Capítulo 25 #2
Pero Jayne Magee estaba gritando en su cabeza.
Callanach cerró los ojos. No podía estar allí.
Todos los casos que había investigado en el pasado, sin importar cuán tenso y nervioso estuviera, siempre desaparecían durante esos minutos de vuelo.
¿Cómo era posible que esa vez no estuviera funcionando?
Sacudió la cabeza, trató de concentrarse en la tierra, tiró de los cordones para dirigirse hacia el viento y dobló las piernas para prepararse para el aterrizaje.
Debería haberse sentido invencible. Siempre se había sentido así al aterrizar.
Cada vez era una pequeña victoria sobre la muerte, la consciencia de haber controlado el miedo y las leyes de la Física.
Ese día solo sintió un golpe fuerte, se vio obligado a correr brevemente porque iba justo de tiempo y sintió que nada en su vida estaba yendo por el camino correcto.
La ansiedad se había apoderado de él, invadiendo todos los aspectos de su vida como una enfermedad silenciosa.
Pasó diez minutos cerrando el paracaídas antes de caminar hacia el hangar.
Había que esperar más de una hora antes de poder saltar de nuevo.
Se sentía como un trapo. Nada era como debería haber sido: ni en su mente ni, desde luego, en su cuerpo. Era eso lo que lo estaba desviando de su rumbo: la incapacidad de relajarse, la tensión constante y creciente que no podía detener.
—Buen salto —dijo alguien. Era la mujer del avión. Callanach no aminoró el paso, obligándola a correr para alcanzarlo—. Me encanta tirarme en paracaídas al atardecer. La luz que hay aquí es preciosa. En el avión no tuvimos ocasión de presentarnos. Me llamo Penny.
Callanach se detuvo un segundo. Casi estuvo a punto de pedirle que lo dejara solo, sabiendo que era lo correcto.
Le habría gustado explicarle que no estaba de humor para charlar, pero no lo hizo.
Ignorando todos los mensajes que le enviaba la parte racional y sensata de su cerebro, le cogió la mano y se la estrechó.
—Luc —dijo—. Está claro que has saltado más veces aquí.
Tengo algo de tiempo libre. ¿Por qué no me cuentas algo sobre este sitio?
—En vez de responderle, ella sonrió. Callanach se quitó el casco y se pasó una mano por el pelo.
Regresaron charlando y mirándose a los ojos.
Callanach dejó que el proceso lo distrajera de la cacofonía que golpeaba sus oídos desde el interior.
Se quitaron los trajes. Bajo el ajustado mono de nailon, Penny llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Tenía el vientre plano y unas bonitas piernas. Él la miró abiertamente y a ella no pareció importarle.
—Es una pena quedarse dentro cuando se está tan bien fuera. Vamos a dar un paseo —ofreció.
Se pusieron las cazadoras y Penny abrió la marcha.
El aeródromo estaba enclavado en un impresionante paisaje rural y, aunque hacía algo de fresco, las vistas merecían la pena.
Había al menos cien tonos de verde, procedente del nuevo follaje que había llevado consigo la primavera, setos que delimitaban los campos y ovejas salpicando las laderas lejanas.
Caminaron durante diez minutos; saltaron dos verjas, invadieron terrenos privados y dejaron atrás el hangar y las miradas indiscretas.
Callanach la cogió de la mano cuando se acercaban a un bosquecillo en medio de un campo desierto.
Ella no mostró ninguna sorpresa. Era lo que estaba esperando y él desterró la culpa por lo que estaba a punto de hacer.
Con deliberada lentitud caminó hacia atrás hasta apoyar la espalda contra un árbol y tiró de Penny hacia él.
No era inusual que los compañeros de paracaidismo acabaran en una postura comprometida.
Muchos lo hacían. Era el resultado de una embriagadora combinación de peligro, miedo, éxtasis y un enorme subidón de adrenalina.
Aunque había que admitir que hacerlo en un campo junto a la zona de lanzamiento era un poco brusco.
—No estoy segura de que debamos hacer esto —murmuró ella—.
Acabamos de conocernos. —Eran palabras familiares para las que estaba preparado gracias a su vasta experiencia.
Si una mujer tenía dudas de verdad, decía que no quería hacerlo.
Si en cambio quería dejarse persuadir un poco más, decía: «No estoy segura» o palabras similares que tuvieran el mismo significado.
Era una forma de pensar sexista, lo sabía y se odiaba por ello, pero era incapaz de dejar de hacerlo. Necesitaba sentir algo, cualquier cosa; lo único que sabía era que tenía que intentar volver a sentirse vivo.
—¿No te parece que es lo más apropiado, estando aquí fuera, después de lo que acabamos de hacer? —susurró.
Ella no respondió y cerró los ojos mientras él le recorría el cuello con los labios hasta la base, deslizando la otra mano por debajo de la camiseta, desde la cintura hasta los pechos, lo que provocó que ella soltara un pequeño jadeo y se apretara contra él.
