Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Nada más entrar en el vestíbulo del departamento, le comunicaron que la profesora Forge estaba de baja por enfermedad.

King había enarcado una ceja para mostrar el grado justo de sorpresa, había preguntado qué tenía y, como era de esperar, le habían dicho que no lo sabían y que no era apropiado preguntar.

Él contestó que esperaba que se sintiera mejor al día siguiente y las dejó limándose las uñas y charlando sobre ropa y famosos.

Se retiró a su despacho. Natasha había sido muy predecible.

Para una mujer tan dotada intelectualmente, era casi una decepción.

Que se asustara por esa tontería demostraba su vulnerabilidad.

En cuanto a las cartas bajo la puerta, se avergonzó de haber recurrido a tácticas de telenovela, pero había sido rápido y fácil.

El corazón era algo más espectacular si ya lo había encontrado.

Había pasado una noche inquieta preguntándose si la visita a casa de Natasha había alterado su percepción de ella.

En su mente, el congelador tenía que estar vacío, salvo por una bandeja de hielo, quizá unos guisantes y una trucha que llevaba demasiado tiempo en el fondo del compartimento.

Debía haber una bolsa de ropa colgada en el picaporte, recién entregada en casa.

La llegada de un pedido de un supermercado de alta gama era inminente, con sanas ensaladas preparadas, una bandeja de marisco, salmón ahumado, unas botellas de champán y los mejores vinos.

En su lugar encontró una olla de cocción lenta con lo que parecía un guiso de cordero hirviendo a en su interior.

La nevera estaba llena y la mayor parte del contenido eran comidas caseras para recalentar.

Al parecer, la profesora Forge, con sus innumerables vestidos elegantes, sus estrictos plazos y su insuperable pasión por el trabajo duro, era una dedicada ama de casa. Su decepción no terminó en la cocina.

Volvió a pensar en la cama. Estaba pulcramente hecha, llena de cojines esparcidos por todas partes; era cómoda y estaba limpia, pero exageradamente acogedora.

Había imaginado un mobiliario hípermoderno, en una combinación minimalista de blanco y negro.

En cambio, la almohada con funda con diseño floral olía al perfume que ella usaba más a menudo.

King se había permitido el lujo de hundir la cara en ella durante unos segundos; se había tumbado sobre la colcha con los brazos y las piernas muy separados, como para absorberla dentro de sí.

Se había mirado en el espejo y la había imaginado de pie frente a él y se había visto respirando en su cuello mientras ella se ponía los pendientes.

Embelesado, había pasado allí más tiempo del que debería, preguntándose cómo sería rodearle el cuello con las manos, imaginando que ella le suplicaba que se detuviera.

Ella se habría arrepentido de su comportamiento y se habría disculpado por su falta de consideración al ver de cerca todo su poder.

Había imaginado su respiración entrecortada, sus jadeos en busca de aire, sus párpados moviéndose frenéticamente antes de cerrar los ojos.

Como si fuera su amante. Como si le gustara.

King había necesitado de toda su fuerza de voluntad para conseguir salir de su habitación.

Si no hubiera mantenido el control de sus sentidos, habría cometido un error, habría dejado pistas identificables.

Se centró en las consecuencias. No era admisible dejarse distraer por ella hasta el punto de no alcanzar su objetivo.

Había entrado en su casa para hacerla sentir insegura.

Debía temerlo, aunque no supiera quién era.

Quizá esta nueva versión de ella que había descubierto, aunque decepcionante, era más adecuada para tener miedo: la mujercita que disfrutaba tanto de las comodidades de su casa.

Aunque prefería a la antigua Natasha, la profesional intocable, tan gélida que a veces imaginaba que se derretiría al tocarla, había aprendido mucho más sobre ella y, sin duda, el conocimiento era poder.

Los preparativos para hacerse con otra mujer lo excitaban.

En la habitación no cabían tres. No había planeado mantener a tantas allí.

Se acercaba el momento en que tendría que deshacerse de Elaine o de Jayne, un pensamiento triste después de dedicar tanto tiempo y esfuerzo a capturarlas, pero también emocionante.

