.

Es un cuchillo de trinchar. Lo he afilado yo mismo y estoy bastante orgulloso del resultado.

Dado que el mundo llorará tu fallecimiento en un par de días, sería deseable no darles una prueba más elocuente de este antes de lo previsto.

—«Su cara le daría envidia a un limón», pensó.

Menuda arpía. Ni siquiera había mirado el cuchillo.

Había esperado cierta resistencia de una mujer policía, pero aquella hostilidad era deplorable.

King le apuntó con la hoja para impresionarla, dejando que la luz brillara en el filo y se reflejara en sus ojos—.

Mantendré el cuchillo en tu cuello mientras caminas.

No patalees ni intentes hacerme tropezar, huir o lanzarte sobre mí.

No dudaré en ensuciar la hoja. —Acercó el cuchillo a las bridas que tenía en los pies y demostró la verdad de sus afirmaciones.

Cortó el plástico duro como si fuera mantequilla.

Ava lo observaba, pero en sus ojos él percibió concentración en lugar de angustia.

Debía tener cuidado con ella. No era de extrañar que Natasha se llevara tan bien con la inspectora.

Eran dos gotas de agua en términos de astucia y picardía—.

Levántate —ordenó. Ava no dudó. Era lo bastante inteligente como para comprender qué batallas podía librar y cuáles estaban fuera de su alcance.

Cruzaron el salón, el pasillo y entraron en el armario que había bajo las escaleras.

Desde allí se veía la puerta del sótano.

Todas las casas de esa calle tenían sótanos.

Fingir que no estaba allí habría parecido sospechoso si alguien se hubiera acercado lo suficiente como para investigar.

Fue en esas mismas escaleras donde su hermana resbaló trágicamente y se rompió el cuello, a la edad de catorce años, desperdiciando su extraordinario genio y su potencial.

Él, que entonces tenía trece años, pensaba que se mudarían, porque sus padres no tolerarían vivir en un lugar tan lleno de recuerdos, pero al final lo habían convertido en un santuario para su querida Eleanor y ambos pasaron allí el resto de sus días.

La inspectora Turner caminaba obedientemente, pero su mirada se desviaba a izquierda y derecha.

«Bueno, a la izquierda seguro», pensó King, permitiéndose una sonrisa.

No podía mirar hacia la derecha por cómo tenía la cara—.

Sé lo que estás haciendo. Estudia la casa, hazte una idea del recorrido, averigua dónde están las entradas y las salidas.

No te servirá de nada. Las escaleras del sótano a la habitación de invitados llevan ahí muchos años.

Mi padre las utilizaba para escaparse a sus estancias privadas cuando mi madre estaba de mal humor.

Cuando los dos murieron construí la pared falsa, reconvirtiendo el espacio para utilizarlo a mi antojo.

Tardé casi un año entero en colocar el revestimiento de madera.

Al final del primer tramo, abrió la puerta cerrada y encendió la luz para iluminar las escaleras ocultas tras la pared.

Ava se volvió para mirarlo a los ojos. Era valiente.

Se notaba. No era una pose ni una mera bravuconada.

Quizá no tenía miedo de verdad. Quizá una parte de ella, ese sexto sentido que todo el mundo lleva en las entrañas como un parásito, siempre había sospechado que ese podría ser su destino.

—Sé quién eres. —A pesar de sus labios hinchados, escupió cada palabra alto y claro, sin dejarle ninguna duda—. Hueles a naftalina. Eres el asesino de Elaine Buxton y Jayne Magee.

—¿Eso es lo que te dijo el inspector Callanach cuando estaba investigando el caso sin ningún éxito?

—le preguntó King, tensándose por la mención al olor, pero más decidido que nunca a hacerla subir las escaleras—.

Los policías siempre estáis muy seguros de vosotros mismos, ¿verdad?

Ansiosos por etiquetar, empaquetar y resolver.

¿Quieres ir a hacerles compañía a la señorita Buxton y a la reverenda Magee?

—le preguntó, presionándole el cuchillo en el cuello hasta que vio que las venas empezaban a hincharse.

Por fin parecía asustada. Dio un paso atrás, luego otro y otro, siguiendo la órbita del cuchillo que él hacía girar de izquierda a derecha en un bucle sin fin frente a su cara, para obligarla a subir, cada vez más cerca de lo alto de la escalera secreta y más lejos de su antigua vida.

—No tienes que matarme —dijo ella, encontrando su voz cuando la puerta superior se acercó de forma aterradora.

—Ojalá eso fuera cierto —comentó él—; pero si no mueres, nunca serás verdaderamente mía.

Siempre habrá personas con esperanza en el corazón, personas que no dejarán de buscarte, policías que tirarán la toalla y dejarán el caso sin resolver, pero que siempre lo mantendrán vivo en su memoria.

Con la muerte, querida inspectora, llega el luto y con el luto podemos poner la palabra fin.

—Ava subió el último escalón y apoyó la espalda en la puerta.

Levantó las manos y ese gesto dijo mucho más de lo que las palabras hubieran podido expresar.

Se había rendido, había aceptado su destino, se había entregado a él.

King deseó poder detener el tiempo para estudiar la expresión de Ava al entrar en su mundo, para poder regocijarse eternamente en el conocimiento de la victoria—.

Ava, no tengas miedo. Estás a punto de conocer a tus nuevas amigas muertas.

King abrió la puerta. Al entrar, cogió a Ava de la mano, como si fuera una novia caminando hacia el altar, y vio cómo abría los ojos de par en par al reconocer a las mujeres que había en las camas.

—¿Qué coño está pasando? —murmuró.