Capítulo 31 #2
—Ava me habló de la chica que te acusó de violarla.
—Callanach tomó aire, intentando comprender cómo se sentía por el hecho de que hubieran hablado de su vida privada.
Se sorprendió cuando descubrió que no estaba molesto, sino que lo invadía una sensación de pertenencia y aceptación.
Fuera cual fuese la razón que había tenido Ava para contarle la historia, desde luego no había sido con mala intención—.
Sé que no eres culpable —continuó Natasha—.
No entiendo cómo pudo ocurrir. La policía necesita pruebas para acusar a un hombre de agresión sexual, ¿no?
—Encendió el hervidor y cogió una cafetera de émbolo.
Callanach esperó a que le preguntara si le importaba hablar de ello, pero no lo hizo.
Su franqueza era parte de su forma de ser.
Si lo hubiera hecho cualquier otra persona, le habría parecido una intromisión.
Pero ella mostraba un interés genuino. Callanach comprendió por qué le gustaba tanto a Ava.
Natasha Forge solo obedecía sus propias reglas, y eso, sin duda, había atraído la atención del acosador—. ¿Leche o azúcar? —le preguntó.
—Nada, gracias. ¿Te contó Ava lo de mi noche con Astrid?
—Sí —respondió ella—, pero no lo que ocurrió después de tu detención. —Le dio una taza y se sentó frente a él a la mesa de la cocina.
—Había suficientes pruebas para incriminarme.
Al parecer, había acudido al médico a la mañana siguiente de nuestra cena, aunque había dejado pasar unos días antes de denunciarlo a la policía.
Creo que estaba esperando por si la llamaba.
Al no recibir mi llamada, presentó la denuncia, puesto que ya había sentado las bases de la acusación.
La había empujado delante de la puerta mientras intentaba escapar.
Se había caído y se había hecho daño, y el informe médico mencionaba hematomas en el trasero.
Astrid le dijo al médico que se las había hecho yo cuando la obligué a tirarse al suelo y me subí encima de ella.
Callanach frunció el ceño. No era algo fácil de recordar.
El recuerdo de cómo se había sentido cuando le presentaron las pruebas era aún peor que el momento de su detención.
Al principio, había pensado que podría salirse indemne explicando sin rodeos cómo había ocurrido todo.
La realidad era otra. El fiscal había investigado sin intervención alguna de la Interpol para dar la impresión de que la denuncia se había tramitado con absoluta independencia e imparcialidad.
A su regreso de Jamaica, lo esperaban con un informe médico, análisis forenses, fotografías y testimonios, y se los habían mostrado uno tras otro.
Había empezado a verlo todo borroso, había sentido ganas de vomitar y le costaba hablar.
Sabía que había dado la impresión de ser culpable, pero no había sido capaz de decir nada para defenderse.
En ese momento, cuando se había dado cuenta de que no había sido simplemente acusado de un delito, sino que también le habían tendido una trampa con una destreza y una determinación que lo dejaban completamente a merced del juez, había experimentado la peor sensación de su vida.
La muerte de su padre había sido devastadora, pero el amor de su familia lo había protegido.
Cuando lo habían detenido por conducir ebrio, había pensado que su vida estaba arruinada, pero en el fondo sabía que tenía el poder para cambiar las cosas.
¿Pero una acusación de violación? Nadie podía protegerlo de eso.
Nadie podía sacarlo del apuro. Se había encontrado impotente y su única opción había sido una negación rotunda de los cargos.
La línea de defensa que argumentaba había sido objeto de la obsesión de una mujer le parecía una gilipollez tan grande que había tenido miedo de utilizarla.
Durante el primer interrogatorio no había respondido a ninguna pregunta.
Más tarde se había dado cuenta de que estaba en estado de shock y había tratado de procesar el naufragio de su vida.
Cuando habían vuelto a interrogarlo, había temido dar la impresión de que se había inventado una historia para explicar las pruebas.
Se había quedado paralizado y eso había sellado su destino.
—Por supuesto, los moretones de su trasero no eran una prueba suficiente. Podía habérselos hecho de muchas maneras distintas —dijo Natasha interrumpiendo sus pensamientos.
—Había algo más. Se había roto una uña rascándome el cuello y le pidió al médico que la fotografiara y se la quedara.
Mi sangre estaba debajo. Astrid alegó que se había hecho daño al arañarme para intentar defenderse.
Su vecino me había visto mientras me limpiaba la sangre y la insultaba al salir, y la había visto desnuda y llorando.
—Joder —susurró Natasha.
—Sí, joder —se hizo eco Callanach—. Y yo le había mentido a mi amigo Jean-Paul diciéndole que me había hecho un rasguño en el gimnasio. Había intentado ser un caballero y mantener la boca cerrada, pero eso resultó ser una mala idea.
—¿Había más pruebas íntimas? —preguntó Natasha en voz baja—. Las que tú has enumerado son suficientes para un cargo de asalto, pero…
—Sobre eso solo puedo hacer conjeturas —respondió él—.
El médico, y no tengo motivos para creer que falsificara el informe, declaró que Astrid tenía arañazos y hematomas tanto fuera como dentro de la vagina.
Para explicar la ausencia de semen, declaró que yo había utilizado un preservativo y me lo había quitado.
Las heridas eran suficientes para incriminarme.
La única conclusión lógica era que había sido violada.
—Se los había hecho ella misma —comentó Natasha resoplando con fuerza—. Maldita sea. Seguro que querías matarla.
—Creo que Astrid usó sus uñas o alguna herramienta y se hizo esas heridas después de que me fuera.
Y sí, he querido matarla y matarme, más de una vez.
—Las fotografías de los arañazos externos estaban tan vívidas en su mente como la primera vez que las había visto.
La piel que había entre sus piernas era una red de laceraciones rojas e inflamadas, como si alguien se la hubiera arrancado.
Si se las había hecho ella misma, debía de haber perdido la cabeza.
La imagen le produjo náuseas. La policía había dejado ese detalle para el final y en ese momento había sasbido que estaba perdido.
Declarar que una mujer con un cargo de responsabilidad en la Interpol estaba tan desequilibrada como para autolesionarse por venganza no habría servido de nada—.
Se rompió el vestido y la ropa interior y llamó por teléfono a una amiga llorando y diciendo incoherencias.
Incluso ahora parezco culpable, ¿verdad?
Los detalles eran increíbles. A veces, incluso yo me pregunto si no hice aquello de lo que me acusó y luego lo borré de mi mente sin más.
Natasha no dijo nada. Tenía lágrimas en los ojos y él se lo agradeció. Le hacían sentirse menos monstruoso.
—Nadie que te conociera bien pudo haberla creído —dijo Natasha.