Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

A la mañana siguiente, exactamente a las nueve, Tripp llevó a Liam Granger al despacho de Callanach. Era un joven de unos veinte años, algo nervioso y sin antecedentes penales.

—Solo quiero volver a escuchar su testimonio sobre la noche en que desapareció Jayne Magee. Afirmó haber visto a un hombre hablando solo —dijo Callanach.

—Correcto. En realidad, estaba murmurando, pero como si estuviera hablando con otra persona. Por eso me di cuenta. Al oírle discutir, me sorprendió no ver a nadie caminando a su lado. Al principio pensé que estaba hablando por el móvil, pero no llevaba nada en las manos —respondió Liam.

—¿Vio su cara?

—Lo siento, no tengo nada más que añadir a mi testimonio anterior. Ni siquiera podría decirle cuánto medía, porque yo iba en bici y estaba a oscuras. Sin embargo, tenía acento escocés, de lo contrario lo habría notado, y una voz bastante grave.

—¿Es posible que llevara auriculares Bluetooth? —preguntó Tripp.

—Tal vez, pero fue su forma de hablar lo que me pareció extraño. Estaba murmurando para sí mismo. Ojalá pudiera ser de más ayuda —se lamentó Liam; se subió la cremallera de la cazadora y se metió las manos en los bolsillos.

—¿Recuerda algo de lo que estaba diciendo? —preguntó Callanach.

Liam lo pensó.

—Oí dos cosas. Dijo algo así como: «Ahora vamos a Lane». Y luego el número doce. Eso lo oí perfectamente. Dijo «doce».

Eso fue todo lo que logró obtener del ciclista, pero fue suficiente para darle que pensar.

—¿Existe algo llamado «Lane» o «Lanes» en Edimburgo? —preguntó a Tripp mientras salían de la sala de interrogatorios para tomar una necesaria dosis de cafeína.

—Un club nocturno y, si no me equivoco, una tienda. ¿Por qué?

—Quiero más detalles. No veo a nuestro sospechoso yendo a un club nocturno.

—A lo mejor va allí a buscar a sus víctimas —sugirió Tripp.

—A estas víctimas no. A menos que tanto Elaine como Jayne tuvieran una vida secreta completamente en desacuerdo con todo lo que sabemos de ellas.

—Aun así, lo comprobaré. El local debería tener una lista de los clientes. ¿Y si es una dirección? ¿Lane algo, número doce? —dijo Tripp.

—Tal vez, pero si fuera la dirección de tu casa sería extraño decirla en voz alta. Me voy a Braemar esta noche con la agente Salter, volveré mañana por la noche. Mantenga al profesor Harris fuera de mi camino y avíseme si ocurre algo.

—De acuerdo —respondió Tripp—, pero el sargento Lively querrá saber a dónde ha ido.

—Dígale que estoy trabajando en esas preciadas y pocas pistas que tenemos, como sigue recalcando.

Callanach estaba a punto de subir al coche que Salter había cogido del parque móvil de la policía cuando Ava lo llamó.

—Luc, ¿puedes esperar un momento, por favor? —le preguntó, corriendo hacia él.

—Claro —respondió—. ¿Qué pasa?

Ava le hizo señas para que se alejara de la puerta abierta del coche, luego la cerró para tener un poco de intimidad.

—Acabo de contestar una llamada para el comisario Begbie. Por suerte no lo ha cogido él. Era de una mujer, una tal April Grady, del aeródromo de Strathallan. ¿La conoces? —Callanach miró a la agente Salter, que se estaba poniendo el cinturón de seguridad, y luego se alejó del coche. Ava lo siguió.

—No es un buen momento —respondió—. Voy a Braemar a revisar la escena del crimen. Tengo que examinar la vista de los testigos del incendio y me gustaría llegar antes de que anochezca. Esta conversación tendrá que esperar a mi regreso.

—Si me obligas a esperar, no tendré más remedio que informar a Begbie y no quiero hacerlo.

¿Te importaría contármelo? —preguntó en voz baja.

Callanach resopló y apretó la mandíbula.

Lo que hacía fuera del trabajo era asunto suyo.

April Grady no tenía derecho a hablar con otras personas sobre lo que había pasado—.

¿Es verdad lo que me ha dicho? —insistió Ava, yendo al grano—.

¿Evitaste abrir el paracaídas principal de manera deliberada?

—Perdí el sentido de la orientación —respondió Callanach—. A veces ocurre cuando te lanzas, por eso siempre utilizo el dispositivo automático como reserva. Someto mi equipo a un mantenimiento regular y siempre está en buen estado. No soy estúpido.

—No hay que ser estúpido para intentar suicidarse.

—No sabía que también eras psicóloga —replicó Callanach.

—¿De verdad quieres mantener esta actitud tan hostil conmigo? Por desgracia, me temo que en estas circunstancias es bastante contraproducente. ¿Qué esperas que haga?, ¿que finja que esto es una broma?

—Espero que me concedas el beneficio de la duda en lugar de dejarte influir por lo que otra persona, que no me conoce de nada, cree haber visto. Y espero que mi vida privada y mi trabajo sean dos cosas distintas sin que interfieran la una con la otra —afirmó.

