Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Estos asesinatos han salido en todos los programas de noticias.

Los periódicos han divulgado todos los detalles que han logrado descubrir.

El sospechoso puede estar familiarizado con las horas, las fechas y los lugares.

Si se siente gratificado por este tipo de cosas, y es bastante obvio que así es, a juzgar por su estado, habrá leído todos los tabloides y habrá visto cada segundo de cobertura televisiva —le dijo Callanach a Lively.

Harris se adelantó para participar en la conversación.

—Comprendo que sea difícil de aceptar, pero a veces la elaboración de perfiles da estos resultados. No será usted el primer investigador que pone mala cara por haber sido excluido, pero le aseguro que el mérito de esta detención es de todo el equipo.

—No se trata del puto crédito. Se trata de que usted hace suposiciones que se convierten en profecías autocumplidas. ¡Ese hombre no tenía ni idea de lo que le iba a enseñar! —gritó Callanach.

—Usted no está cualificado para determinar eso —lo atacó Harris.

—Tal vez, pero esta sigue siendo mi investigación. Lively, continúe con el interrogatorio. Pregúntele dónde retuvo y mató a las víctimas. Quiero lugares concretos. Envíe allí a un equipo y encuéntreme vínculos tangibles y probatorios. Entonces podremos hablar.

—Voy a presentar cargos contra él. Ha hecho una confesión completa —informó Lively, aunque su obstinación estaba disminuyendo.

—Si lo incrimina, la investigación de los demás sospechosos quedará paralizada. ¿Es eso lo que quiere? —preguntó Callanach.

Lively, por una vez, permaneció en silencio.

—Sargento, el asesino de la reverenda Jayne Magee está sentado en esa sala. Usted y yo hemos llevado este caso a buen puerto. Estoy seguro de que a estas alturas no se dejará influir —lo instó Harris con una voz que era poco más que un susurro.

Lively se llevó la mano al cuello, justo entre las clavículas.

Callanach sospechaba que bajo su camisa había un objeto que el sargento no debía utilizar en acto de servicio por razones de seguridad.

De plata, probablemente, pequeño y sencillo.

Un crucifijo al que estaba tan encariñado que no soportaba quitárselo, incluso a riesgo de que alguien se lo retorciera alrededor del cuello en una pelea.

En ese momento, Callanach se dio cuenta de que estaba librando una batalla perdida.

—Pediré autorización al comisario para acusarlo. Lo he hecho todo según las normas. El equipo empezará a recoger pruebas —dijo Lively en un tono inusualmente tranquilo.

—Rory Hand acaba de confesar dos asesinatos sin que se haya presentado ninguna prueba contra él.

Eso significa que no puede seguir matando.

Los asesinos en serie anhelan una nueva víctima más que cualquier otra cosa, ¿no le parece, profesor Harris?

Por eso se esfuerzan tanto en que no los pillen.

Nada de esto tiene sentido —masculló Callanach.

—Usted no es ni psiquiatra ni psicólogo, inspector.

La complejidad de los cerebros de estos hombres nunca es única en términos de motivación y comportamiento.

—Harris mantenía un brazo alrededor de los hombros de Lively, como si quisiera protegerlo de nuevos intentos de persuasión.

Callanach nunca había visto al sargento tan incómodo.

—Y rara vez pasan de violar en una residencia de ancianos, con víctimas elegidas precisamente por sus reducidas capacidades cognitivas, a secuestrar, torturar y asesinar de un plumazo a mujeres prominentes —replicó Callanach.

—No puede saber con seguridad lo que he hecho mientras tanto. Tal vez sea un proceso que haya ocurrido lentamente, a lo largo de varios años —lo contradijo Lively para apoyar a Harris, aunque no parecía nada contento.

Callanach les dio la espalda. La identificación y detención de Hand habían sido limpias, rápidas, sencillas y completamente contrarias a todo lo que sus años de experiencia le habían enseñado.

Presionarían al jefe para que hiciera una declaración a la prensa y, aunque se negara, la noticia se filtraría de todos modos.

Rory Hand era sin duda un pedazo de mierda.

Se había excitado al ver la carnicería de las fotos.

Callanach no sentía ni una pizca de lástima por él.

Le costaba creer que alguien estuviera dispuesto a admitir delitos para los que estaba prescrita la cadena perpetua solo por la notoriedad que le reportaría la condena.

Además, Hand tendría acceso a todas las pruebas: fotografías, vídeos, informes de autopsias, análisis forenses y detalles de la vida de las dos mujeres.

Estaba enfermo y, sin duda, el mundo sería un lugar mejor con él entre rejas.

Lo que preocupaba a Callanach era la posibilidad de que el verdadero asesino tuviera más tiempo para volver a matar con la cancelación de la búsqueda.

Si detener a Hand era un error, como él creía, tendría un alto coste.

Dejó un mensaje en el móvil del comisario con esas mismas palabras.

Tripp estaba en la sala de operaciones.

—¿Qué ha pasado con los desguaces? —preguntó Callanach.

—No he conseguido gran cosa. Pero ¿qué sentido tiene? Se rumorea que uno de los sospechosos ha confesado.