Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

—¡Estoy llevando a la comisaría a los dos propietarios de los desguaces para interrogarlos!

—gritó Lively por teléfono para hacerse oír por encima del ruido de las actividades industriales que lo rodeaban—.

Los mantendremos allí el tiempo suficiente para hacerles creer que tenemos algo contra ellos, así le daremos la oportunidad a un equipo de policías uniformados para que registre a fondo los depósitos en busca de pistas. ¿A qué hora estará usted disponible?

—A ninguna. Hoy ha habido otro incidente y necesito que acompañe a Harris en los interrogatorios de los delincuentes sexuales que se ajustan al perfil.

Le pediré al agente Tripp que se ocupe de sus desguaces, está perfectamente capacitado para hacerlo —respondió Callanach cuando el coche patrulla en el que iba se detuvo junto a la acera y aparcó.

—No entiendo qué puede ser más importante que esto. Se supone que usted está a cargo de esta investigación y nunca lo está —replicó Lively.

—Ahórreselo, sargento. No tengo que darle ninguna explicación. Continúe haciendo su trabajo y obedezca las órdenes o lo reemplazaré.

—Cuando esta historia termine —se quejó Lively—, habrá una queja y será tan seria que ni siquiera sus amigos importantes de la Interpol podrán salvarlo.

Colgó antes de que Callanach pudiera contestar.

La agente a la que habían llamado mientras dirigía el tráfico para que lo acompañara a la universidad jugueteó con la radio e hizo lo imposible por fingir que no había oído nada, pero su expresión lo decía todo.

Estaba esperando a que Callanach explotara.

En lugar de eso, se recostó contra el respaldo del asiento y respiró lenta y profundamente unas cuantas veces.

Tenía que encargarse del nuevo problema, regresar a la comisaría, comprobar lo que estaban haciendo todos y lograr llegar a casa sin darle un puñetazo a nadie.

Eso era todo. Por el momento, con eso bastaba.

Un empleado de la administración del Departamento de Filosofía había llamado a Natasha para informarla de que habían encontrado un sobre pegado a la puerta de su despacho.

La chica lo había sacado y había vaciado el contenido sobre su escritorio; luego había llamado a sus compañeros, que la habían ayudado a descifrar las misteriosas letras, moviéndolas de un lado a otro hasta que habían formado una palabra.

El sobre y su contenido estaban cubiertos de fibras, huellas dactilares y ADN variado.

Callanach pensó que no podía culparlos. Era normal que hubieran actuado así y no tenían ningún motivo para ser cuidadosos.

Natasha había decidido mantener lo que estaba ocurriendo en secreto ante su personal, tanto para no disgustarlos como para evitar complicaciones innecesarias.

Por desgracia, la consecuencia había sido que no estaban preparados para la posibilidad de un contacto por parte del acosador de Natasha.

Callanach suspiró. Parecía que nada le salía bien.

En la oficina, la chica que estaba declarando no era en absoluto consciente de la importancia de las letras esparcidas sobre su escritorio.

Un policía las fotografió y luego salió a hacer fotos de la puerta a la que habían sido pegadas.

Callanach recuperó el sobre de una papelera, lo colocó con cuidado en una bolsa de pruebas, junto con las letras, y lo etiquetó.

Salter había ido a buscar a las dos exnovias de Natasha que podían tener aún las llaves.

Natasha, protegida por un policía, estaba en su casa haciendo una lista de todos los que podían guardarle rencor.

Un equipo de la Policía Científica estaba trabajando alrededor de su vivienda en busca de huellas, pero era una posibilidad remota.

Callanach se acercó al policía que estaba coordinando la escena del crimen en la universidad.

—Hable con cada miembro del personal individualmente, intente averiguar si alguien ha notado algo sospechoso o ha visto a algún extraño en el edificio, y establezca un marco de tiempo. Me gustaría saber cuándo ha aparecido el sobre en la puerta de la profesora Forge.

La sala de operaciones estaba llena de actividad cuando regresó a la comisaría.

—¡¿Qué está pasando, Salter?! —gritó a través de la masa de cuerpos.

—Uno de los tres sospechosos del caso Buxton/Magee ha sido puesto en libertad.

Estaba en libertad condicional durante el período relevante y su coartada fue verificada de inmediato.

En cuanto a los otros dos, uno se niega a hablar y ya tiene abogado, y al parecer, el tercero ha admitido algo.

El profesor Harris observa mientras el sargento Lively se encarga del interrogatorio.

—Haga salir a Harris ahora mismo —ordenó Callanach.

—Pero el comisario ha dicho que…

—No quiero saberlo. Haga lo que le he pedido. Y deme el expediente del sospechoso que está ahora con ellos.

