Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Natasha despertó a Callanach para decirle que los policías de guardia volvían a turnarse.

—¡Son las siete y todo va bien! —exclamó, sonriendo—. Has dormido como un bebé.

—¿Estás bien? —preguntó Callanach, pero ella parecía fresca y descansada.

—Mis extremidades siguen unidas y no hay ninguna ventana rota, así que decreto el éxito de la operación, inspector.

Siéntete libre de usar el baño mientras yo preparo unas tostadas francesas.

Es la especialidad de la casa. —Callanach estaba a punto de decirle que no se molestara, pero su estómago pensaba lo contrario.

Veinte minutos más tarde, se había cambiado y había recuperado su asiento de la noche anterior.

—Le he mandado un mensaje a Ava para decirle que estoy bien. Aún no me ha contestado. Probablemente esté de mal humor porque ayer insististe en que no podía venir.

—Lo hice por su propio bien —reiteró Callanach, sirviéndose una tostada—. Más vale que el jefe pueda dejar atrás la queja contra ella lo antes posible. ¿Qué planes tienes para hoy? Aún estamos investigando la lista de personal, así que quizá no deberías ir a la universidad por ahora.

—Por mucho que me guste quedarme en casa tranquilamente, tengo trabajo que hacer. Estoy cansada de tener miedo. Tendré cuidado, no haré nada precipitado, pero debo volver a mi despacho. El trabajo se acumula. Puedes llamarme cada diez minutos si crees que puede servir de ayuda.

—Lo haré —respondió Callanach—. Si te pasara algo, Ava nunca me lo perdonaría. No puedo perder su amistad, es la única que he podido conseguir desde que bajé del avión.

—Creo que Ava te perdonaría casi cualquier cosa —comentó Natasha—. Vale, quizá eso no, pero todo lo demás sí. ¿Te gustaría hablar de cómo terminó nuestra conversación anoche?

—Tengo que irme —respondió Callanach, poniéndose la cazadora—. Haz lo que te diga nuestro agente y no hables con extraños. —Metió el plato y la taza en el lavavajillas y cogió el teléfono—. Estoy contento de que todo haya ido bien esta noche.

—¡Luc! —gritó Natasha mientras salía corriendo por la puerta trasera. Él se dio la vuelta—. Ava no es la única amiga que has hecho desde que llegaste. Tienes al menos dos.

El cielo estaba azul y no llovía. Incluso el viento se había tomado el día libre.

No podía decir que fuera un buen día, pero al menos no hacía mucho frío.

Su coche estaba aparcado delante del de Natasha.

Encendió la radio antes de ponerse el cinturón de seguridad, estirándolo para hacer sitio a toda la comida que había ingerido en las doce últimas horas.

Al salir, echó un último vistazo al exterior de la casa, recorriendo toda la calle.

Fue entonces cuando vio el Mercedes plateado aparcado bajo un árbol al final de la calle.

—No podías mantenerte alejada, ¿verdad? —murmuró a través de la ventanilla abierta; redujo la velocidad, esperando ver a Ava saludándolo.

No tendría más remedio que ordenarle que volviera a casa inmediatamente.

La luz del día no habría hecho su presencia allí más aceptable para el comisario Begbie.

Callanach estaba junto a su coche cuando se dio cuenta de que no había nadie dentro. Aparcó y salió.

El seguro estaba puesto y la puerta del lado del conductor solo estaba entornada.

Convencido de que no la había visto pasar mientras él subía al coche, la llamó al móvil.

Tras un momento de silencio, oyó un timbre.

Con creciente inquietud, se dio cuenta de que procedía del asiento del Mercedes.

Alcanzó el teléfono, pero instintivamente se detuvo y decidió llamar a Natasha mientras se alejaba.

—Natasha, sé que esto va a sonar raro, pero ¿está Ava ahí contigo? —preguntó en el tono más desenfadado posible.

—No, ya lo sabes, acabas de irte —respondió ella.

Hizo una pausa—. ¿Por qué? —Callanach era incapaz de responder.

En su cabeza empezó a atar cabos y no le gustó lo que vio—.

¿Luc? Di algo. —Ella soltó el teléfono y Luc escuchó cómo golpeaba algo, probablemente la encimera de la cocina.

Unos segundos después, Natasha subió corriendo por el camino de entrada y se detuvo para buscarlo a derecha e izquierda.

Cuando lo vio, se quedó inmóvil, luego vio el coche de Ava y echó a correr.

Eran solo unos metros y correr no servía de nada, pero ella se precipitó hacia él como si fuera a salvar a un niño que estaba a punto de caer por un precipicio—.

¡¿Dónde está?! —gritó—. ¿Qué ha pasado? Dime qué ha pasado.

—No lo sé —reconoció Callanach, agarrándola antes de que pudiera entrar en el coche—.

No puedes tocar nada, Natasha, por favor.

—El policía estaba detrás de ella y jadeaba, confundido—.

Llame a la comisaría —le ordenó Callanach—.

Intente localizar a la inspectora Turner.

Explíquele que su teléfono y su coche están aquí.

Quiero agentes en su casa de inmediato. Póngase en contacto con su familia y pregúnteles si han tenido noticias suyas en las doce últimas horas.