Ava se quedó callada un instante, lo miró a la cara y a los brazos cruzados, y luego se metió las manos en los bolsillos.

—Está bien —dijo—, pero estás bajo presión, te has trasladado a otro país y tienes el peso de una investigación muy importante sobre tus hombros. Eres responsable de un equipo y no puedes permitirte distracciones. ¿Me prometes que lo tienes todo controlado? —le preguntó.

Callanach la miró directamente a los ojos.

—Te lo prometo —respondió. Ava asintió y se dispuso a marcharse, pero se detuvo y dio media vuelta.

—Estoy aquí si necesitas a alguien que te escuche. Lo sabes, ¿verdad?

—No necesito a una psicóloga —repitió Callanach, odiando la brusquedad de su propia voz.

—¿Y amigos? —preguntó Ava antes de irse.

El paisaje de colinas que pasaba por delante de las ventanillas de camino a Braemar era tan desolador como el ánimo de Callanach.

Era extraordinario ver cómo el panorama se iba quedando sin árboles a medida que aparecían los Cairngorms. Había algunas casas en ruinas, pero allí la agricultura era un ejercicio inútil.

Las señales advertían de carreteras heladas y subidas empinadas.

Edimburgo no estaba lejos en línea recta, pero si se estropeaba el coche allí en los meses de invierno, la civilización parecía estar a un millón de kilómetros.

Salter intentó un par de veces entablar conversación, evitando cuidadosamente mencionar el enfrentamiento con la inspectora Turner.

Probablemente no había oído nada, pero Callanach sabía que el lenguaje corporal debía de ser bastante claro.

Al final, Salter se rindió, encendió la radio y dejó que siguiera contemplando las vistas.

Cuando empezaron a subir las colinas, la temperatura bajó de repente.

Aquellos caminos podían ser traicioneros durante el día y más aún al anochecer, pero tenía que conseguir algo o se volvería loco.

—Vamos directamente a la escena del crimen —dijo—. Acérquese todo lo que pueda. ¿Tiene una linterna?

—Hay una en el maletero —respondió Salter—. De todos modos, no veremos mucho esta noche. ¿No sería mejor ir al amanecer?

—Tenemos dos cadáveres —replicó Callanach—. Habrá un tercero si no lo capturamos pronto, y lo poco que tenemos no se sostiene. Todo lo que dijo el profesor Harris lo ha dejado más claro que el agua.

—Pero yo pensaba que usted no estaba de acuerdo con el perfil, señor.

—Y así es, pero precisamente por eso me parece útil. Deje el coche aquí.

Salieron y echaron a andar. Salter llevaba botas de montaña, una elección sensata.

Callanach, se había puesto para la ocasión su único par de zapatos negros de vestir para intentar replicar los del secuestrador de la reverenda Magee.

No tenían ninguna adherencia al suelo y eran muy resbaladizos; una verdadera pesadilla.

—Mire esto, Salter —comentó—. Sus botas han dejado huellas profundas.

—Ella iluminó el suelo con su linterna, resaltando cada detalle de sus huellas.

Callanach le quitó la linterna e intentó ver su rastro.

Aquí y allá la vegetación estaba aplastada por donde había pasado, pero las suelas de cuero, lisas y planas, no habían dejado huellas visibles.

El asesino había ido y venido sin dejar ninguna señal de su paso por allí.

—¿Cree que lo había previsto o fue solo suerte? —preguntó Salter.

—Creo que es un hombre que crea su propia suerte —respondió Callanach, devolviéndole la linterna.

En el refugio, cogió un mapa y lo desplegó en el suelo.

Abrió una aplicación con brújula digital en su teléfono y examinó la geografía de los alrededores—.

A ver, la pared trasera de la cabaña está tallada en la roca.

Los excursionistas miraban desde el oeste.

La única posibilidad es que aparcara su coche más abajo y viniera andando hasta aquí.

Es imposible que pudiera arrastrar el cuerpo valle abajo, entre el refugio y la cima donde estaban los excursionistas.

—¿Cómo cree que lo movió? —preguntó Salter.

—Tal vez con algún tipo de trineo, para tirar del cuerpo con facilidad sobre el terreno accidentado.

Probablemente, cualquiera que lo hubiera visto habría supuesto que estaba transportando equipamiento deportivo o de acampada.

Lo que me interesa es la vista que tenían los excursionistas.

Estaban a mitad de una ruta de larga distancia, ¿verdad?

El inicio debe de estar a varios kilómetros de distancia.

El asesino sabía que nadie lo vería mientras descargaba el cadáver, porque es raro que un excursionista salga cuando está oscuro.

Y de todos modos, si alguien se hubiera aventurado a hacer una excursión nocturna, no habría podido verlo.

—Estoy de acuerdo —dijo Salter—, pero no entiendo cómo puede ayudarnos eso.

Callanach levantó el mapa e indicó un punto señalado con una cruz roja, comprobó la orientación con la brújula del teléfono e hizo una seña a Salter para que lo siguiera. Pocos minutos después, tropezó en un lugar donde la linterna no había logrado iluminar todas las piedras y se detuvo.