Capítulo 25 #3
De repente se hizo un silencio dichoso fuera y dentro de él.
Las voces se acallaron. El azul oscuro del cielo lo envolvió.
Contó mientras caía. Uno, dos, tres… Los segundos eran el paso del tiempo, el movimiento de su cuerpo en el espacio, una constante mientras la caída cobraba velocidad.
Cuatro, cinco, seis… Allí tenía el control sobre su cuerpo, podía hacer que hiciera lo que quisiera: girar, caer en picado bocabajo y luego volver a subir, deslizarse a la izquierda o a la derecha.
Siete, ocho, nueve, diez… La velocidad final.
Se precipitaría hacia el suelo, donde su cuerpo dejaría de estar a sus órdenes, donde volvería a la impotencia.
Había sobrepasado los tres mil quinientos pies, sin darse cuenta de que ya debería haber abierto el paracaídas.
Sentía la cabeza pesada, confusa. Quería volver a ser íntegro y vital, no ese hombrecillo medio fracasado en el que se había convertido.
Tres mil pies. Llevó la mano derecha a la espalda para agarrar la cuerda, sintiéndola bajo sus dedos, pero la soltó de nuevo, sin querer poner fin a la caída libre.
De repente estaba a dos mil pies de altura, caía demasiado deprisa, el suelo estaba demasiado cerca, los detalles se hicieron más claros, supo que estaba corriendo un riesgo insensato y se le humedeció la cara de lágrimas.
No quería morir, eso lo tenía claro. Pero en ese momento, cuando nada importaba salvo la sensación de libertad, cuando no se veía obligado a enfrentarse a la carcasa de hombre en que se había convertido ni a responder a las preguntas imposibles de los familiares en duelo, ni siquiera estaba del todo seguro de querer vivir.
Confió su futuro a la ciencia y al destino.
Quince mil pies. La adrenalina empezaba a provocarle náuseas. La cabeza le daba vueltas. Mil pies. Callanach cerró los ojos.
Dos segundos más tarde, a setecientos cincuenta pies, su dispositivo de activación automática abrió el paracaídas de reserva.
Notó una sacudida en la cabeza y balanceó los pies hacia el suelo mientras el paracaídas se desplegaba y atrapaba el aire en su interior, sin tiempo para maniobrar hacia ningún sitio que no fuera al que lo llevara el viento.
Si iba a sobrevivir, no quería acabar con una o ambas piernas rotas, o con la columna vertebral hecha pedazos.
Y de repente estaba en el suelo, con una sacudida como un despertar, como si solo hubiera soñado el salto.
—¿Qué le ha pasado a tu paracaídas principal? —gritó alguien—. ¿Estaba roto? —La instructora jefe se precipitó hacia él. Callanach se volvió para recoger el de repuesto, demasiado aturdido para responder, demasiado indiferente para preocuparse—. ¿Te has desmayado? ¿Estás herido?
—No, estoy bien —murmuró.
Ella le puso una mano en el brazo y revisó la mochila.
—No tiraste, ¿verdad? —preguntó. Callanach le sacudió la mano y se dispuso a marcharse—. Te estaba mirando —dijo ella—. Tenemos que hablar sobre lo que ha pasado.
—No estoy de humor —protestó Callanach.
—Acabas de confiar tu vida a un aparato electrónico —respondió ella; lo alcanzó y le bloqueó el paso—.
¿Lo has hecho para sentir una descarga de adrenalina o estabas intentando suicidarte?
—Callanach la esquivó y siguió caminando hacia el hangar—.
No se trata solo de ti. —La instructora jefe no se rendía—.
Has puesto en peligro la vida de otras personas al no seguir el procedimiento.
Lo sabes bien, porque tienes bastante experiencia.
¿Has visto alguna vez en qué estado queda un cuerpo que se ha estrellado contra el suelo porque el paracaídas no se ha abierto?
—He visto eso y más —respondió Callanach—. Y no necesito un sermón. Estoy bien, nadie ha resultado herido y mi AAD abrió el paracaídas de reserva.
—Te prohibiré el acceso a esta zona de lanzamiento durante seis meses y lo comunicaré a la BPA. Puedes contar tu versión de los hechos si quieres que tu seguro siga siendo válido. Con esa actitud no eres apto para saltar en paracaídas.
Callanach se detuvo. Vio que una pequeña multitud se congregaba para presenciar la reprimenda; los dos hombres lo miraban abiertamente, Penny escuchaba con la mirada baja y otros se preguntaban qué había ocurrido.
—Al parecer, no soy apto prácticamente para nada —respondió Callanach, dándose la vuelta.
Se había terminado la discusión. Guardó su equipo, recuperó sus documentos con las notas de la jefa instructora sobre su comportamiento escritas en tinta roja, para que fueran inmediatamente visibles en cualquier zona de salto.
Podría olvidarse del paracaidismo durante mucho tiempo.
Volvió al coche y se dejó caer sobre el asiento del conductor.
Llegó a casa una hora más tarde, sin recordar el viaje, pero con el breve tiempo pasado en la zona de salto de Strathallan grabado en su memoria.
Le habría gustado olvidar solo una cosa más, pero pensó que era imposible mientras se dejaba caer en el sofá y se cubría el rostro con los brazos, en un vano intento de bloquear el recuerdo de aquel día. Y de todo el año anterior.
Sufría estrés postraumático desde que Astrid lo había acusado de violación, pero odiaba ese diagnóstico.
No había un artículo que no hubiera leído ni una página web que no hubiera rastreado en busca de una cura.
Podía recitar toda la palabrería técnica como si fuera un psiquiatra.
Solo encontró la serena seguridad de que la impotencia no sería permanente, de que su incapacidad para responder a estímulos normales era consecuencia directa del trauma.
Era una reacción comprensible. Su cerebro había tomado el control de su cuerpo para protegerlo.
Se estremeció al pensar en lo mal que había tratado a Penny.
Intentó recordar su apellido y se dio cuenta de que ni siquiera se lo había preguntado.
Bebió un gran vaso de agua helada y despejó su mente.
Tras un año negando su trastorno, había llegado el momento de aceptarse tal como era o admitir la derrota.