Natasha cayó de rodillas.

—Ha desaparecido —sollozó—. Dios mío, estábamos comiendo y bebiendo tranquilamente mientras la secuestraban.

—Eso no lo sabemos —la contradijo él—. Ava podría estar en cualquier parte. Podría estar en lo alto de un árbol de tu jardín.

—No —dijo Natasha llorando—. Eso no es posible. Sus llaves están en el salpicadero, Luc, y su bolso, en el asiento trasero.

Callanach miró por la ventanilla. Natasha tenía razón.

Le habría gustado creer que había una explicación mejor, más racional. Quería decirle dónde podría haber ido Ava. Pero, al fin y al cabo, sabía que la mejor explicación siempre era la más probable. La mujer a la que minutos antes había descrito como su única amiga en Escocia había sido secuestrada.

Oyeron sirenas de policía que llegaban de todas partes.

La Policía Científica acudió acompañada del comisario.

Surgida de la nada, una furgoneta de la prensa los siguió antes de que pudieran cortar la calle y los agentes formaron inmediatamente un cordón alrededor del coche para impedir la vista a las cámaras, aunque no había nada trágico que ver ahí dentro: la verdadera tragedia era lo que faltaba.

Callanach le pidió a Natasha que entrara, pero ella se negó, terca, enloquecida por el dolor y el pánico. Instintivamente, sin dudarlo, le pasó el brazo por los hombros y la estrechó mientras ella intentaba contener las lágrimas.

—¿Qué estuvo haciendo anoche la inspectora Turner? —preguntó el comisario.

—No lo sé —respondió Callanach con calma—. Que yo sepa, estaba en casa. Debió de ocultar sus movimientos debido a la suspensión.

La crítica implícita era un golpe bajo y él lo sabía, pero no pudo evitarlo. Su comentario no le pasó desapercibido para el comisario Begbie.

—No le eche la culpa a la suspensión, inspector. Turner sabe que no debe ponerse en una situación peligrosa.

—Es culpa mía —se quejó Natasha—. Estaba aquí para protegerme.

—No es culpa tuya —protestó Callanach—. Ninguno de nosotros podría haber hecho nada para evitarlo. Quienquiera que sea el responsable nos ha engañado.

—¿Dónde está su equipo? —preguntó el comisario.

—En la universidad, hablando con el resto del personal del departamento —respondió Callanach.

—Llámelos y dígales que vayan a la sala de operaciones.

Si esto solo era una trampa para la inspectora Turner, entonces la universidad no era más que un medio para lograr un fin.

Llévese a todos los agentes uniformados y a los detectives de cualquier otra investigación que sean prescindibles.

Compruebe quién podría querer vengarse por el caso de los recién nacidos y reevalúe la amenaza de muerte.

Y dígales a esos malditos periodistas que desaparezcan.

Si veo la cara de Ava en las noticias, rodarán cabezas.

—Callanach se dio cuenta de que el comisario estaba consternado.

Ava llevaba varios años bajo su mando. Él había sido el responsable de su ascenso.

La inspectora era una persona a la que era difícil no cogerle cariño.

—Vamos, Natasha, necesito que vuelvas a casa —susurró, acompañándola. Oyó un grito detrás de él.

En el Mercedes, un técnico forense le hacía señas, gritando que necesitaba una bolsa de pruebas. Callanach dejó a Natasha y regresó.

—¿Qué es? —preguntó.

—Una zapatilla de deporte, atascada debajo del asiento. Solo hay una. Puede que lleve ahí algún tiempo, a lo mejor se le cayó de la bolsa del gimnasio.

—Al final del entrenamiento, seguramente se desataría las zapatillas para quitárselas y es difícil que uno se le cayera de la bolsa y terminara debajo del asiento.

Si estuvo aquí anoche para una operación de vigilancia, seguro que llevaba calzado cómodo, como este.

Me parece más probable que se le resbalara del pie mientras estaba…

—Miró calle abajo, hacia Natasha, y se le pasaron las ganas de terminar la frase.

Incluso con la tensión y el pánico del secuestro, Ava habría sabido qué hacer.

Se había quitado el zapato para demostrar sin lugar a dudas, una vez encontrado el coche, que se la habían llevado por la fuerza.

Era típico de ella planificar incluso en medio del caos—.

No se lo digan a la profesora Forge —les pidió a los agentes que había a su alrededor—. Ya está bastante desesperada.

Regresó junto a Natasha y la acompañó hasta la casa, explicándole en voz baja los detalles urgentes pero insignificantes sobre los procedimientos y las prioridades.

—Luchará. Nunca he conocido a nadie que pudiera con ella.

—Aún no sabemos lo que ha pasado —respondió Callanach—. Quizá se golpeó la cabeza y ahora vaga aturdida, o siguió un rastro a pie y no tuvo tiempo de coger su bolso. Todo es posible. El pánico no sirve de nada.

—No me trates con condescendencia —replicó ella con calma—. Lo he entendido. Es mejor hablar de hechos y no de hipótesis.

—Así es —confirmó él—. Ava te habría dicho lo mismo.