Capítulo 25
Los acontecimientos del día le pesaban en el estómago como si hubiera comido una copiosa comida grasienta.
Y como si los delirios grotescos de sor Ernestine y las desgarradoras revelaciones de Felicity no hubieran sido suficientes, había encontrado una carta manuscrita en su escritorio.
Callanach la había releído tres, quizás cuatro veces, y las palabras le resonaban en la cabeza mientras conducía.
Aún apretaba entre la palma y el volante el grueso papel color crema rayado con una caligrafía impecable; la tinta le manchaba la mano sudorosa.
Estimado inspector:
Tuve ocasión de conocerlo solo por un brevísimo momento en el funeral de mi hija y quería agradecerle todos los esfuerzos que ha hecho para encontrar al hombre que me arrebató a mi querida Elaine.
Era mi única hija viva. Su hermano pequeño, Charlie, murió cuando solo tenía unos días de vida y yo ya no tenía valor para tener más hijos.
Había creído ingenuamente que perderlo era lo peor a lo que tendría que enfrentarme.
La vida a veces nos juega malas pasadas.
Ahora tengo una idea más clara del infinito dolor con el que podemos ser puestos a prueba.
Es una pena que nunca llegase a conocer a mi pequeña.
Era tímida, un rasgo poco habitual en una abogada, sin propensión al conflicto, la guerra o el horror.
Que haya tenido una muerte tan violenta (y rezo para que se haya ido de esta vida rápidamente, sin saber lo que pasaba) es una injusticia demasiado grande para mí y no puedo aceptarla.
Su amigo, Michael, que pronunció un discurso muy bonito en la iglesia, me confió que se estaba divorciando.
Quería volver a Escocia y encontrar a Elaine que, según sus palabras, había sido el amor de su vida, a pesar de los años, los continentes y los malos matrimonios.
Pero no ha podido ser. Si pudiera ocupar su lugar, lo haría, un millón de veces.
No sé si tiene hijos, pero es un destino muy cruel querer tanto a alguien que te pasas horas lamentando que su truculenta muerte no te hubiera ocurrido a ti.
Sé que ha intentado encontrar a su asesino.
Le escribo solo para pedirle que no se rinda.
La atención pública a esta pesadilla se debilitará, lo sé, pero el monstruo que la creó no lo hará.
Por el bien de mi niña y por el bien de las demás madres que sufrirán por no poder volver a abrazar a sus niñas desaparecidas si no se detiene al asesino, por favor, no se rinda.
Creo que usted es el hombre adecuado para llevarlo ante la justicia. Siempre suya y eternamente agradecida,
Annabelle Buxton
Callanach rechinó los dientes. Habría sido más fácil de soportar si ella la hubiera tomado con él, quejándose o cuestionando su competencia.
Habría preferido que usara esas palabras sencillas y precisas para desahogarse de su dolor.
Le estaba fallando. No encontraba alivio a la frustración por el paso de los días y la falta de avances.
Callanach encendió la radio, buscó una emisora de música ensordecedora para no pensar y fijó la vista en el paisaje que había a los lados de la carretera.
A su derecha, se alzaban las colinas y el tráfico disminuía a medida que salía de la autopista y tomaba carreteras cada vez más sinuosas.
Un avión monomotor Cessna 206 sobrevoló su cabeza, a varios miles de metros del suelo, zumbando como una abeja.
El centro de lanzamiento de paracaidistas de Strathallan estaba operativo.
La instructora jefe del centro lo recibió en el mostrador de la recepción.
—April Grady —saludó, tendiéndole la mano.
Él se la estrechó y le tendió sus papeles.
Conocía el protocolo. Estaría un rato allí, esperando, mientras comprobaban el equipo y los documentos antes de que le dejaran acercarse a un avión, y no quería perder el tiempo—.
¿Ha saltado alguna vez aquí? —preguntó, aunque no era solo una pregunta: lo estaba poniendo a prueba.
—No —respondió—, pero mi licencia está activa y tengo el carnet de la British Parachute Association.
Le entregó la libreta roja que contenía la foto de su pasaporte, su firma, el certificado médico y los datos de su licencia.
—Le ruego que me disculpe, pero debo preguntarle si tiene otro documento de identificación consigo. Es que ha reservado tarde y me gusta saber quién utiliza nuestros aviones. ¿Le importa? —Le importaba mucho. Era otro retraso y ya estaba nervioso, pero de todos modos rebuscó en su cartera.
—En absoluto —respondió él.
Se había dejado el pasaporte y el carné de conducir en casa. El único documento que llevaba era su placa de policía. April Grady la comprobó sin hacer ningún comentario y pasó a su diario de saltos.
—Ha realizado doscientos cuarenta saltos —comentó—. ¿Dónde exactamente?
—Sobre todo en Francia. La zona de lanzamiento más cercana era la de Lyon-Corbas.
