Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Aquí es donde los perros encontraron el bate de béisbol enterrado. A pocos metros estaba el diente del que obtuvimos el ADN de Elaine Buxton. Estamos en un punto ligeramente más alto que el refugio, por lo que no puede estar a medio camino entre este y su coche.

—Entonces, debió de venir hasta aquí a propósito para deshacerse del bate por si lo paraban en el camino de vuelta. Quizás ni siquiera se dio cuenta de que había un diente pegado —sugirió Salter, dándole una patada a un pequeño montón de tierra.

—No cree que pasara eso, ¿verdad? ¿Qué hay de malo en esa teoría?

—No sé, no me parece correcta —respondió ella—, pero no sabría decir exactamente por qué.

—Para mí, son los excursionistas —dijo Callanach—.

Es un plan demasiado perfecto, demasiado bueno.

Hemos estado mirando en el lugar equivocado, concentrando nuestros esfuerzos donde él nos condujo, es decir, aquí.

Creo que deberíamos buscar allí. —Levantó un brazo para señalar hacia la oscuridad—.

Aquí fue cuidadoso. Sabía cuándo podía venir sin ser visto, y lo sabía porque había recorrido el camino desde el que nuestros dos amistosos excursionistas divisaron el incendio.

Debió de hacerlo para no arriesgarse a ser descubierto antes de tiempo.

—¿Cómo es el otro lado del valle? —preguntó Salter.

—Buena pregunta —comentó Callanach—. La ruta de senderismo está restringida.

Comienza en un camping al norte y termina al sur en un aparcamiento con un centro equipado para actividades al aire libre.

Es larga, difícil y no tiene ramificaciones evidentes.

Por eso eligió este lugar. Por eso tampoco tenía sentido que viniera hasta aquí para deshacerse del arma homicida.

Imagina que hiciste una investigación profunda, fuiste muy cuidadoso, encontraste el lugar perfecto para quemar el cuerpo y recorriste un camino de varios kilómetros para hacer un reconocimiento de día caminando a una velocidad media.

También encontraste la forma de transportar el cuerpo del coche al refugio e incluso lo rociaste con acelerante para que ardiera más deprisa porque sabías exactamente cuánto tardaría en aparecer algún testigo.

—Es imposible que se asustara y tirara el arma al suelo —intervino Salter.

—¿Y con un diente todavía pegado? Imposible —concluyó Callanach—. Sabía que lo encontraríamos.

—¿Y el jirón de pañuelo que escapó al fuego porque estaba debajo de una piedra? —preguntó Salter.

—Creo que no hay errores ni coincidencias.

—Así que nuestro hombre no tiene la personalidad caótica descrita por el profesor Harris. Entonces, ¿en qué más se ha equivocado?

Callanach se agachó y pasó las manos por el suelo.

—Harris está equivocado en el remordimiento.

El asesino quería que encontráramos los cuerpos.

Quería que supiéramos que esas mujeres estaban muertas.

No sabría decir por qué. Tal vez para presumir o para causarles dolor a las familias o desencadenar el miedo y el pánico.

Quizá para él sea un juego, le da placer.

De lo único que estoy seguro es de que todo lo que hemos encontrado hasta ahora es lo que él quería que encontrásemos.

También la carretilla con la bolsa de ropa.

Sabía que la marea la dejaría allí. Era un regalo para nosotros.

—¿Como si fuera un trofeo? —preguntó Salter.

—Para dejar pruebas —dijo Callanach—. La única forma de encontrarlo es ignorar lo que está dejando para nosotros y examinar su investigación. Vámonos. Tenemos una excursión por la mañana.

Salter había hecho un gran trabajo con la elección del alojamiento.

El desayuno era una montaña de proteínas en un plato y, por primera vez, Callanach accedió a tomar té con leche.

La primera parada de la mañana fue la pequeña comisaría de Braemar.

Mientras cruzaban el puente sobre el gélido y caudaloso Clunie Water, Callanach se detuvo a observar la vieja estructura de piedra que se mantenía en un precario equilibrio sobre el río.

Se preguntó cuánto duraría; estaba construida en forma de pequeña torre, expuesta al viento cortante del invierno en las Highlands.

Pasó una mano por las piedras desgastadas y escudriñó el agua oscura que había debajo.

—Hoy está usted muy pensativo, señor. ¿Va todo bien?

—La inspectora Turner no contestaba al teléfono anoche —respondió. Había intentado llamarla tres veces a lo largo de varias horas para reconciliarse—. ¿Habló usted con alguien de la comisaría?

—No, me fui directamente a dormir. Eso es lo que hago cuando no tengo televisión en mi habitación. Seguro que me ha venido bien —comentó ella.

Un coche los adelantó tocando el claxon y vieron la cara de Jonty Spurr.

—Vamos, Salter, llegamos tarde —la animó Callanach.

El forense estaba aparcando cuando llegaron hasta donde se encontraba. Bajó con una carpeta y una botella.

—Inspector Callanach, no pensé que volveríamos a verlo por aquí. ¿Entramos? —dijo Spurr con voz atronadora. Lo siguieron hasta la comisaría, donde habían colocado unas sillas alrededor de una mesa—. ¿Qué quieren saber?

