Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Recordaba aquella llamada casi palabra por palabra porque la había reconstruido en su mente un millón de veces deseando haber visto venir los problemas.

Astrid tenía una voz interesante, grave y ronca.

En realidad, esa era la razón por la que no se había inventado una excusa allí mismo.

Sabía que actuaría como una princesita; había salido con varias modelos, así que conocía a ese tipo de chicas.

Ella no le habría permitido ir poco a poco, ni ir a tomar algo tranquilamente solo para ver si se gustaban.

—Estaba muy ansiosa y se reía nerviosamente, pero yo hice caso omiso de su comportamiento —le explicó a Ava—.

Ironías del destino, si aún hubiera sido el idiota que era de joven, no habría acabado teniendo tantos problemas.

Astrid Borde no habría pasado de la primera conversación telefónica después de pedirme que me pusiera ropa elegante.

Ava se atragantó.

—¡Qué dices!

—Te juro que me lo pidió —dijo él, sonriendo tristemente ante su asombro.

Había recogido a Astrid a las siete, como habían acordado, un poco pronto para él, pero ella quería ir a tomar algo antes de cenar.

En su mente, siempre llevaría el vestido escotado y brillante color antracita que se le ceñía el cuerpo rozando la indecencia.

La falda le llegaba a medio muslo, pero tenía una abertura lateral que dejaba ver tanto que a menudo se sorprendía mirándola mientras caminaban.

Se había puesto ese vestido para atraer su atención y él tenía que admitir que lo había conseguido.

—Primero fuimos a un bar a beber champán y ella no hablaba mucho, así que empecé a charlar de trabajo, de estupideces que había hecho con Jean-Paul, y luego hice algunos comentarios sobre fútbol.

Ni siquiera me interesaba demasiado el deporte, pero ella no participaba en la conversación, así que me limité a intentar matar el silencio.

Fue entonces cuando supe con certeza que aquella sería la primera y la última cita.

—¿Qué hizo? —preguntó Ava.

—Me dijo: «No vamos a hablar de deporte.

No me interesa». Fue uno de esos momentos de la vida en los que miras atrás y piensas: si me hubiera comportado de otra manera, entonces, ¿habría cambiado todo?

Durante meses me desperté en mitad de la noche soñando que me había ido en ese preciso instante tras fingir que me encontraba mal, y que había llamado a un taxi para que la llevara a casa.

—Pero no lo hiciste —dedujo Ava.

—No. Intenté ser amable, le di el beneficio de la duda e incluso pensé que había oído mal. En lo único que pensaba era en poner fin a aquella velada, dejarla en casa y no volver a verla. Parecía más agotador reaccionar que dejarse llevar.

Habían ido del bar al restaurante, elegido por ella, por supuesto.

Era un lugar demasiado serio para su gusto; todo el mundo iba de traje y corbata, el camarero mostraba por defecto una expresión de desprecio y la decoración estaba diseñada para advertirte de lo abultada que sería la cuenta. Para Astrid fue maravilloso.

—¿Qué pasó? —preguntó Ava.

—Astrid parecía una niña; a veces era petulante y grosera, y en otros momentos echaba la cabeza hacia atrás y exigía atención.

Sinceramente, no sabía qué hacer. Los camareros me miraban como si esperaran que hiciera algo respecto a su comportamiento.

En un momento dado, me sentí tan avergonzado que le sugerí que bajara la voz, pero eso solo empeoró las cosas.

Así que me rendí y me quedé mirando. Pidió el pescado, luego me dijo que estaba asqueroso; insistió en probar el vino, lo aprobó, pero a mitad de la copa le dijo al camarero que nunca le habían servido algo tan repugnante, y cuando estábamos comiendo el postre, empezó a acariciarme la ingle con el pie.

Recordó los lloriqueos de Astrid durante la cena y su deseo de silencio. Parecía que ella podía comer sin dejar de hablar. De vez en cuando miraba el reloj, intentando hacerlo por debajo de la mesa para que ella no se diera cuenta, pero al final se había percatado del asunto.

—¿Tienes prisa por salir de aquí? —le había preguntado Astrid.

—Lo siento. No pretendía ser grosero, es que tengo que examinar unos documentos y esperaba poder echarles un vistazo esta noche. Por favor, tómate tranquila tu clafoutis —dijo.

—Pensaba dejarlo de todos modos —replicó, tirando la cucharilla, que tintineó ruidosamente en el cuenco de porcelana, entre la masa de cerezas negras, de modo que todos se volvieron para mirarla.

Callanach ni siquiera tuvo que pedir la cuenta.

El jefe de camareros se la llevó inmediatamente con una mirada de alivio.