Al principio se resistía a admitirlo. Solo sentía frustración y fastidio porque las dos mujeres no habían cumplido su propósito como él pretendía.

Luego estaba la chispa que había intentado apagar.

La noche anterior, en la cama, se había imaginado eligiendo a una.

Se sentía como un dios. No como cualquier dios, como Dios.

Había revivido las horas pasadas extrayendo los dientes inferiores de Jayne, practicando las técnicas que había aprendido en libros y en Internet, esperando que gritara como lo había hecho Elaine.

Le había atado fuertemente las piernas y los brazos, colocando debajo plásticos de protección para no estropear la cama, convencido de que se sacudiría, dispuesto a gastar mucha energía para calmarla mientras le masajeaba las encías antes de extraerle los dientes uno a uno.

Pero no había gritado. Había aceptado la inyección de anestesia con una mueca, pero sin lágrimas.

No había habido nada de histeria. Era como si ya estuviera muerta por dentro.

Con Elaine, sin embargo, había podido sentir su terror, ver su sufrimiento y experimentar cada emoción que él le provocaba.

Jayne no le había dado nada. Si al principio había admirado su autocontrol, con el tiempo había llegado a verlo como una especie de devoción religiosa, y no estaba seguro de que le siguiera gustando.

Elaine lo había dotado de atributos inesperados.

Autoridad. Prestigio. Supremacía. Pero era una criatura miserable, quejumbrosa y físicamente repulsiva.

Era una decisión imposible, que además, tenía el desafortunado efecto secundario de provocarle una erección cuando pensaba en ella.

No se trataba solo de decidir a una de las dos.

También estaba el abanico de posibilidades del cómo.

Con el último asesinato había sido torpe, porque no lo había planeado.

Obviamente, Grace estaba destinada a morir desde el principio, pero no de esa manera.

Había habido demasiada rabia, poca sofisticación.

Quizá debería dejar que su próxima adquisición tomara todas las decisiones.

Pensarlo le daba escalofríos. Ella lo odiaría, pero era necesario si quería domarla.

King tenía una lista de tareas por hacer nada apetecibles.

Necesitaba otro vehículo y aún tenía que encontrar una sustituta adecuada para su nueva huésped.

No podía arriesgarse a volver al barrio rojo de Glasgow.

El recuerdo de aquel chulo inclinado sobre su coche le provocó un sudor frío.

Tendría que investigar más, quizá en Dundee.

En el ordenador apareció una notificación de un correo electrónico.

La enfermedad fingida de la profesora Forge no le había impedido trabajar desde casa.

Quería que revisara los folletos que se iban a imprimir para el nuevo curso académico.

Era un trabajo muy aburrido. Nunca había entendido por qué no se lo dejaba al Departamento de Marketing , pero a Natasha le gustaba saber la opinión de todos los miembros del departamento.

También quería que organizara una reunión de personal en un plazo de dos días.

«Pero ella no participará, no estará disponible», pensó King.

En ese momento, el trabajo que tenían que hacer sus empleados sería el menor de sus problemas.

Sin embargo, él tenía que actuar como de costumbre.

Solo quedaba una cosa por hacer para asegurarse de que ella estaría donde él quería, en el lugar y en el momento adecuados.

Se puso un par de guantes de polietileno transparente y sacó un sobre de una bolsa de plástico que había dejado en su maletín.

A la hora de comer, cuando la mayoría de los alumnos habían salido del edificio y el resto del personal consumía sándwiches en sus escritorios, cogió un montón de papeles y se dirigió por el pasillo hasta la puerta del despacho de Natasha.

Procedió lentamente y con cautela. No había nadie.

Pegó el sobre a su puerta con un movimiento fluido, tras haber colocado ya la cinta adhesiva, y se quitó los guantes mientras se alejaba.

Solo tenía que aguantar lo que le quedaba de jornada laboral y luego podría irse a casa con sus chicas.

Tenía mucho que hacer. Todo tenía que estar limpio.

No quería que la habitación de invitados estuviera sucia y desordenada antes de la llegada de su preciado premio.

Daría una impresión totalmente equivocada.