—¿Qué sabemos de la sangre que había en el pañuelo? —preguntó Callanach.

—Definitivamente, era de Elaine Buxton, no hay duda del ADN.

La sangre estaba muy seca, pero era de esperar por el fuego.

Como saben, ese pedazo de tela se salvó solo porque estaba muy atascado debajo de la piedra.

Aquí tienen una foto. —Les tendió una hoja de papel fotográfico tamaño A4.

Arriba había la imagen de un retazo de tela con flores y bordes deshilachados, con una mancha marrón en una esquina.

—La sangre tiene una forma bastante regular en los bordes —comentó Callanach, señalando los bordes de la mancha en la foto—. ¿Qué significa eso?

—Que no llegó allí como una salpicadura.

Es una sola mancha de sangre en el borde de un pañuelo, así que solo hay dos posibilidades: o es una gota que cayó desde arriba, o bien la tela fue sumergida en sangre.

Por decir algo, no es el tipo de mancha que verías si alguien hubiera llevado la bufanda durante un tiroteo.

Callanach asintió.

—Y aquí, alrededor de los bordes, las fibras son del mismo color que el resto del tejido —dijo.

—Ese trozo de tela no se ha quemado —añadió Salter—. Usted tenía razón.

—¿Sobre qué? —preguntó Jonty Spurr, inspeccionando la foto más de cerca.

—Que este trozo de tela, así como el bate de béisbol y el diente, fueron puestos allí para que los encontráramos.

Si se hubiera quedado atrapado accidentalmente debajo de la piedra y el resto del pañuelo se hubiera quemado, los bordes estarían ennegrecidos.

Estos están dentados, probablemente los cortaron.

Significa que el asesino eligió un trozo del pañuelo de Elaine manchado de sangre y lo puso ahí para que lo encontráramos.

—¡Qué tipo tan listo! —comentó Jonty.

—Sí —replicó Callanach—. Demasiado listo para nosotros, por lo visto.

—No estaba hablando de él —dijo Spurr—. A veces, en mi trabajo, me doy cuenta de que me fijo tanto en los detalles que me pierdo la visión de conjunto. ¿Algo más?

—Los dientes —comentó Callanach.

—Son sin duda de la señorita Buxton. Comprobamos sus expedientes dentales. Los dientes se deterioran ligeramente a altas temperaturas, pero no se queman, y el que estaba junto al bate de béisbol aún tenía tejido blando adherido. El ADN confirmó la misma historia.

—¿Podría pedirle al odontólogo forense que le eche otro vistazo?

Llámelo desesperación si quiere, pero nos sirve cualquier cosa que logren encontrar que no buscáramos la primera vez, como fragmentos de comida que puedan decirnos lo que le daba de comer o sustancias químicas en el esmalte que sugieran en qué entorno la mantuvo prisionera.

Todo lo que pueda haberse pasado por alto cuando solo intentábamos confirmar su identidad.

—Me ocuparé de ello enseguida —aprobó Spurr—. ¿Podría devolverme el favor cuando vuelva a Edimburgo? —Cogió una botella brillante de güisqui puro de malta—. Désela a la inspectora Turner de mi parte.

La etiqueta llevaba el nombre de Lagavulin. Brillaba como la miel dorada y presumía de tener dieciséis años. Callanach sintió la tentación de abrirla inmediatamente.

—No sabía que conocía a Ava —comentó.

—No la conozco en persona —admitió Spurr—, pero vi su discurso en la rueda de prensa que dio anoche en televisión. Tiene agallas y la admiro por haber expresado su punto de vista. Por desgracia, me temo que tendrá problemas con sus superiores. Pensé que el güisqui podría animarla un poco.

—¿Podría ser más preciso? —preguntó Callanach.

—¿No la vio? —Jonty enarcó las cejas—. Su colega se enfrentó a toda la Iglesia católica romana sin ayuda de nadie. Decir que no fue nada delicada sería quedarse corto.

Tras una hora de viaje bajo una lluvia torrencial, llegaron al camping .

No había nada permanente, ni siquiera aseos y duchas.

Estaba sin vigilancia y solo había letreros que advertían a los excursionistas de que no dejaran basura ni encendieran fuego en el recinto del parque nacional.

Callanach y Salter empezaron a caminar sin quejarse del tiempo.

Era un mal día para ir de excursión y ambos lo sabían.

No habría servido de nada resaltar lo obvio.

Tardaron más de tres horas en llegar al valle, al otro lado del cual se divisaban los restos del refugio.

Incluso entonces, la lluvia torrencial limitaba la visibilidad, extendiendo una neblina a su alrededor.

Callanach comparó la posición con las declaraciones de los testigos, reflexionando sobre el empeño y la determinación del asesino.

Era tenaz y obsesivo, casi como si su objetivo fuera la propia planificación más que el acto de matar.

—El sexo no tiene nada que ver —dijo al gran valle que se extendía entre ellos y la cabaña.

—¿Cómo dice, señor? —preguntó Salter, deteniéndose un momento para hacer fotos y tomar notas.