Había dejado el dinero sobre la mesa junto con una generosa propina, con el único pensamiento de salir de allí lo antes posible.

Pero una vez en la calle, le dijo que quería más champán y empezó a quejarse de las prisas. Fue entonces cuando Callanach cometió el error que lo había cambiado todo.

—No se me ocurrió otra cosa para hacerla callar y llevarla directamente a casa, así que la besé.

Solo duró unos segundos, no fue nada íntimo, lo suficiente para dejarla sin aliento y empujarla a hacer lo que yo quería, que era que se metiera en el coche tranquilamente, para que pudiera dejarla en su casa y marcharme.

—No tienes que justificarte —dijo Ava—. Si quisiera juzgarte, ya lo habría hecho.

—Me estoy defendiendo de mi propio juicio, no solo del tuyo. Una parte de mí aún piensa que fue culpa mía, ¿sabes? Porque la engañé.

—Si me dieran una libra por cada víctima a la que he oído decir esta frase… —comentó Ava—. ¿Qué pasó cuando la llevaste a casa?

—Ocurrió algo antes, en el coche. Besarla había sido lo peor que podía hacer y me di cuenta inmediatamente.

Astrid empezó a fingir que estaba borracha.

No se estaba quieta, se quitó el cinturón e intentó subirse a mi regazo.

Cuando llegamos a su piso, me dijo que no podía andar y que tendría que llevarla en brazos.

En el coche, el vestido se le había subido tanto que se le veía la ropa interior.

Si al principio de la velada le había parecido sexi, en ese momento solo le revolvía el estómago.

La embriaguez solo era una actuación y, a posteriori, Callanach se preguntó si ella no habría comprendido el verdadero significado de su repentina efusividad hacia ella.

En parte la había llevado en brazos y en parte la había arrastrado hasta la puerta principal, y luego había intentado reciclar la excusa del trabajo hasta que ella se derrumbó en el umbral y se echó a llorar.

Queriendo evitar a toda costa que sus vecinos salieran a ver el espectáculo, había cogido sus llaves, había abierto la puerta y la había llevado a un sofá.

—Tengo que irme —había dicho, mientras ella se quitaba sus tacones de aguja.

—Eso no es verdad, eres un mentiroso —había susurrado ella, repentinamente sobria; su voz ya no era fuerte sino grave y sensual de nuevo—. No puedes decirme que no me deseas. He visto cómo me mirabas antes. —Se llevó una mano a la espalda y se bajó la cremallera del vestido.

—Ni lo sueñes —había dicho, ignorando la ropa que volaba hacia él, mientras volvía a la puerta.

—Astrid se me tiró encima de la forma más vulgar imaginable y tuve que apartarla —le contó a Ava—.

Intenté ser amable, pero no me dejaba marcharme.

—En ese momento, Astrid ya estaba completamente desnuda.

Callanach recordó su disgusto cuando ella se había aferrado a sus hombros y había restregado su cuerpo desnudo contra él, tocándose e intentando desnudarlo.

Al final, no había tenido más remedio que usar la fuerza para liberarse.

Había oído el ruido sordo cuando ella se había golpeado con fuerza contra el parqué, se había dado la vuelta para comprobar que no se había hecho daño y había intentado marcharse—.

Justo antes de abrir la puerta, Astrid me atacó.

Me arañó el cuello—, recordó Callanach—.

Uno de sus vecinos salió a ver por qué tanto alboroto y me vio limpiándome la sangre del cuello y soltando palabrotas.

Cuando él se había ido, Astrid había tenido una crisis histérica y lo había insultado de todas las formas imaginables mientras lloraba.

Un minuto después, ya estaba subido en el coche, maldiciendo a Jean-Paul por haberlo metido en ese lío, y había regresado a casa, sintiendo la urgente necesidad de ducharse para quitarse su olor de encima.

Ava se echó hacia delante, con la barbilla apoyada en las manos, y miró su cuello como si las heridas pudieran reaparecer por arte de magia.

—¿Y luego qué pasó? —preguntó.

—Nada. Al día siguiente fui a trabajar, un par de personas me preguntaron por mi cuello y les dije que me había arañado en el gimnasio.

Le dije a Jean-Paul que había sido insoportable, pero nada más.

Aunque había sido una pesadilla, no tenía intención de dañar su carrera.

En lo que a mí respectaba, todo había terminado y no soy de los que andan difundiendo rumores, así que decidí dejarlo atrás.

Dos días después, estaba de camino a Jamaica siguiendo una pista, y ya sabes el resto.

—¿De qué te acusaron? —preguntó Ava.

—Estoy seguro de que ya te lo has imaginado —respondió Callanach.

Ava asintió.