Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Natasha los esperaba en la puerta con una expresión preocupada, y Callanach sabía que no era solo por lo de su casa. Era lo bastante lista y experimentada como para saber que su mejor amiga se enfrentaba a una avalancha de críticas.

—Entrad —invitó—. Luc, me alegro de volver a verte —saludó, mirándolo a los ojos. Le preguntaba en silencio si Ava estaba bien. Callanach sacudió ligeramente la cabeza—. No había necesidad de que vinieras corriendo esta noche. No es nada grave, de verdad. Os traeré algo de beber.

—Hemos venido preparados —replicó Ava, levantando el Lagavulin—. Siento no haber podido venir antes. ¿Qué ha pasado?

Natasha repartió unos pesados vasos de cristal.

—Nada que no pueda arreglarse con güisqui puro de malta —bromeó ella—.

Vais a pensar que estoy paranoica. No he encontrado nada roto y no parece que falte nada, pero alguien ha movido los perfumes que hay en mi baño, había un par de cajones un poco abiertos y juraría que los he cerrado bien; sobre mi mesa hay una pila de documentos que ya no están en el orden correcto y una de mis almohadas tiene una pequeña arruga.

No quiero que penséis que soy un bicho raro, pero siempre hago la cama de la misma manera.

—¿No estaba activada la alarma? —preguntó Callanach.

—No tengo —respondió Natasha—. Se estropeaba continuamente y un par de veces tuve que interrumpir una clase en mitad del día para volver a casa y reiniciarla. Al final la desconecté. No hay signos de allanamiento. O me ha robado un fantasma, o me estoy volviendo loca.

Ni Callanach ni Ava veían nada raro, pero la casa de Natasha estaba muy ordenada y era fácil entender por qué ella notaba de inmediato cualquier cosa que estuviera fuera de lugar. Callanach comprobó las puertas y las ventanas en busca de signos de manipulación, pero no encontró ninguno.

—¿Me traes un poco de hielo, por favor? Está un poco más fuerte de lo que esperaba —pidió Callanach, agitando el líquido en el vaso.

—Creía que eras medio escocés —bromeó Natasha—.

¡Parece que tu parte francesa necesita hacerse más fuerte!

—Abrió el congelador que había en la parte superior de la nevera y deslizó la mano en su interior para sacar la bandeja de hielo.

En su lugar, se encontró en las manos con un amasijo rojo medio congelado.

—¡¿Qué demonios es esto?! —gritó, tirándolo sobre las baldosas de la cocina. Aterrizó con un golpe húmedo y varios fragmentos de hielo rojo se esparcieron por los alrededores. Ava se arrodilló en el suelo y lo pinchó con un tenedor.

—Es un corazón, pero es demasiado grande para ser humano, gracias a Dios. Puede que sea de una vaca o de un caballo —explicó—. Por eso no se llevó nada. Quienquiera que haya entrado aquí lo ha hecho para dejarte un mensaje.

—¿Una expareja resentida? —aventuró Callanach—. ¿Alguna vez has tenido alguna ruptura fea con alguien que pueda tener aún la llave?

—Estoy soltera —contestó Natasha—. Casi todas las relaciones que he tenido han acabado mal, de lo contrario no habrían acabado.

Y en cuanto a las llaves, probablemente haya un par de mujeres que aún tengan una copia.

—Luchaba por contener las lágrimas y que no se le notara que le temblaban las manos mientras limpiaba el lago de sangre que había en el suelo.

Ava la obligó a sentarse a la mesa de la cocina y se puso a limpiarlo ella—.

No puedo creer que haya entrado alguien en mi casa.

Es repugnante. ¿Y por qué dejaría eso en el congelador?

—Escribe en un papel los nombres de todos los que puedan tener una llave y se lo daré al agente Tripp para que los investigue. Esta noche será mejor que duermas en otro sitio —sugirió Callanach.

—No —contestó Natasha—. Ava recibió una amenaza de muerte y no huyó.

—¿Creéis que podría haber una conexión? Sois amigas desde hace mucho tiempo. ¿Hay alguien que pueda estar celoso de vuestra relación? —preguntó Callanach.

Ava miró pensativa el corazón y lo metió en una bolsa para llevarlo al laboratorio.

—No sabría decir quién podría encajar en el perfil. Nuestros caminos no se cruzan socialmente, salvo cuando salimos a tomar algo, y Natasha rara vez me ha presentado a una de sus chicas.

—Sin embargo, es una coincidencia bastante extraña —reiteró Callanach—. Tendré que abrir una investigación oficial para que puedan hacer las pruebas forenses, así que deberás hacer una declaración mañana por la mañana.

—No has dicho «debemos» —señaló Natasha—. ¿Tú no vas a participar en el caso, Ava?

—Actualmente estoy suspendida —respondió—. Podría haber sido peor. Dos semanas de permiso retribuido es un intercambio justo por poner en la palestra mi criterio profesional.

