Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 35
81%

Capítulo 35

Dormir había resultado una tarea imposible, así que Callanach se había levantado, se había vestido, había pasado por la comisaría en coche para recoger las llaves del depósito de pruebas y se había dirigido al piso de Ava.

Era consciente de que eran las cuatro de la mañana y de que era extraño ir allí solo a esas horas, y que iba más para regodearse en el dolor que para investigar, pero era el único lugar en el que quería estar.

Solo había estado allí una vez, pero la familiaridad que provenía de esa única visita le dio un poco de consuelo.

No era solo el lugar donde Ava vivía cuando no estaba en el trabajo, sino que también todo lo que había allí era su reencarnación.

Las tazas eran de un tamaño desproporcionado y tenían colores brillantes.

Las paredes estaban cubiertas de cuadros, grabados, postales, mapas y estanterías cargadas de DVD y música.

Era funcional, pero rebosaba vida a pesar de que Ava vivía allí sola.

Delante de la lavadora había un montón de ropa: camisetas, vaqueros con los calcetines asomando por debajo, dados la vuelta solo a medias, como si se hubiera desnudado allí directamente, para ahorrarse el trayecto desde el cesto.

Resistió el deseo de meter toda la ropa en la lavadora, de hacer un pequeño gesto trivial para facilitarle la vida a su regreso.

Eso, si era capaz de llevarla de vuelta…

Regresó mentalmente al día en que le habían enviado las rosas.

¿Qué había dicho él cuando ella se había negado a denunciar ese episodio?

«Te has cavado tu propia tumba». Ni más ni menos.

Solo el tiempo podía decir hasta qué punto había sido profético.

Emitiendo un rugido que ni siquiera había notado llegar, le dio un puñetazo a la pared con todas sus fuerzas; retiró la mano y la golpeó de nuevo, una y otra vez, hasta que sintió un chasquido en el meñique y un estallido de dolor le recorrió el brazo.

Había una abolladura y una mancha de sangre en el pladur.

Cogió un trapo e intentó limpiarlo con la lejía que encontró bajo el fregadero antes de saquear el botiquín de primeros auxilios para vendarse los dedos.

Tenía que irse. No le hacía ningún bien quedarse allí, sumergiéndose en recuerdos de ella.

Pero la tentación de entrar en su dormitorio y averiguar quién era Ava en sus momentos más íntimos era demasiado fuerte.

Se trataba un espacio más tranquilo y ordenado que el resto de la casa.

La cama estaba cubierta por un edredón con una sencilla funda nórdica blanca.

Unos pocos adornos decoraban las superficies, pero parecía que era allí donde iba para despejarse la mente y liberarse del caos del día.

Callanach se sentó en el borde de la cama, sintiéndose como un intruso, pero sabiendo que estaba lo más cerca de ella que podía estar en ese momento.

Abrió lentamente el cajón superior de su mesilla de noche.

Había algunas joyas, un cuaderno, una libreta y debajo, en el fondo, una tablilla de pizarra con una oración infantil.

Ahora que estoy a punto de dormir, ruego al Señor que guarde mi alma, y si muriera antes de despertar, ruego al Señor que me lleve consigo.

Pasó un dedo por la fina y lisa losa de piedra gris mientras la ironía de aquellas palabras se retorcía en sus entrañas como una liana helada. Si ella muriera… Ninguna oración podía protegerla. Sonó el despertador que había en la mesilla. Era hora de ir a trabajar.

Callanach se quedó mirando los datos y cifras inútiles de la página que tenía delante. Su cerebro funcionaba de forma insoportablemente lenta. En lugar de intentar leerlos por cuarta vez, cogió el teléfono para hablar con la policía de la Científica que había elaborado el informe.

—Vale, la carta con la amenaza de muerte no ha proporcionado ninguna pista. ¿Había algún detalle inusual que pueda ayudarnos? —preguntó.

—Ninguno, lo siento —respondió la chica.