Callanach se dirigió a la sala de interrogatorios, hojeando el expediente de Rory Hand.

Era un hombre de cincuenta y dos años, con antecedentes penales por violación y por haber utilizado amenazas para obligar a una mujer con trastornos mentales a mantener relaciones sexuales con él; no era alguien con quien quisieras encontrarte en un bote salvavidas.

Había estado en la cárcel ocho años por violación y luego, después de cinco años en libertad, durante los cuales tal vez había continuado con la violencia, pero no lo habían atrapado, acabó cumpliendo otros cuatro años más.

En ambas ocasiones trabajaba como cuidador; la primera a domicilio y la segunda con un nombre falso en una residencia de ancianos.

Callanach miró la sala de interrogatorios a través del cristal.

El sargento Lively y Harris estaban guardando sus notas.

Solo había otra persona en la habitación.

Hand tenía la cara roja y sudorosa, y respiraba más rápido de lo normal.

Harris fue el primero en salir.

—Bueno, inspector, aún nos queda mucho trabajo por hacer, pero yo diría que hemos dado un gran paso adelante. Y había una motivación sexual, como yo sospechaba.

—¿Cuánto le han dado? —preguntó Callanach.

—No sé lo que quiere decir —dijo Harris—.

El sargento Lively llevó a cabo el interrogatorio de una forma totalmente profesional.

Según mi experiencia, estos delincuentes suelen querer que los atrapen.

El interrogatorio es su gran momento. Fantasean con ello.

La confesión y el horror que provocan al revelar los detalles de sus crímenes es el subidón final.

—No había ningún abogado presente —comentó Callanach.

—Le he leído sus derechos y lo he invitado a conseguir representación legal —intervino Lively—. Sé lo que hago.

—Quiero ver la cinta. —Callanach entró en la sala de cámaras. Un técnico rebobinó la grabación del interrogatorio y señaló un monitor.

Una vez cumplidas las presentaciones rituales y las obligaciones legales, Callanach vio que Hand se removía ligeramente en su silla, arañaba la superficie de la mesa y fruncía el ceño mientras le preguntaban repetidamente si deseaba representación legal.

Desde luego, no podía afirmar que Lively no hubiera hecho un buen trabajo en ese frente.

En un momento dado, el profesor Harris sacaba teatralmente un paquete de fotos tamaño A4 y las dejaba caer una a una delante de Hand.

—Elaine Buxton —había dicho Lively—. Esto es lo que queda de ella.

—Las fotos mostraban huesos calcinados entre los escombros del refugio.

En otros se veía el bate de béisbol y el diente.

Callanach estudió a Hand. Su cuerpo estaba relajado, pero habría jurado que sus pupilas estaban dilatadas—.

Y esta es Jayne Magee —había continuado Lively.

Colocaron más fotos delante del sospechoso—. ¿Has visto alguna vez a estas mujeres?

Hand se balanceó en su silla. Ya no estaba encorvado, pero sus hombros estaban relajados y ya no parecía nervioso. De hecho, parecía contener el impulso físico de alargar la mano y tocar las fotos.

—Mire cómo se excita al ver a sus víctimas.

Supongo que para él habría sido demasiado arriesgado fotografiarlas, así que cuando por fin se ha encontrado cara a cara con las imágenes que había intentado reconstruir en su mente, no ha podido controlar sus reacciones físicas —dijo Harris en tono triunfante, casi engreído.

Callanach se volvió hacia el técnico.

—¿Puede retroceder un minuto, por favor? —preguntó.

El vídeo volvió al lugar donde se habían colocado las fotos por primera vez delante de Hand.

Callanach lo miró fijamente a la cara. Había fruncido ligeramente el ceño cuando se dio cuenta de lo que estaba viendo, y entonces Lively había pronunciado los nombres de las víctimas.

De repente, el sospechoso había abierto mucho los ojos, pero solo durante una fracción de segundo.

La boca había formado una pequeña O, y Callanach notó una ligera succión.

—Estaba asombrado —dijo—. Sinceramente sorprendido.

—Bueno, no pensaba que lo íbamos a atrapar.

Todavía no he conocido a ningún sospechoso que me haya dicho «Os estaba esperando, tenía el presentimiento de que hoy me ibais a detener».

El verdadero objetivo es pillarlos desprevenidos, ¿o no es así como se hacen las cosas en Francia, señor?

—El tratamiento del final de la pregunta de Lively exudaba ira.

El sargento estaba tan a la defensiva que Callanach se preguntó si no le preocupaba también que el interrogatorio hubiera dado resultados con demasiada facilidad.