Capítulo 26 #3
—Los delitos sexuales suelen contener altos niveles de impulsividad. Incluso cuando se elige a la víctima por un motivo concreto, el agresor suele llegar a perder el control.
—¿Está sugiriendo que no las violó? —preguntó Salter.
—No, pero me sorprendería que esa fuera la motivación principal.
Dedica demasiado tiempo a la planificación para ser el típico violador en serie.
Es demasiado clínico, demasiado limpio. Volvamos al coche.
Todavía tenemos que ir en la otra dirección y comprobar el otro extremo del camino.
Si seguimos a este ritmo, no llegaremos a Edimburgo hasta por la noche.
El centro de actividades al aire libre parecía desierto. En un trozo de papel colgado dentro de la puerta de cristal había un número de teléfono móvil, de a saber cuándo, pero alguien lo cogió cuando Callanach llamó subido a una roca, el único lugar donde había cobertura.
—¿Sí? —respondió una voz femenina. Callanach se presentó y le dijo quién era. Un par de minutos después, la cerradura giró y apareció una chica.
Salter le explicó que estaban investigando el incendio del refugio. La chica tuvo el tacto de no mencionar a Elaine Buxton, pero era obvio que lo sabía.
—Está un poco lejos de aquí —comentó—. No sé cómo puedo ayudarles.
—Buscamos a un visitante que pueda haber destacado por su forma de vestir o de comportarse. Debió de quedarse aquí unos días en las semanas anteriores al incendio. Llevaba prismáticos, probablemente, y una cámara.
—Todos los que vienen llevan prismáticos y cámara —replicó la chica—. En temporada alta nos visitan cientos de personas a la semana. A veces hay grupos de turistas que bajan aquí y se suben de nuevo al autocar al final del sendero.
—El hombre que buscamos era de mediana edad, estaba solo y quizás no vestía como uno esperaría de un excursionista. —La expresión de la cara de la chica le hizo darse cuenta de que tenía algo que decir—. ¿Qué pasa?
—Excursionistas solitarios —murmuró, abriendo un armario y sacando un archivador—.
Tenemos una lista, con nombres y matrículas.
No es habitual que alguien recorra este camino solo y, si le pasase algo, tardaríamos en darnos cuenta.
Si un coche sigue aparcado aquí después de cuarenta y ocho horas, comprobamos el listado y le damos el nombre a la policía.
En algunos lugares hay salientes bastante pronunciados que pueden atraer a los suicidas.
Salter abrió el registro y hojeó los últimos meses.
—No hay muchos nombres —le dijo a Callanach—. Tardaremos poco en compararlos con las matrículas.
—Espero que lo atrapen —comentó la chica—. Aquí se respira siempre un ambiente de paz y seguridad. Esta historia lo ha estropeado un poco.
Salter le sonrió. Por primera vez desde que había comenzad la investigación, Callanach vio algo más que preocupación en el rostro de la agente.
—Lo haremos —respondió Salter—. Pronto.
Ya en el coche, programaron el navegador para que los llevara a Edimburgo. Salter conducía mientras Callanach llamaba por teléfono para dictar los nombres de la lista previa a la muerte de Elaine Buxton, hasta seis meses antes.
—Por fin hemos hecho progresos importantes. Tenía razón sobre seguir la investigación en lugar de los cuerpos. Seguro que a partir de ahora el sargento Lively lo valora más, señor.
—Seguro que el asesino utilizó un nombre falso —meditó Callanach—. No será tan fácil. No cantemos victoria antes de tiempo.
Encendió la radio y pasó por varias emisoras hasta que sintonizó una que estaba retransmitiendo las noticias.
Esperaba encontrar el caso de los bebés muertos en las noticias principales, sobre todo si ya habían salido a la luz los detalles sobre el colegio St. Gerard Majella.
Todavía no había tenido tiempo de leer un periódico.
Miró la botella de güisqui puro de malta que le llevaba a Ava.
Que no hubiera respondido a sus llamadas la noche anterior era una mala señal.
Ciertamente, los medios de comunicación informaban de los crímenes con todo el detalle que permitía la minoría de edad de las niñas.
Subió el volumen cuando el locutor mencionó a la Iglesia.
«Ningún representante de la Iglesia católica estaba disponible esta mañana para hacer declaraciones en persona —dijo—,pero el Vaticano ha emitido una declaración escrita en la que condena las afirmaciones hechas por la inspectora Ava Turner en la rueda de prensa de anoche».
Se oyó un breve zumbido cuando se inició la grabación y, a continuación, la voz de Ava llegó a través de la cabina tan clara que parecía estar en el coche con ellos:
«Es absurdo que en nuestra época una religión pueda imponer su doctrina a las niñas y negarles el acceso a una consulta médica correcta y equilibrada, y a la atención de profesionales libres de prejuicios.
Lo ocurrido a estas niñas, recluidas en una institución, a instancias de sus padres, con el único fin de impedirles ejercer la libertad de elección sobre su embarazo, equivale a la tortura.
Los cargos más altos de la Iglesia católica deben pronunciarse al respecto de este asunto.
No estamos en la Edad Media. Lo que ha ocurrido en St. Gerard Majella no es un signo de devoción, como tampoco lo era la Inquisición cuando quemaba a mujeres acusadas de brujería».
La voz del locutor interrumpió la grabación de Ava. «La policía ha revelado que solo hay una religiosa acusada de agresión y que un hombre ha sido interrogado en relación con un presunto caso de violación. Tres chicas están ayudando a la policía con la investigación».
Callanach apagó la radio y suspiró.
—¡La inspectora Turner es fantástica! —exclamó Salter—. Yo nunca habría tenido el valor de hablar así con la prensa.
—Sufrirá las consecuencias —respondió Callanach.
—Pero tiene razón —protestó Salter—. ¿Cómo puede meterse en problemas por decir la verdad?
—A veces no basta con tener razón —replicó Callanach—, también es necesario fingir que no se tienen opiniones personales. Lléveme a la comisaría, Salter. Tengo que ponerme al día con lo que ha pasado.
Salter condujo como un demonio y no encontraron tráfico.
Dos horas más tarde, estaban en las afueras de Edimburgo y ya tenían confirmación de que la mitad de los nombres del listado coincidían con los números de matrícula.
El sargento Lively había escrito para decir que estaba supervisando personalmente las comprobaciones y que se quedaría en la comisaría toda la noche para terminar el trabajo.
Ava estaba detrás de una puerta cerrada con el comisario Begbie cuando llegó Callanach. No estaba dispuesto a esperar una invitación para unirse a la fiesta y tampoco estaba de humor para aceptar guardar silencio, así que irrumpió en el despacho de Begbie.
—Comisario —dijo antes de que se cerrara la puerta—. Usted no estaba allí, no vio lo que nos encontramos. Lo que dijo la inspectora Turner en la rueda de prensa fue una observación acertada.