Capítulo 28
Ava se había disculpado por hurgar en su pasado y había reaccionado de forma muy tranquilizadora a sus confidencias.
Su vida anterior en Lyon era un tema en el que intentaba no pensar, pero la discusión con Ava se lo había llevado todo a la memoria, así que se rindió a los recuerdos mientras yacía insomne en la cama.
Recordó la tienda de productos gourmet , escondida en un callejón, que vendía los mejores embutidos y quesos que había probado jamás.
Aún sentía el calor de los largos veranos y veía el sol brillar a través de las ventanas de la imponente fortaleza cuadrada de la Interpol.
Tras dejar Francia y antes de trasladarse a Edimburgo, había pasado seis meses en Fife en un curso intensivo de procedimiento policial y Derecho Penal en Escocia.
Para entonces, esperaba comprender mejor la cultura de su país de origen, pero lo cierto era que seguía sintiéndose como un intruso.
Su padre había amado Escocia apasionadamente.
Callanach entendía por qué, pero la emigración forzosa seguía escociéndole demasiado como para sentirse en casa en un nuevo país, a pesar de haber nacido allí.
Edimburgo era precioso, pero añoraba las cálidas tardes en las que se podía salir a comer sin la lluvia constante.
El sargento Lively lo llamó por teléfono antes de las seis de la mañana, cuando acababa de dormirse.
—Hay un nombre en la lista: «J. Locke», pero la matrícula está registrada a nombre de Francesca Fairbancks, de Livingston. El coche acabó destrozado tras un accidente hace un par de años. Su marido lo llevó a un desguace en Falkirk.
—¿El marido puede darnos más detalles? —preguntó Callanach.
—Podría haberlo hecho, si no hubiera fallecido hace seis meses —respondió Lively. Callanach oyó la frustración en su voz.
—Reúna a un equipo para buscar en todos los desguaces de la zona de Falkirk. Estaré en la comisaría dentro de una hora.
—Ah, el profesor Harris quiere otra sesión informativa sobre lo que han encontrado en Braemar. ¿Le digo que ya viene? —preguntó Lively.
—Váyase inmediatamente a Falkirk, sargento. Yo llamaré a Harris. —Lo último que quería era perder más horas dando explicaciones a un hombre decidido a no desviarse de sus suposiciones. Iba a ser un día bastante ajetreado, así que evitar al perfilador no debería resultarle demasiado difícil.
Por supuesto, el profesor Harris lo estaba aguardando en su despacho cuando llegó al trabajo. Callanach pensó que debería habérselo esperado. ¿Cómo se le había ocurrido que Lively obedecería sus órdenes? Harris incluso se había tomado la molestia de invitar al comisario a la reunión.
—El equipo utilizó el perfil que les proporcioné para identificar a tres sospechosos en la zona.
Hoy los traerán a comisaría para ser interrogados.
Me gustaría asistir a las entrevistas si no le importa, inspector.
Sabré con certeza si dicen la verdad —dijo Harris mientras se acariciaba la barba.
Era un hábito que Callanach encontraba especialmente detestable.
—¿Qué le hace creer que esos hombres están relacionados con los asesinatos? —preguntó.
—Todos tienen antecedentes penales por violación. He estudiado sus expedientes. Desde mi punto de vista, todos muestran el potencial de escalada de violencia sexual con ciertas tendencias psicopatológicas. Y los tres viven bastante cerca de los lugares donde se cometieron los crímenes.
—¿Y si se equivoca sobre el móvil sexual de los crímenes? —preguntó Callanach—. Lo único que tiene para vincular a esos hombres con los crímenes es una historia que cree que coincide con la psicología del asesino.
—También están en la franja de edad correcta, tienen acento escocés, poseen un carné de conducir y conocen bien la ciudad.
Las estadísticas demuestran que la mayoría de las mujeres secuestradas son víctimas de abuso sexual, inspector, así que no sé por qué tiene tantas dudas.
—Harris se mostraba imperturbable. Callanach sabía que sus instintos no serían suficientes para formular un buen contraargumento y eligió el camino de no ofrecer resistencia para ganar tiempo.
— D‘accord —murmuró, cambiando al francés por la frustración—.
Muy bien, Tráigalos aquí. Reténgalos hasta que el sargento Lively regrese de Falkirk, entonces podrá asistir a los interrogatorios.
Comprueben sus coartadas, si las tienen, y pónganse en contacto con sus agentes de libertad condicional.
Por favor, consideren si actualmente están en condiciones de hacer daño.
Y les ruego que nadie hable con la prensa ni haga declaraciones públicas sin mi consentimiento.
Si arrestamos al hombre equivocado, podríamos empujar al asesino a demostrar que sigue en libertad.
—Da por sentado que acusaré al hombre equivocado, inspector —replicó Harris, perdiendo los estribos por primera vez.
