Capítulo 32 #2
—Inspectora Turner —dijo jadeando—. Menos mal que está aquí.
—Ava Turner había aparcado en la parte menos iluminada de la calle, bajo un árbol, en un punto que no era visible ni desde la casa de Natasha ni desde donde patrullaban los policías.
King esbozó su sonrisa más inofensiva. No soltó la menor amenaza.
Al mundo le parecía un hombre cercano a la jubilación, que no esperaba del futuro nada más que chaquetas de punto y comida fácil de digerir.
Ella se sobresaltó. Si King no lo hubiera estado esperando, no habría reparado en ello, ya que Ava lo había disimulado muy bien.
Dio un paso atrás para permitirle bajar la ventanilla sin ansiedad.
La inspectora Turner, segura de que podía cuidar de sí misma, y, sin embargo, dispuesta a dejarse engañar por un hombre con una camisa pulcramente planchada y una corbata pasada de moda, bajó el cristal unos centímetros—.
Iba a casa de Natasha —explicó King—. Me ha llamado al móvil.
La he reconocido por la conferencia de la universidad…
—La inspectora ya estaba abriendo la puerta.
Su expresión era confusa, difícil de interpretar en la oscuridad, pero él vio que la vacilante incertidumbre era sustituida por la preocupación por su amiga y eso la volvía imprudente.
Apenas ella entornó la puerta, él la abrió de par en par, metió el brazo rápidamente y le cubrió la boca con el pañuelo.
Le apretó el cuello con el brazo izquierdo, de modo que el instinto la llevó a jadear en busca de aire.
Se vio obligada a tragar una nube de cloroformo mientras luchaba.
Forcejeó durante más tiempo que las demás, ya que tenía mejores habilidades para reaccionar ante un ataque, y en lugar de llevarse las manos al cuello, le agarró la cara, giró la cabeza a izquierda y derecha para sacudirse las drogas y perdió la batalla.
Pateó mucho. King oía el ruido sordo bajo el asiento, como si tuviera las piernas atrapadas.
Tardó más de lo que él esperaba, pero finalmente llegó el momento de debilidad en que ella se desplomó en sus brazos, aunque no estaba completamente inconsciente, como las demás.
Necesitaba que pudiera andar, pero no que pronunciara frases coherentes.
Era tan obediente como una adolescente borracha.
Levantó el cuerpo de Ava, le pasó el brazo por los hombros y la guio por el corto trayecto hasta su coche.
Repasó su discurso por si pasaba algún transeúnte.
—Ha bebido demasiado; las tentaciones de Edimburgo un viernes por la noche —habría dicho, con una expresión de tolerancia.
Pero no fue necesario. Su coche sería imposible de rastrear, como las otras veces.
Incluso se había teñido el cabello de un gris plateado y se había puesto un par de gafas usadas compradas en una tienda de beneficencia.
No podía prescindir de los guantes, pero estaban en Escocia.
¿Cuándo no soplaba el viento? King reclinó el cuerpo de Ava sobre el asiento trasero, sonrió y sacudió la cabeza como un tío impaciente pero cariñoso que lidia con una sobrina rebelde, la tapó con la manta y subió a la parte delantera.
Luego le cerró las bridas alrededor de las muñecas y los tobillos, le puso la mordaza y le cubrió la cara con la manta. Ava Turner era suya.
Natasha estaba a punto de perder a alguien a quien quería y eso lo hacía sentir bien, tan bien que la cabeza le daba vueltas. Era extraordinariamente satisfactorio pensar en todo el dolor que experimentaría. Y ella aún no lo sabía.
Retrocedió, dio la vuelta en silencio y regresó por donde había llegado.
No tenía sentido pasar por delante de la casa de Natasha.
Existía el riesgo de que el inspector Callanach o alguno de sus subordinados siguiera despierto haciendo guardia.
King lo había apostado todo a que Ava sería incapaz de mantenerse alejada, a pesar de la investigación disciplinaria que la prensa había anunciado con una satisfacción siniestra.
¿Cómo podía alejarse de la casa de su mejor amiga cuando la amenaza era tan creíble e inminente?
Había clavado el cuchillo en la herida para acelerar su suspensión con su carta al Herald , en la que se quejaba de sus críticas directas a la Iglesia católica, con nombre falso, por supuesto.
No habría funcionado si no hubiera podido entrar en casa de Natasha y dejar sus ridículas huellas.