Pensó que era demasiado fácil; se sintió culpable, pero se dijo a sí mismo que no estarían allí si ella no hubiera querido.
Le enredó los dedos en el pelo y le acercó la cara a la suya.
Sus pupilas se dilataron y sus labios se entreabrieron.
Cuando la besó, comprendió que ella ya no iba a molestarse en fingir tener dudas.
La sintió abandonarse completamente contra él y deslizó los muslos entre sus piernas; le acarició los pezones con el pulgar, esperando la reacción que le diera el visto bueno para bajar más la mano.
Los gemidos y empujones que siguieron fueron suficiente consentimiento.
Le pasó los dedos por el vientre hasta el botón de la cintura, deslizó la lengua en su boca y la atrajo hacia él con más fuerza.
Penny no protestó cuando él le desabrochó los pantalones y dejó que cayeran hasta sus tobillos.
Callanach intentó sentirse tan excitado como ella.
Cerró los ojos y se apretó contra ella, restregando su cuerpo contra el suyo hasta que ella se apartó un poco para ponerle la mano en la ingle.
Fue entonces cuando él se quedó inmóvil.
Penny ladeó la cabeza, acentuando con ese pequeño movimiento su expresión interrogante.
Se esforzó por excitarse, luchando contra el pánico y el odio a sí mismo, y metió los dedos en sus bragas para tocar sus partes suaves y húmedas, diciéndose a sí mismo que podía hacerlo, deseándolo y, a la vez, maldiciéndose.
Ella gritó y abrió las piernas, dejándole hacer lo que quisiera.
Seguía sin sentir nada. Cuando ella intentó bajarle la cremallera, él se estremeció; quería más tiempo para domar esa falta de respuesta, se negaba a ceder.
—¿Pasa algo? —preguntó Penny—. ¿Estoy haciendo algo mal?
—No, todo va bien —murmuró Callanach entre dientes, pero el momento había pasado y él lo sabía, así que retiró la mano de su ropa interior y apartó la mirada mientras ella se subía los pantalones.
—Lo siento —dijo ella sacudiendo la cabeza—. ¿Quieres que haga otra cosa?
Debería haberla tranquilizado. Estaba mortificada por no haber logrado excitarlo.
El hecho de que no dejara de disculparse solo empeoraba las cosas.
Como mínimo, debería haberle dicho que no era culpa suya, pero en sus oídos solo sonaba la voz de otra mujer.
Su cuerpo ya no respondía al contacto femenino.
Nada lo estimulaba. No se le había puesto dura desde que su mundo se había roto en mil pedazos doce meses antes.
—No estoy de humor —le dijo a Penny—. Será mejor que vaya a comprobar si mi paracaídas está bien cerrado. Vámonos. —Echó a andar de vuelta hacia el hangar, a paso ligero, dejándola atrás.
—Podríamos ir a tomar algo después de tu salto —propuso ella—. Luego podemos intentarlo de nuevo.
—Tengo trabajo —replicó Callanach con brusquedad. Penny captó la indirecta. En el hangar, se alejó en silencio y lo dejó solo por fin.
Volvió a ponerse el mono, preparó el equipo, revisó el teléfono para ver si habían llegado correos o mensajes, y se alegró cuando escuchó la llamada veinte minutos antes de la salida y pudo repetir los procedimientos que pronto lo llevarían de nuevo al avión.
La conciencia de su cuerpo fallando volvía a él como un gas pútrido.
No podía reprimir sus pensamientos. Repitió las mismas comprobaciones antes de subir al Cessna.
Los dos jóvenes del salto anterior habían regresado.
Penny se había quedado en tierra, para evitarlo o porque ya no quería saltar más ese día; no lo sabía y no le importaba.
—Callanach —lo llamó el jefe de salto.
Levantó la vista bruscamente.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió.
—He tenido que llamarte tres veces. Intenta concentrarte antes de saltar.
Callanach miró por la ventanilla mientras el avión despegaba y el viento empezaba a silbar por la puerta, ahogando todos los sonidos excepto los de su mente.
Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza para desterrar el sonido de las voces, pero podía oír los gritos de Elaine Buxton ardiendo en una cabaña de piedra en las gélidas montañas de Cairngorm y los alaridos de Jayne Magee cuando la primera gota de ácido golpeó su piel, dentro de un barril en un almacén desierto.
No eran reales. No había pruebas de que esas mujeres hubieran sufrido tal destino en vida, pero su imaginación se empeñaba en mostrarle el peor de los escenarios.
Y de repente, el avión estaba en el aire y los dos chicos se estaban preparando para saltar.
Callanach oyó a una mujer gritar su nombre, jadeando e insultándolo, luego oyó la respiración errática y excitada de Penny, el gemido cuando la había tocado y el suspiro de decepción cuando se había retirado, flácido e inútil.
Avanzó hacia la puerta abierta, se agarró al marco y miró al suelo, tan lejano que parecía irreal. Desde allí arriba, los campos parecían suaves y dóciles, y la hierba, un lecho interminable dispuesto a absorber su dolor. Callanach saltó.