—Tal vez —contestó Callanach—. Comisario, hay otro asunto que tenemos que discutir y no dispongo de mucho tiempo. —El profesor se despidió de Begbie, pero no de Callanach, a quien desde luego no le importó en absoluto.
—Hablando de la prensa… —comentó Begbie—.
Esta mañana voy a necesitarlo. Usted ayudó en el caso de los bebés muertos.
Tengo que hacer una declaración para explicar que Ava ha sido suspendida del servicio para investigar las quejas que han surgido a raíz de sus comentarios.
Me gustaría que después usted proporcionara un resumen sobre el caso y el estado en el que se encuentra.
—¿Y cuál es? —preguntó Callanach.
—El sacerdote de Sarah Butler ha sido acusado de violación, pero se niega a hablar.
Una fuente anónima le está financiando la mejor representación legal posible y sus abogados ya están estudiando el caso.
La prueba de ADN demostrará si la chica tiene razón, sin embargo, aún no tiene la edad suficiente para dar su consentimiento.
Tardaremos un par de días en procesarlo todo.
Rebecca Finlan está demasiado alterada para ser coherente.
Eso llevará más tiempo. La hermana Ernestine ha sido acusada de doce cargos de agresión, pero hay muchos más pendientes.
—¿Y las acusaciones contra las chicas? —preguntó Callanach.
—No hemos tenido más remedio que acusar de homicidio involuntario a las dos cuyos hijos murieron.
Suponemos que ambas se declararán culpables para obtener una reducción sustancial de la pena y una condena no privativa de libertad.
Esperamos que tengan acceso al apoyo que necesitan para reconstruir sus vidas.
—Pobres chicas —comentó Callanach.
—Estoy de acuerdo con usted, en esta historia no hay ganadores. ¿Cómo está Ava? —preguntó el comisario.
—Su mejor amiga sufrió un allanamiento de morada ayer. He pedido a un equipo de agentes uniformados que lo investigue y yo los supervisaré.
—No quiero que eso lo distraiga del caso Buxton y Magee —ordenó el comisario—. Y asegúrese de que Ava se mantenga al margen. No debe hacer absolutamente nada mientras solucionamos el lío en el que nos ha metido.
—Se lo diré.
—Debe colaborar con el profesor Harris, Callanach.
La Iglesia está financiando su consultoría para que obtengamos resultados.
No quiero conflictos en su equipo y no puedo correr el riesgo de tener que suspender a otro de mis inspectores, así que intente ser amable.
Nos vemos en la sala de prensa en media hora.
El teléfono de Callanach sonó y como aparecía un número desconocido estuvo a punto de rechazar la llamada, pero se lo pensó mejor.
—Luc, perdona que te moleste, pero hay novedades. Estoy aparcada en el coche delante de la comisaría —dijo Natasha con voz temblorosa. Se preguntó cuánto tiempo había esperado antes de decidirse a llamar. No era el tipo de persona que montaba una escena.
—Ahora bajo —anunció, poniéndose el impermeable.
Ella encendió las luces de cruce y abrió la puerta mientras él se acercaba. Tenía los ojos inyectados en sangre. Le tendió un sobre y él se lo puso en el regazo.
—¿No has dormido? —le preguntó Callanach.
—¿Se nota mucho? Gracias por decirme que tengo mal aspecto. Los he encontrado bajo la puerta trasera cuando he bajado esta mañana. Estaban esparcidos por el suelo.
Callanach abrió el sobre y extrajo varios trozos de papel rugoso de colores brillantes. Algunos estaban doblados y arrugados. Consciente de que estaba destruyendo pistas vitales, los dejó caer sobre su regazo para no borrar ninguna huella.
—¿Sabes de dónde provienen? —preguntó.
—Es una foto mía en una colecta benéfica que salió en Scotland on Sunday. Hay seis formas de letras recortadas de la foto; parece que lo han hecho con plantillas.
Callanach dio la vuelta a los papeles, sujetándolos con las uñas. Podía distinguir una V, una O y una A. —¿Cuáles son las otras dos? —preguntó.
—Dos Y —respondió ella.
—¿Te suena de algo? ¿Alude a algo personal?
—Al principio no estaba segura de si era una V o una U y si la I era un 1 o una L.
Entonces lo entendí. —Natasha se inclinó y recogió las letras.
Callanach hizo ademán de protestar—. Ya es tarde —explicó ella—.
Llevo al menos una hora tocándolas, mis huellas estarán por todas partes.
—Las colocó encima del sobre formando una palabra.
—YA VOY —leyó Callanach—. Tienes que hacer otra declaración. No admito ninguna discusión.
Callanach corrió a la rueda de prensa y tomó asiento unos segundos antes de que el comisario empezara a hablar.
Inmediatamente comenzaron a disparar los flashes de las cámaras y la responsable de Relaciones Públicas de la Policía pidió a los fotógrafos que dejaran de hacer fotos durante la grabación.