—Le entregó los documentos relativos a su equipo.
El paracaidismo era una pasión que había cultivado durante años, aunque no tenía mucho tiempo para los saltos.
Miró el reloj, sabiendo que tardaría otra media hora en revisar su equipo, seguir el procedimiento de la pista y cargarlo.
Finalmente lo dejaron solo para que se cambiara.
Se puso el mono y esperó a que el ruido en su cabeza se calmara, como siempre ocurría cuando estaba a punto de subir a un avión.
El paracaidismo era el remedio para todos sus males.
Cuando el avión despegaba, lo único importante era aterrizar sano y salvo.
Era una experiencia ajena en muchos sentidos, el único deporte en el que la muerte era la consecuencia inevitable cuando saltabas del avión, hasta que abrías el paracaídas y tomabas el control de tu caída.
Iba en contra de todo instinto, era completamente contrario a la naturaleza humana y era absurdo que fuera un deporte.
Sin embargo, allí estaba él, dispuesto a dar su salto número doscientos cuarenta y uno, tras pagar por el privilegio, sabiendo que volvería a tierra unos minutos más tarde y todo estaría igual.
La única diferencia sería que, en ese breve espacio de tiempo, sus sentimientos actuales se borrarían y serían sustituidos por adrenalina.
Eso era exactamente lo que quería: sentir algo más que frustración y rabia durante unos minutos.
Cuando lo llamaron veinte minutos antes de la salida, Callanach fue a la pista.
Más controles interminables de los paracaidistas y de los equipos.
Revisar cada detalle era vital y nunca le había molestado.
Pero esa vez era diferente. Había sido brusco con la instructora y ciertamente no estaba haciendo amigos, era consciente.
Saltaban con él otros dos hombres y una mujer.
Los hombres estaban en la veintena, llenos de testosterona y machismo, ocupados comparando en voz alta los lanzamientos hechos en el pasado, compitiendo con relatos pueriles.
La mujer era delgada y atractiva, y vestía un mono blanco y negro.
No pudo determinar su edad, pero estaba bastante en forma y demostró ser una persona muy segura de sí misma cuando fue a sentarse junto a él en el avión.
—Nunca te había visto por aquí —sonrió; se acercó a él y lo miró a los ojos, alzando la voz para poder hablar por encima del ruido que estaba haciendo el motor al arrancar. El Cessna giró hacia la pista, cogió velocidad y despegó rápidamente.
—Es la primera vez que vengo aquí —gritó Callanach, mirándola a su vez y dejando vagar distraídamente la mirada por su cuerpo. El mal humor lo volvía impulsivo.
—No eres escocés —comentó ella. Él sonrió, sabiendo lo que iba a provocar su sonrisa, anticipándose a su reacción. Y en efecto, ella se rio y se sonrojó—. Que comentario tan estúpido. ¿De dónde eres?
—Soy francés —respondió él—. Deja que te ajuste el casco.
—Comprobó que las correas estuvieran bien ajustadas bajo la barbilla acariciándole la piel con la punta de los dedos y haciendo que se sonrojara de nuevo.
Se acercó más de lo necesario, pegando una pierna a la de ella—.
Ya estás lista. —Se bajó la visera del casco y comprobó las correas.
El jefe de salto le tiró de la manga. Habían llegado al lugar adecuado y se encontraban a la altitud correcta.
Los dos jóvenes se acercaron a la escotilla y salieron juntos del avión.
Luego era el turno de la mujer, que le dedicó una tímida sonrisa y saltó al cielo azul.
De pie junto a la escotilla, el jefe de salto comprobó que estaba listo, miró hacia abajo para asegurarse de que los demás estaban lo bastante lejos y dio el visto bueno. Callanach se dejó caer.
Iba a tardar unos diez segundos en alcanzar la velocidad final.
Contó lentamente, comprobando el altímetro en su muñeca, sosteniéndola sobre su abdomen, con los brazos extendidos y las piernas abiertas, mirando al horizonte.
Trató de capturar el momento, ansiando que en su cuerpo despertara la sensación de la caída, pero solo notaba una extraña sensación de aburrimiento.
Habían pasado veinte segundos y la tierra estaba más cerca, pero aún no resultaba amenazadora.
Intentó despejarse, pero en los campos de abajo solo veía la cara de Elaine Buxton.
Donde no debería haber habido nada más que el viento en sus oídos, oyó las palabras susurradas de su madre, hasta que gritó para sofocarlas.
Treinta segundos, a tres mil pies de altitud sobre el suelo, llevó el brazo derecho a la espalda y tiró de la cuerda del paracaídas.
Tras un breve tirón, comenzó a flotar. Esperó a sentir aquello por lo que había ido hasta allí.
El vuelo tranquilo, la calma de la soledad, la libertad total para volver lentamente al mundo sin miedo…