Capítulo 31
Al día siguiente, Callanach se puso en contacto con los tres alumnos que había mencionado Natasha.
No había encendido la televisión ni la radio, se había negado a participar en el frenesí mediático que había seguido al anuncio de la acusación de Hand y solo había hablado brevemente con el comisario.
Rory Hand había solicitado finalmente un abogado y el jefe había ordenado que dedicaran todos los recursos disponibles a documentar lo que había estado haciendo en los últimos meses.
Callanach había dejado claro que no estaba convencido y ahí había quedado la cosa.
No había habido peleas ni había recibido órdenes que le impidieran seguir sus propias pistas, solo el hecho de que incriminar a Hand era inevitable.
La consecuencia fue que la investigación de otros sospechosos le daría al equipo jurídico de Hand un arma para golpear a la policía si cambiaba su declaración.
Callanach odiaba que hubiera abogados de por medio.
Las decisiones se volvían tácticas, las pruebas, un arma de doble filo y las acciones y palabras más inocentes se convertían en forraje para los contrainterrogatorios.
A todos los efectos, él estaba actuando por su cuenta.
Los problemáticos alumnos de Natasha, Marcus Turnbull y Giles Parry, eran odiosos pero patéticos.
Jaclyn Best era todo un personaje, con una enorme confianza en sí misma y una impresionante capacidad para mentir, pero su instinto le decía que no estaba implicada.
Las cartas eran obra de una persona cauta y perseverante.
Los estudiantes eran reaccionarios y propensos a la gratificación inmediata.
Cuando terminó de interrogarlos, eran las once de la mañana. Si la amenaza contra Natasha era real, el tiempo ya se estaba acabando. Sonó el teléfono y apareció el nombre de Tripp.
—¿Algún progreso? —preguntó Callanach.
—Hemos conseguido que un inspector de Trabajo y Seguridad cierre el desguace. El propietario está ganando tiempo con la excusa de que debe revisar sus archivos, pero no podrá seguir así por mucho tiempo más. Cada hora que pasa es dinero perdido.
—Y qué pasa con…
—No lo he llamado por eso, señor —lo interrumpió Tripp—. El comisario Begbie quiere que venga inmediatamente. Los abogados de Rory Hand están pidiendo cosas. Hay agentes uniformados con la profesora Forge y el jefe dice que es todo el personal que podemos permitirnos por el momento.
—Anoche dije claramente que no quiero tener nada que ver con Rory Hand. No fui yo quien lo arrestó.
—El comisario ha predicho que diría eso —la voz de Tripp era tranquila.
—¿Y? —lo apremió Callanach.
—Ha añadido que le importa un cara…; bueno, no hace falta que se lo diga. Solo ha dicho que usted está de servicio, así que tiene que volver a la comisaría.
Callanach subió al coche. En el retrovisor vio sus propios ojos inyectados de sangre y se preguntó por qué le sorprendía tanto.
No dormía desde hacía… Renunció a calcular las horas.
Había perdido la cuenta de los días. No había tenido más remedio que regresar a la comisaría.
Para eso servían las jerarquías. Podías quejarte y dudar, pero al final tenías que hacer lo que te ordenaban o todo el sistema se derrumbaba.
Si no podías digerirlo, estabas en el trabajo equivocado.
Y ese no era su caso. Estaba exactamente donde debía estar, haciendo lo que amaba.
De vez en cuando necesitaba recordárselo a sí mismo.
En comisaría lo esperaba el abogado de Hand.
—Mi cliente confesó los asesinatos —dijo como si fuera el caso más aburrido del mundo.
Callanach habría querido arrestarlo solo por la falta de respeto hacia las dos mujeres asesinadas—.
Les proporcionará una declaración completa con todos los detalles solo cuando acepten sus condiciones.
—En ese momento esperaba que él interviniera y preguntara cuáles eran las condiciones, pero Callanach se cruzó de brazos y no abrió la boca.
El abogado chascó la lengua y continuó hablando—.
Quiere ver los lugares donde fueron secuestradas las dos mujeres y el almacén donde se encontraron los restos de Magee.
Y desea que lo lleven hoy para que se le refresque la memoria o no podrá hacer una declaración completa.
—Me pregunto por qué —replicó Callanach.
El abogado arqueó las cejas.
—¿Qué está insinuando, inspector?
A Callanach le habría encantado responder, pero el instinto de conservación se lo impidió.
—Parece que todos los asesinos tienen problemas de memoria cuando les conviene. Estoy seguro de que su capacidad para recordar mejorará cuando consiga lo que quiere.
—El comisario Begbie dice que usted tiene que dirigir la visita. Me quedaré con mi cliente. Por favor, asegúrese de que sus agentes mantienen una distancia suficiente para que podamos hablar sin que nos oigan.
Un día perdido, aunque para Rory Hand no.