El comisario estaba con el ceño fruncido y fue directo al grano.
Los focos los cegaron mientras los técnicos ajustaban los trípodes y se peleaban por conseguir la mejor vista.
Entonces los apuntaron con las cámaras. Callanach se pasó nerviosamente una mano por el pelo.
Por un momento, vislumbró su propio rostro en el monitor de una cámara y se dio cuenta de lo cansado que parecía.
Probablemente Natasha había pensado que tenía mucho valor para hacer comentarios sobre su cara de cansancio.
Se obligó a mantener la cabeza alta y miró fijamente a las lentes oscuras que llevarían su imagen a través del país, imaginando cómo Ava veía desde casa lo que debería haber sido su momento.
Trató de ser conciso e informó de las novedades con precisión quirúrgica, ateniéndose a los hechos. Finalmente, le pasó la palabra a la responsable de Relaciones Públicas, quien aseguró que el jefe respondería a las preguntas, pero solo durante cinco minutos. Y comenzó el asalto.
—¿Llamarán a investigadores externos para se ocupen de las quejas contra la inspectora Turner?
—¿Se ha manifestado el Vaticano respecto a la conducta criminal del colegio?
—¿Qué pasará con la tercera chica, ya que su hijo sobrevivió?
—¿Está la policía investigando otros posibles cargos contra St. Gerard Majella?
El comisario respondió a las preguntas y luego se levantó para indicar que el tiempo había terminado.
—¿El inspector Callanach aún no ha hecho progresos en los casos de Buxton y Magee? Si es así, ¿por qué no lo han sustituido?
En la sala se hizo el silencio. Era una emboscada.
El periodista que había gritado la pregunta avanzó y apuntó el micrófono a la cara del comisario.
Si Begbie no decía nada, el inspector estaría acabado.
Si se inventaba una excusa, parecería débil y a la defensiva.
Callanach se adelantó para evitar que tuviera que tomar una decisión.
—Hay avances, pero comprenderá que no podemos divulgar todas y cada una de las pistas que descubrimos.
Les pedimos que mantengan la calma y comprendan que encontrar al asesino de Elaine Buxton y Jayne Magee es nuestra prioridad.
Un perfilador nos está ayudando con la investigación.
Están en su derecho de hacer preguntas sobre el caso, pero por respeto a las víctimas de las que hemos hablado hoy, les pido que se dirijan directamente al Departamento de Prensa. Gracias.
Una ráfaga de luces cegadoras estalló en el vestíbulo mientras los fotógrafos trataban de captar el momento.
Todos los periodistas presentes tenían más preguntas.
Había demasiados ruidos, demasiada gente empujándolo en todas direcciones, demasiadas luces en sus ojos.
Callanach intentó recuperar el aliento y se dio cuenta de que no podía.
Necesitaba comer y dormir. Y por encima de todo, necesitaba salir de aquella sala.
Empujando a la gente para avanzar, intentó reprimir la creciente sensación de pánico ante el estado de malestar en el que se encontraba.
Ava lo llamó antes de que llegara a su despacho.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó—. Has estado bien, pero parecías completamente exhausto.
—Estoy bien —respondió—. Por lo menos, mejor que Natasha. —Se arrepintió de esas palabras en cuanto las pronunció. Era mejor que Ava supiera lo menos posible.
—Cuéntamelo —lo instó ella.
—No puedo. El comisario quiere que estés fuera del caso y por una vez estoy de acuerdo con él. Aunque me sentiría mejor si Natasha se mantuviera alejada de su casa esta noche.
—Intenté convencerla de que se viniera conmigo anoche, pero se mostró inflexible —dijo Ava.
—No, no puede quedarse contigo debido a la suspensión. Además, si se trata de la misma persona que te amenazó a ti, estar juntas puede que sea la peor opción. ¿Por qué no se va con su familia?
—Imposible, cortaron todos los lazos con ella cuando salió del armario. Ella es más terca que yo, Luc, no creo que tengas suerte. La llamaré para ver qué puedo hacer.
—No puedo impedir que la llames, pero te pido por favor que no hagas nada más. —Callanach llegó por fin a la máquina de café e introdujo las monedas. No le importaba si estaba asqueroso. Solo la cafeína podía salvarlo.
—Luc, ¿sigues ahí?
—Sí —dijo él—, es que me estoy tomando un café.
—¿Crees que podría ser tu asesino el acosador de Natasha? Encaja en el perfil de las víctimas; está soltera, en la treintena, vive sola y se encuentra en la cima de su profesión. No soporto la idea de que pueda… —No terminó la frase. No era necesario.
—Natasha está aquí haciendo una declaración —explicó Callanach—. Y es muy diferente. El allanamiento, el corazón en el congelador y las cartas que ha metido bajo la puerta hoy. No había nada parecido en los otros casos. Tengo que irme, Ava, pero te doy mi palabra de que la protegeré.