Siempre era descuidada con sus llaves en el trabajo, a menudo las dejaba en la cerradura.
Hacer una copia había sido un juego de niños.
Había una ferretería que duplicaba llaves a tiro de piedra del departamento.
King condujo con cuidado para evitar infringir las normas de tráfico y ser detenido, manteniendo el sombrero firmemente ajustado sobre la frente para ocultarse de las cámaras.
Podía oír ronquidos a su espalda, como si estuvieran en una excursión dominical.
Eso le permitió imaginar un escenario alternativo con ella.
Quizá si Natasha no se la hubiera llevado cuando él estaba a punto de aparecer, las cosas habrían acabado de otra manera.
Ava habría extendido la mano para estrechar la suya y le habría dedicado una tierna sonrisa.
Cuando sonreía, se le formaba un hoyuelo en un lado de la boca.
Se había dado cuenta cuando ella había saludado al público al comienzo de la conferencia.
Quizá se le iluminara la cara cuando empezara a hablar con ella.
—Soy el doctor King —se habría presentado—, pero puedes llamarme Reginald.
Trabajo en el Departamento de Filosofía.
Permíteme que te acompañe al bar, para que no te acose la plebe.
—Él habría movido la cabeza en dirección a la multitud de estudiantes y habrían intercambiado una sonrisa de complicidad.
—Muchas gracias —habría respondido ella—. Ha sido un día muy intenso. —Él la habría escoltado fuera de la multitud en dirección al bar, rozándole las nalgas con la mano. Ella se habría dado cuenta, pero no se habría opuesto. Se habrían mirado de reojo; ella, tímida, y él, seguro de sí mismo.
—¿Así que eres una vieja amiga de Natasha? —le habría preguntado con voz seductora mientras le ofrecía una copa de champán, con las cabezas inclinadas una hacia la otra, para poder hablar sin ser escuchados por los demás.
—Más bien una conocida, en realidad. Ya sabes cómo es esto, la gente se va distanciando con el paso del tiempo —habría dicho Ava, enarcando una ceja para evitar que él la malinterpretara.
—Entiendo —habría respondido él en tono comprensivo—. Sí, a veces es un poco… —No habría terminado la frase, dejando que ella captara la insinuación.
—Así es —habría asentido ella, riéndose del chiste que solo ellos podían entender.
Fue entonces cuando empezó el ruido.
King giró bruscamente la cabeza. Estaban detenidos en el semáforo junto a una masa de cuerpos que salían de un club nocturno, con los gorilas vigilando a la multitud. Ava gritó dentro de la mordaza, pateó la puerta con ambos pies y se sacudió salvajemente bajo la manta.
—Cállate, zorra estúpida —masculló King entre dientes.
Aceleró el motor para ahogar los ruidos, esperando que el semáforo en verde lo salvara.
Estaba tardando demasiado. Jugueteó furiosamente con la radio, una pesadilla de botones y mandos en un salpicadero desconocido.
Finalmente, la música llenó el habitáculo, y no quedaba mal con el ritmo de los pies que golpeaban la puerta.
Los chicos que pasaban por allí se asomaron para ver qué pasaba, pero enseguida apartaron la mirada, llenos de desprecio.
Era demasiado viejo y anticuado y estaba fuera de lugar.
La música alta y el motor revolucionado pertenecían a los jóvenes, a su arrogancia y a su escepticismo sobre que el paso del tiempo pudiera afectarles.
El semáforo por fin lo liberó de sus burlas—.
Uf, ha faltado poco. ¿Por qué no se está quieta?
—siseó—. La dosis de cloroformo era incorrecta, tal vez no había respirado tan profundamente como pensaba.
Quizás la muy zorra estaba fingiendo—. ¡¿Estabas fingiendo?
! —gritó—. ¿Tan mentirosa eres? —Un chillido en la parte de atrás fue respuesta suficiente de que estaba consciente y lúcida—.
Tienes que portarte bien, Ava —dijo con voz ronca, logrando controlarse gracias a algunas respiraciones profundas y al conocimiento de su gran plan—.
Si te portas bien, serás recompensada. Estás haciendo esto por Natasha, para enseñarle humildad.
Necesita perder a alguien para ser más humana.
Te llevo a un lugar seguro. No estarás sola.
Tengo unas amigas para ti. El doctor King ha pensado en todo.