Capítulo 32
King estaba tumbado en el asiento del todoterreno que había alquilado para esa noche.
La comadreja le había cobrado el doble por el pedido de última hora, pero aquel vehículo merecía el dinero gastado.
Los cristales traseros estaban tintados, los asientos se podían abatir por completo y la matrícula correspondía a la marca y el modelo de un coche similar que había sido desguazado hacía mucho tiempo.
Para esa adquisición había desarrollado un ritual que no había seguido con Elaine y Jayne.
Se había pasado todo el día cocinando, preparando una comida con la más mínima atención al detalle.
Pasta con salmón ahumado al pimentón y col china.
Había elegido la pasta para obtener la energía de liberación lenta que necesitaba para superar la tarde y la noche.
El reloj de la cocina avanzaba implacable mientras él sazonaba el pescado y ponía la mesa.
El reloj le aseguraba que el tiempo era un absoluto, que la sensación de incertidumbre que crecía a medida que pasaban los minutos era una ilusión.
La rutina estabilizaba el mundo que había a su alrededor.
Su coche, el que utilizaba para ir al trabajo y al supermercado, estaba aparcado delante de su casa.
El otro vehículo, con el que solo haría cuatro viajes, estaba en el garaje.
Había cogido el autobús para encontrarse con la comadreja.
El transporte público era anónimo. No le gustaba la inevitable cercanía con personas que miraban fijamente, tosían, estornudaban y escuchaban música con auriculares; los sonidos discordantes lo irritaban, pero era una molestia necesaria.
Siempre se bajaba dos paradas antes. Era tan cuidadoso que cada vez que paraba en una panadería cercana compraba cruasanes frescos para tener una excusa para el viaje.
Planificación, detalles. Todo estaba en los detalles.
Tras la comida, seguida de un té verde en una taza de porcelana, se había duchado.
Había dejado salir el agua más caliente de lo que le gustaba, enjabonándose y frotándose la piel para minimizar la transferencia de pruebas materiales a la escena del crimen.
Los pocos pelos que le quedaban se los había peinado obsesivamente durante diez minutos antes de salir para evitar que quedara alguno suelto que pudiera caerse.
La alopecia androgenética era un rasgo que había heredado de su padre, una broma de muy mal gusto.
Sus padres habían expresado regularmente su decepción porque hubiera heredado tan poco de su padre.
Al menos tenían eso en común. King siempre llevaba un sombrero cuando salía a coger a una mujer, pero aun así se peinaba, porque era mejor prevenir que lamentar.
En esa ocasión, había esperado con ansias el martilleo del agua hirviendo sobre la piel.
Sabía que sacaría la sangre a la superficie, lo vigorizaría, le infundiría un cóctel de relajación y disposición.
Imaginó la cara de Natasha llorando. Mirando bajo el chorro de la ducha, vio cómo las lágrimas caían por su cara y su cuerpo.
Se pasó una mano por el prominente vientre y sintió la suavidad de la piel.
Ansiaba oírla llorar. Y sin duda lloraría antes de que acabara la noche.
Lloraría, gritaría, lo insultaría y le suplicaría.
Se puso la ropa previamente inspeccionada que colgaba en su armario, que ya había sido limpiada con un rodillo adhesivo para eliminar las fibras sueltas.
Finalmente se abrillantó los zapatos. Era su toque final.
Significaba que estaba listo, que todo era perfecto.
Si sus zapatos brillaban, la preparación estaba completa.
Había dejado comida para las otras mujeres y había preparado una cama improvisada a la espera de poder reducir el número de sus invitadas a dos.
Tal vez pasaría otra semana, pero tenía claro que era necesario.
Elaine no había aprendido nada, no aportaba nada y ya no hablaba, y en cuanto a Jayne, se pasaba todo el tiempo rezando.
La noche anterior le había lavado la boca con jabón.
Había vomitado, escupido y después había reanudado sus oraciones.
Cuando la había abofeteado, la dentadura postiza que le había puesto la semana anterior había salido volando.
Había esperado su reacción, pero ella se había puesto a rezar de nuevo y eso lo había obligado a marcharse.
Quería estrangularla, exprimir la compasión de su cuerpo con sus propias manos, pero aún no estaba preparado para eso.
Si decidía sacrificarla, la tarea debía realizarse en una ceremonia apropiada.
Aquella noche iba a correr muchos riesgos.
Intentó convencerse de que había puesto los cimientos con suficiente destreza y de que todo iba a salir según lo previsto.
Sabía dónde encontrar a Natasha y conocía las precauciones que se habían tomado para protegerla.
También tenía una vía de escape, en caso de ser necesario.
La calle no tenía cámaras de vigilancia y después de medianoche estaría más silenciosa que un cementerio.
—Está a punto de llegar una compañera nueva —les había dicho a Elaine y a Jayne.
Al menos así había acallado la letanía de la reverenda—.
Intentad que se sienta cómoda y no la asustéis con historias desagradables.
La encontraréis muy interesante. Ayudadla a instalarse aquí para que podamos comenzar la siguiente fase de nuestro viaje de crecimiento mutuo.
—Había electricidad en el aire. La percibía.
Ese había sido su verdadero objetivo desde el principio.
Era como si hubiera mantenido una parte de sí mismo en la oscuridad, perfeccionando su técnica con las dos primeras.
Pensó que resultaba extraño cómo el cerebro humano elegía su momento para revelar su verdadero propósito.
El teléfono vibró en su bolsillo. Era hora de irse.
El doctor King condujo hasta el cruce de la calle de Natasha, se detuvo y comprobó la hora en su reloj.
Era la una de la madrugada, no llovía y las dos farolas proyectaban un resplandor anaranjado que no hacía mella en la oscuridad.
El coche estaba justo donde había previsto.
Empezó a felicitarse por su buena suerte, pero se detuvo.
No existían la suerte ni el azar. Lo había preparado y lo había planeado todo.
Esa providencia había sido obra suya. Era una prueba de su habilidad.
Permaneció vigilante en la oscuridad. Estaba tranquilo, como siempre, a pesar de la tensión de aquella noche, a pesar del peligro.
El corazón le martilleaba en el pecho. El éxtasis subió como una ballena a la superficie, abrumándolo con una fuerza sorprendente.
Su reacción inicial fue aplacarla, pero ¿por qué iba a hacerlo?
¿No formaba también eso parte de la experiencia, que ya de por sí era una recompensa?
Esperó, se relajó, dejó que su equilibrio se asentara, sin prisa.
Finalmente, se preparó para recoger su premio.
Sacó el frasco de cloroformo de la bolsa, utilizó un cuentagotas para tomar con precisión la cantidad necesaria y la vertió sobre un pañuelo blanco limpio.
Buscó la calle con la mirada. Conocía la distancia exacta desde donde había aparcado hasta la casa de Natasha, la había recorrido tantas veces que podía decir el número de pasos.
Bajó el asiento trasero, sabiendo que estaría demasiado ocupado para hacerlo después, y comprobó que tenía a mano la manta de pícnic, la mordaza y las bridas, y luego salió del coche sin hacer ruido.
Dio unos pasos y llamó a la ventanilla de un coche.