Había ganado una visita gratuita a las escenas del crimen que alimentaría su mente enferma durante años.
Y estaban a punto de darle todo lo que necesitaba para añadir sustancia y color a su confesión.
No haría falta nada más para relacionarlo con los crímenes.
La Policía Científica iba completamente a ciegas.
Eran las seis cuando la última incorporación a la lista de infames asesinos escoceses había completado su tarea, absorbiendo la poca vida que quedaba en las atmósferas de los hogares de las mujeres asesinadas.
Al final, Callanach casi esperaba que lo declararan culpable.
Merecía al menos veinticinco años como pago por las emociones de aquella tarde.
El sargento Lively no se presentó durante la visita a las escenas del crimen y Callanach prefirió no preguntar dónde estaba.
Era mejor que él y su sargento se mantuvieran a una distancia prudencial.
Cuando Hand regresó a su celda, eran las siete de la tarde y ya había oscurecido.
Callanach estaba ansioso por ir a casa de Natasha.
Aunque tenía policías apostados allí, que informaban a cada hora, tenía la impresión continua de que no se trataba solo de amenazas vacías.
Eran demasiado simples y concisas. Natasha había insistido en quedarse en su casa a pesar de las numerosas advertencias.
Quizá era mejor dejarla ahí y ver qué pasaba.
Si tenían suerte, pillarían al acosador colándose en la casa.
Así al menos garantizarían su seguridad en el futuro.
Cogió su bolsa de viaje del maletero del coche.
Natasha le había pedido que se quedara antes de que él se lo propusiera, aunque él no le habría dejado ninguna opción al respecto.
Un agente uniformado permanecería de guardia en la parte trasera de la casa, como refuerzo, y también habían alertado a los bomberos. Desde la calle no se vería nada.
Callanach olió a ajo asado y estofado de ternera, y por un momento olvidó por qué estaba allí.
—Hola, cariño, ¿qué tal en la oficina? —bromeó Natasha; le cogió el abrigo y le tendió una copa de merlot. Estaba más tranquila de lo que él esperaba y llevaba una camisa blanca recién planchada y unos vaqueros negros, con un delantal encima.
—No puedo beber, Natasha, estoy de servicio —respondió con tristeza.
—Por una copa no pasa nada, haz que te dure toda la noche si quieres. Cenamos en media hora. ¿Por qué no vas a dejar tu maleta a la habitación de invitados?
Así lo hizo. Volvió a bajar las escaleras, comprobó que las ventanas estuvieran bien cerradas, corrió las cortinas, miró dentro de cada armario y debajo de cada cama, y luego llamó a Ava.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—En casa, como una buena chica —contestó ella—. ¿Está bien Natasha?
—Está cocinando. Sin novedad en el frente. Solo quería asegurarme de que has entrado en razón, porque, si intervienes, el comisario se verá obligado a castigarte con algo más que una simple suspensión de dos semanas.
—Lo sé, y también confío en que lo tengas todo bajo control —respondió Ava alegremente.
—No tienes por qué preocuparte —reiteró Callanach, preguntándose por qué no insistía en conocer detalles sobre la vigilancia ni le pedía que le enviara informes cada hora por teléfono. Había previsto que le resultaría más difícil mantenerse alejada de la acción.
—De hecho, estoy bastante tranquila. Estoy viendo Los siete magníficos mientras como chow mein y bebo cerveza fría.
Aunque estoy tentada de ir corriendo allí y quedarme mirando el reloj toda la noche con vosotros, prefiero pasar un rato a solas con Yul Brynner, Charles Bronson y Steve McQueen, que en mi modesta opinión es el hombre más guapo que ha existido jamás. Buenas noches.
—Quizá el comisario debería prorrogar tu suspensión de todos modos —fue todo lo que consiguió decir antes de que ella colgara.
La verdad era que le habría gustado que estuviera allí con ellos.
Desterró el pensamiento. Ava Turner era una colega y la mayor parte del tiempo actuaba como si él le fuera completamente indiferente.
En el salón, tomó el mando a distancia y cambió de canal hasta que vio a Yul Brynner con un puro en la boca y a McQueen empuñando un fusil junto a él, sobre un coche fúnebre.
—No es tan guapo —murmuró Callanach.
—¿Con quién estás hablando? —preguntó Natasha al entrar en la habitación.
—Solo estaba expresando una diferencia de opinión con Ava a distancia. ¿Está lista la cena? —preguntó.
—Sí, señor —respondió, haciendo una reverencia—. Espero que tengas hambre.
La comida estaba bastante buena. Le recordaba a Francia. Si no hubieran estado allí esperando a que un peligroso delincuente forzara la puerta, habría sido una noche perfecta.
—¿Quieres hablar? —preguntó Natasha, mientras enjuagaba los platos antes de ponerlos en el lavavajillas.
—¿Sobre qué?