—Ay, cariño, lo siento mucho —se lamentó Natasha mientras la abrazaba—. Y ahora te he arrastrado a esto. Era lo último que necesitabas.

—Prefiero estar suspendida a que alguien deje algo así en mi casa. ¿Seguro que vas a estar bien? —preguntó Ava.

—Pondré la cadena en las dos puertas y cerraré las ventanas. No te preocupes por mí. Ha sido un suceso impactante, nada más.

—Voy a informar de esto ahora mismo —anunció Callanach—.

Les pediré a un par de coches patrulla que se pasen por aquí con regularidad para comprobar que estás bien.

Llámame si te preocupa cualquier cosa. Y tú será mejor que salgas de aquí antes de que lleguen los agentes —le dijo a Ava—.

No creo que sea buena idea que te encuentren en medio de la escena de un crimen ni una hora después de haber sido suspendida de tus funciones.

Callanach pensaba que estaba cansado, pero en cuanto llegaron a casa de Ava, se dio cuenta de que el sueño le sería esquivo y que a ella le ocurría lo mismo.

—¿Una taza de té? —preguntó Ava—. ¿O prefieres café soluble? No esperes que te prepare algo recién molido.

—Nunca te lo pediría —respondió él—. Echaría a perder la imagen bohemia y despreocupada que tengo de ti.

La casa de Ava era caótica pero acogedora.

La mayoría de los muebles parecían antiguos, pero se veían usados y queridos, en lugar impolutos y exhibidos como en un museo.

El mobiliario estaba pensado para ofrecer comodidad y calidez.

Callanach le echó un vistazo a su colección de películas y discos mientras ella fregaba las tazas en la cocina.

—¡No hay mesa de comedor! —gritó—. ¿Dónde comes?

—En el escritorio, o de pie si estoy ocupada. Normalmente en el suelo delante de la televisión cuando es tarde. Toma. Me temo que es descafeinado. ¿Podrás soportarlo?

—La próxima vez me lo traeré de casa.

—Si sigues así, no habrá una próxima vez. —Se tiró en un sillón y cerró los ojos—. Menudo día. Gracias por intentar defenderme ante Begbie, pero tiene razón, una suspensión es la única opción posible para resolver esta situación.

—Ya, pero no le viene nada bien a tu carrera.

—Estas cosas pasan, y las carreras se puede reconstruir. Mírate. Nunca me has contado por qué tuviste que dejar la Interpol, así que venga, habla, necesito escuchar las penas de otra persona. Como suele decirse: «Mal de muchos, consuelo de tontos».

Callanach reflexionó sobre ello. No era una historia que le gustara contar.

Por otro lado, seguramente ya estaban circulando rumores al respecto.

Desde un punto de vista táctico, le habría venido bien tener a alguien que escuchara su versión y, además, librarse de esa carga después de tanto tiempo podría ser justo lo que necesitaba para evitar otro desastre como el del aeródromo de Strathallan.

Todavía no le había confiado a Ava el incidente y ella no había vuelto a sacar el tema.

Pasaría algún tiempo antes de que se sintiera preparado para hablar de ello.

—Es la típica historia —dijo—. Hay una mujer implicada.

Astrid Borde era muy atractiva. Tenía el cabello largo color cobre, más claro en las puntas, pestañas tupidas, pómulos altos y un físico por el que un hombre pagaría generosamente solo por poder admirarlo.

Ya le había echado el ojo antes de que un colega los presentara, pero nunca había hablado con ella.

—Mi mejor amigo de la Interpol nos organizó una cita —le contó a Ava—.

Jean-Paul habría hecho cualquier cosa por la comida y Astrid se había ofrecido a llenarle el congelador con víveres suficientes para un mes si lograba convencerme.

Por desgracia, no lo sabía cuando acepté salir con ella.

Puede que eso me hubiera hecho sonar una señal de alarma.

Pero estaba soltero, no tenía mucho que hacer y no veía razón para negarme.

—¿No había directrices sobre las relaciones entre compañeros? —preguntó Ava; le dio un sorbo al té y colocó una almohada en su regazo.

—Ella era una empleada civil del Departamento de Contabilidad.

No había elementos conflictivos, no afectaría a mi trabajo sobre el terreno, por lo que no se aplicaban las normas.

Jean-Paul me dio su número de móvil y me lo guardé en el bolsillo, con la intención de llamarla en una semana o dos.

Al día siguiente, me preguntó por qué no la había llamado la noche anterior, y me dijo que ella esperaba mi llamada y que se había enfadado cuando no se había producido.

—¿No sabías nada más de ella? ¿Ni siquiera de oídas?

—Nada de nada —respondió—, pero a mi amigo lo estaba atosigando y al fin y al cabo solo tenía que hacer una llamada.

Supongo que me había molestado un poco su actitud, pero no tanto como para negarme a salir con ella.

Al final, quedamos esa misma noche y reservé en un restaurante.

Quería encontrarme con ella allí y hacerme el distante, pero ella insistió en que fuera a recogerla a su casa para que pareciera que me lo tomaba en serio.