Capítulo 31 #3
—Ese es el problema de los violadores —dijo Callanach—.
Pueden ser personas encantadoras, sociables, bien integradas, aburridas, calladas o tímidas.
No existe un tipo. Astrid dijo que yo quería acostarme con ella, pero como era nuestra primera cita, ella se había negado.
Afirmó que yo estaba furioso en ese momento y declaró: «Me dijo que ninguna mujer lo había rechazado nunca, que siempre conseguía lo que quería, que debería sentirme halagada de que quisiera acostarse conmigo», e imagino que hubo bastante gente contenta de creerla.
Jean-Paul y mis otros amigos me abandonaron, y no los culpo por ello.
La culpabilidad por asociación es real. Solo mi jefe de la Interpol me defendió.
Hasta mi madre… —Callanach seguía sin poder hablar de aquel devastador golpe final.
Optó por el resumen más impersonal y discreto que pudo hacer—.
Fue una época muy solitaria. Cuando Astrid por fin cambió de opinión y renunció a testificar contra mí, ya era demasiado tarde para deshacer el daño.
Me persiguió durante un tiempo. Obtuve una orden de alejamiento para impedirle que se pusiera en contacto conmigo.
Ni siquiera compareció ante el juez. Supongo que pensaba que era parte del juego.
Mis superiores en la Interpol nunca emitieron un juicio apresurado sobre el resultado del proceso, y creo que se alegraron sinceramente cuando fui absuelto, pero hay un límite a la hora de reparar una carrera después de una acusación grave.
Eso contribuyó a allanar el camino para mi traslado a la Policía de Escocia.
De este modo evitaron los desacuerdos que habrían surgido si hubieran intentado reintegrarme en mi departamento de la Interpol.
Abandonar Francia parecía mi única oportunidad.
Pero no puedes irte sin más. Es como si te quedara una mancha y todo el mundo pudiera verla.
—Ava dijo que cuando se lo contaste supo inmediatamente que no eras capaz de semejante atrocidad.
—Ava es mejor que la mayoría de la gente —comentó Callanach.
—Es la persona más perspicaz que conozco —explicó Natasha—. Y al estar tanto tiempo cerca de ella, me he vuelto un poco así también, tanto que ahora veo claramente que te importa.
—Siento un enorme respeto por ella. Es una persona con principios, que no le tiene miedo a nada ni le interesan los ascensos. No hay muchos policías así por aquí.
—No es solo eso, pero puedes fingir que se trata solo de trabajo, si lo prefieres. No dejes que lo que pasó eche a perder la posibilidad de tener una relación.
—Natasha, mi relación con Ava es puramente profesional. Y sabes que se pondría furiosa si te oyera hablar así.
—Dime que me equivoco —lo retó ella.
—Debe de haber mil hombres que estarían encantados de perder una parte del cuerpo para salir con Ava. Se merece a alguien mejor que yo —protestó Callanach.
—Sin duda merece algo mejor que alguien que arrastra esa enorme cantidad de autocompasión. Puede que hayas pasado por un momento difícil, pero tarde o temprano tendrás que superarlo. —Natasha lo miró directamente a los ojos, indiferente a su expresión ofendida.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando. Que ya no tenga que enfrentarme a un juicio no significa que… —Su voz se apagó.
—¿No significa qué? —preguntó ella con amabilidad. Callanach suspiró pesadamente, a punto de perder la paciencia—. ¿Luc? Hay muy pocas cosas en la vida que no puedan arreglarse.
—No puedo, ¡¿vale?! —gritó—. No importa cuántas semanas ni cuántos meses pasen ni si me centro en otra cosa, no consigo arreglarme, maldita sea.
Se oyeron tres fuertes golpes en la puerta de la cocina. Natasha dio un brinco y soltó un chillido, dejando caer la cafetera de cristal, que se estrelló contra las baldosas. Callanach se puso en pie de un salto y el policía entró corriendo en la cocina.
—No pasa nada, señor, solo es mi sustituto.
Ha terminado mi turno. Acordamos que entraría por la puerta de atrás.
—Llamó por radio al hombre que estaba fuera, que le confirmó su rango, su nombre y que era él quien había llamado a la puerta.
Callanach lo dejó entrar mientras Natasha limpiaba los trozos de cristal.
—Será mejor que vayas a descansar un poco —le sugirió a Natasha después de que el nuevo agente se hubiera instalado.
—Estábamos hablando —replicó ella.
—Habíamos terminado de hablar y yo había empezado a gritar, y no es así como quiero terminar la noche. Necesito estar lúcido. Me voy a quedar aquí un rato —informó—. Llame si me necesitas.
—Luc, no quería enfadarte. —Natasha levantó los brazos pidiéndole un abrazo conciliador. Callanach se apartó.
—No estoy enfadado —respondió, fingiendo estar ocupado comprobando los ajustes de su teléfono—. Ha sido culpa mía. Dejémoslo ahí, ¿vale? Que duermas bien.
Se dieron las buenas noches en un susurro y Callanach se acomodó en el sofá.
Pensó en lo que Natasha había dicho sobre Ava, después trató de no pensar en ello y luego volvió a hacerlo.
Aunque hubiera podido volver a empezar una relación, Ava era inaccesible.
Ahuyentó el pensamiento encogiéndose de hombros y volvió a comprobar puertas y ventanas, aunque sabía que no era necesario.
Todo estaba en silencio. El sofá era demasiado cómodo para resistirse a él y, finalmente, el sueño lo venció.