—¿Hay algo que se le haya pasado por alto comprobar o que le gustaría volver a revisar?

—No. En el informe encontrará el gramaje del papel y la tinta utilizada. Son muy comunes. La mayoría de las empresas compran esos a granel porque están bien de precio. Nosotros también usamos los mismos.

Callanach dejó de hojear el informe.

—¿Se refiere al personal del laboratorio?

—No, me refiero al personal de las comisarías de todo Edimburgo —respondió.

Callanach colgó. Las flores y el champán habían sido entregados en la comisaría, pero eso no excluía que hubieran sido encargados por alguien de dentro.

Alguien que tenía acceso al mismo papel y a la misma tinta utilizados para escribir la amenaza de muerte.

Alguien que había desarrollado una loca obsesión por Ava, llegando incluso a manipular a Natasha para que la inspectora estuviera donde él quería.

Era hora de empezar por lo básico. Se trataba de algo que la Policía Científica nunca podría resolver.

Callanach se dirigió a la planta baja. Todos los agentes de policía habían sido llamados de vuelta a la comisaría.

Los permisos habían sido cancelados. Todo el mundo estaba de servicio, menos los enfermos o los que estaban de vacaciones en el extranjero.

Ni siquiera sabía exactamente qué estaba buscando.

Solo quería convencerse de que cuando encontrara al culpable su reacción lo traicionaría.

Empezó en la planta baja y fue subiendo poco a poco.

Recorrió todos los despachos y todos los pasillos de todos los pisos.

Habló con todos los que encontró, preguntándoles si habían tenido algún contacto con la inspectora Turner en las veinticuatro últimas horas.

Todos se tomaron en serio sus preguntas y nadie se mostró evasivo, porque todos sabían perfectamente lo que estaba en juego.

Pero Callanach no escuchaba las respuestas ni prestaba atención a las palabras.

Observaba los rostros, buscaba señales de evasión en los ojos, de excitación o de miedo.

Mantenía una actitud severa y profesional.

Dos horas después, estaba en el último piso y empezaba a dudar de la racionalidad de lo que estaba haciendo, porque era como buscar una aguja en un pajar.

Cuando llegó al departamento de Administración, se perdió.

Nunca había estado allí, en los pasillos más alejados; siempre le pedía a Tripp que se ocupara de los asuntos burocráticos.

Siguió interrogando a empleados de Recursos Humanos, luego a los de la Oficina de Prensa y al personal de apoyo. Una mujer cruzó el pasillo para entrar en un despacho llevando una pila de carpetas. La siguió.

—Soy el inspector Callanach —se presentó—. ¿Puedo hacerle un par de preguntas? ¿Ha tenido algún contacto con la inspectora Turner en las veinticuatro últimas horas?

La mujer negó con la cabeza.

—No. Yo solo me ocupo de la contabilidad de las divisiones de policías uniformados.

Mi colega es quien se ocupa de la suya y la de la inspectora Turner.

Puede encontrarla en el otro despacho. Me habría gustado ser de más ayuda —dijo; parecía disgustada de verdad.

Callanach le dio las gracias y entró en el despacho de enfrente.

Sentada ante el escritorio había una mujer, de espaldas, con los ojos fijos en la pantalla, tecleando rápidamente. Callanach esperó un segundo antes de llamar a la puerta abierta para anunciar su presencia.

—Perdone —dijo—. Sé que está ocupada, pero necesito hacerle un par de preguntas.

La mujer se dio la vuelta. En su cabello rubio había unas mechas con un tono diferente y llevaba un corte bob .

Estaba más delgada de lo que recordaba y llevaba gafas con montura negra.

Nunca la habría reconocido de espaldas o de perfil, ni se habría fijado en ella de frente si no la hubiera mirado a propósito.

Pero la sonrisa no había cambiado en absoluto.

La mujer con la que había hablado en el pasillo entró y se puso a su lado.

—Ahí la tiene. Supongo que aún no se han presentado. Inspector Callanach, esta es mi colega, Astrid Borde.