Capítulo 26 #4
—Bienvenido, Callanach —saludó el comisario, con los brazos en jarras y los dientes apretados—. No recuerdo haber solicitado su presencia en esta reunión.
—Son las once de la noche —respondió él—, así que no me parece una reunión formal, sobre todo porque Ava no está acompañada de ningún representante sindical.
—No hace falta que mencione los procedimientos disciplinarios, inspector. ¡Tengo un poco más de experiencia que usted! —gritó Begbie.
—No pasa nada, Luc, puedo cuidarme sola —dijo Ava.
—Yo también la estoy protegiendo, por si lo ha olvidado. Tengo a la mitad de la Iglesia católica de Escocia pidiéndome su cabeza. Dicen que ha abusado de su autoridad —murmuró el comisario, furioso.
—Entonces, écheme —le soltó Ava—. Estoy dispuesta a reconocer que estaba expresando mi opinión personal. Ignoré mi formación y mi cargo. ¿Puedo irme ya? —Parecía agotada y harta. Callanach le dio la botella.
—¿Y esto? —preguntó.
—Es un regalo de Jonty Spurr, el forense del caso de Elaine Buxton.
Por cada persona a la que has ofendido hay una docena que te admiran por lo que has dicho.
—Callanach hizo un esfuerzo por bajar la voz—.
Señor, no puede dejarse influir por la opinión pública.
La ejecución del caso fue impecable y salvó quién sabe a cuántas otras chicas de los mismos tormentos.
La inspectora Turner merece un ascenso, no una reprimenda.
—Tengo que hacer algo —suspiró Begbie—, o no podré protegerte, Ava.
En breve no tendré el control de la situación.
La carta publicada en el Herald esta mañana era poco menos que un llamamiento religioso a las armas y nos acusaba de tener prejuicios y de degradar al Cuerpo de Policía.
Lo siento, pero tengo que pedirte que aceptes una suspensión de catorce días durante los cuales llevaré a cabo una investigación oficial y redactaré un informe.
—¿Y para qué servirá eso? —protestó Callanach. Sabía que se había pasado de la raya, pero estaba demasiado enfadado para parar.
El comisario se levantó.
—Para darle un poco de tiempo a todo el mundo y calmar las aguas.
Y significará que habré seguido el procedimiento, así que tal vez cuando me entere de que la inspectora Turner llevó la investigación de una forma impecable, sin acusar a la Iglesia católica, la atención se centrará en los abusos perpetrados en el colegio y no en nosotros —explicó, subrayando las cuatro últimas palabras con un golpecito de la punta del dedo índice sobre el escritorio.
—Pero habrá una mancha en el expediente de Ava… —dijo Callanach alzando la voz.
—Déjalo, Luc —le pidió ella—. El comisario no tiene elección.
—La Iglesia católica está levantando una polvareda para desviar hacia otro lado la atención pública —continuó Callanach.
—Pero yo debería haberlo previsto y haber evitado presentarles mi cabeza en bandeja. Mi madre siempre decía que yo era mi peor enemiga. No me puedo creer que al final le haya dado la razón.
—Y una cosa más —los interrumpió Begbie—.
Esta mañana ha llegado un paquete al departamento y solo ponía: «A la atención de la inspectora».
Era una botella de champán Louis Roederer Cristal y estoy seguro de que no lo he pronunciado correctamente y de que no podré permitirme comprarlo nunca.
Al parecer, lo entregó en mano alguien que firmó como Joe Smith, que llevaba una sudadera con capucha y gafas de sol.
La nota del interior decía: «¿Qué es la vida sin placer?
», pero no pone el nombre del remitente.
Esta pequeña travesura me ha costado una hora de mi tiempo, porque me he visto obligado a comprobar si existía algún riesgo para la seguridad, así que le ruego a quienquiera de ustedes dos que esté involucrando a mi departamento en su vida sentimental que le pida a su admirador que se mantenga alejado de aquí.
—Esto es como lo de las rosas —murmuró Callanach—. Te dije que dieras parte.
—Calla —susurró Ava—. De acuerdo, comisario. Tiene razón. Nos vemos en quince días.
Tiró del brazo de Callanach y cerró suavemente la puerta de Begbie.
—Deberías habérselo dicho —se quejó él cuando estuvieron en su despacho.
—¿No crees que mi vida ya es bastante complicada? —respondió ella.
—Un regalo anónimo puede que sea una broma, pero dos es acoso. ¿Y si proceden de la misma persona que envió la amenaza de muerte?
—No es exactamente el mismo modus operandi, ¿verdad? ¿O es que estabas enfermo cuando te lo explicaron en la academia de Policía? Mira, estoy cansada y mi día aún no ha terminado, ¿podrías guardarte el sermón para un momento más oportuno?
—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó él.
—En realidad, necesito tu ayuda. Me he quedado atrapada aquí por este asunto, pero Natasha me ha llamado antes y estaba muy alterada.
Cree que ha entrado alguien en su casa. Le he prometido que me pasaría a echar un vistazo.
Dado que estoy suspendida, puedo ir allí como amiga, pero si fuera necesario actuar, mi presencia allí sería inútil. ¿Me acompañas?
—Solo si te llevas el güisqui.