Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

La cara de Ava estaba hinchada y desfigurada. Era una pena. Había admirado su belleza en la conferencia.

—Si no me hubieras obligado a pegarte, habría sido todo mucho más fácil y no estarías sufriendo tanto —le había dicho King mientras la llevaba a rastras a la casa desde el garaje.

Ava se había desmayado, por lo que resultaba un poco extraño hablar con ella, pero al menos así no podía contestar.

Había tenido que golpearla para que se callara.

En cuanto había parado el coche, ella había empezado a patalear y a gritar de nuevo y, sin el ruido del motor, existía el riesgo de que algún transeúnte la oyera.

La había golpeado con los nudillos, asestándole un puñetazo en la sien con tanta fuerza que le vino a la mente el gato de nueve colas de un barco napoleónico.

Le gustó la comparación: lo había hecho sentirse como un capitán.

En el mar era necesaria una disciplina estricta para mantener el orden.

Había que mantener a raya a la tripulación para evitar rebeliones.

¿No era una analogía perfecta de su situación?

Por desgracia, al oír el crujido que hizo su puño en la cara de Ava, temió haberle roto la mandíbula. Ya le estaba saliendo un hematoma.

Cerró las cortinas del salón, comprobó los lazos y la ató a las patas de una vieja y enorme mesa de roble. Como último gesto de consideración, le puso una almohada bajo la cabeza.

—No querrás despertarte con tortícolis, ¿verdad?

—preguntó mientras cogía las llaves del coche por última vez.

Aún tenía que llevárselo de vuelta a la comadreja antes de poder relajarse—.

Aunque no puedes ir a ningún sitio —le susurró al oído a Ava—.

Y cuando vuelva, planificaremos la muerte de tu doble.

Puedes echarme una mano si quieres. Tú conoces los trucos del oficio mejor que yo.

El doctor King devolvió el vehículo alquilado, preguntándose si elegir a una policía había sido una decisión demasiado precipitada.

No temía que ella supusiera un verdadero desafío para él.

Su capacidad para anticiparse y prepararse para cualquier eventualidad era su arma suprema.

Pero sabía que ella no se dejaría intimidar tan fácilmente como Elaine y Jayne.

La batalla para quebrarla podría ser muy larga y requerir un mayor nivel de dedicación.

De hecho, existía el riesgo de que nunca se doblegara a su voluntad.

Era posible que su terquedad fuera más fuerte que su deseo de superarse.

En tal caso, King no tendría reparos en deshacerse de ella.

No quería perder a Ava, sabiendo que estaba harto de Elaine y Jayne.

Definitivamente necesitaba sangre fresca.

Pero si resultaba demasiado peligrosa, no tendría otra opción.

Consideró las distintas posibilidades. Sin un elemento de justicia natural, su muerte sería claramente un asesinato. Y él no era un asesino común.

Era terca, se concentró en eso. Terca como una mula.

¿Y qué hacían las mulas? Daban coces, sin dejarte más opción que devolverlas.

Imaginó el sonido de su pie golpeándole el abdomen, haciendo que se contrajera como un balón cuando se desinflaba.

Habría sido demasiado fácil romperle las costillas.

Pensó que se vería obligado a quitarse los zapatos.

Se haría daño en los pies, pero era un sacrificio apropiado y necesario.

No era correcto darle patadas con los zapatos.

Eso no estaba bien. Sí, dar patadas era ideal.

Pensándolo bien, le parecía más que probable que se mostrara implacablemente testaruda.

Y cuanto más pensaba en las consecuencias de ese comportamiento, más forma y color adquiría en su mente su cuerpo fracturado y magullado.

Se preguntó por un momento si no estaría creando una profecía autocumplida.

Pero era absurdo. Después de todo, él era una persona de mentalidad abierta.

Pasaron tres largas horas antes de que King regresara a casa. Tuvo que caminar kilómetros desde el concesionario de la comadreja. A esa hora no había autobuses. Y cuando llegó, la inspectora Ava Turner lo estaba esperando totalmente despierta.