Capítulo 24 #2
—¿Quiere decir en ese lugar al que llama «infierno», hermana?
—contestó Ava, sin molestarse en girarse ni en levantar la cabeza de los papeles—.
La existencia de un lugar de castigo y dolor es un tema muy interesante, lo reconozco.
La definición corresponde exactamente a lo que ustedes han creado aquí y en tantos otros aspectos de su religión.
A los niños a los que les cuentan que sus madres permanecerán en el purgatorio porque se suicidaron.
Mujeres de África que han contraído el VIH porque ustedes predican que al usar preservativos están cometiendo un pecado, aunque sean prostitutas.
A las esposas destrozadas y agotadas por numerosos embarazos en países del tercer mundo, porque les han dicho que está mal usar métodos anticonceptivos.
Hay muchos lugares que pueden describirse como el infierno, hermana Ernestine.
Una que conozco bastante bien es la prisión de Edimburgo, y usted gozará del privilegio de no tener que morir para saber cómo es.
Le aconsejo que se busque un abogado. Necesitará uno bueno.
Callanach esperó a que estuvieran solos.
—Se va a formar un buen alboroto mediático —comentó—. Tenemos que contenerlo hasta que encontremos a las otras dos chicas. No podemos fiarnos de los padres porque podrían limitarse a mandarlas a otro sitio.
—Llevará algún tiempo revisar los expedientes —dijo Ava—. Por desgracia, saldrá a la luz antes de que termine la investigación. Eso si las buenas hermanas no se han puesto ya al teléfono para avisar a sus padres.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte? —preguntó Callanach—. Tengo que hablar con un testigo que viene a la comisaría dentro de dos horas, pero hasta entonces soy todo tuyo.
—¿Puedes volver a hablar con Felicity? Tienes que intentar que te diga el apellido de Rebecca. Quizá cuando sepa lo que hemos hecho aquí esté dispuesta a darnos más información. Pediré que vengan a recogerte. Aquí tengo para un buen rato.
—Tienes para todo el día —replicó Callanach—. Veré lo que puedo hacer.
Un coche patrulla lo llevó de vuelta a la comisaría, donde la trabajadora social se reunió con él en el vestíbulo.
—El señor Costello insiste en que quiere hablar con su hija antes de que vuelva a interrogarla —le dijo—. Y ha venido con el abogado.
—Ha sido rápido —comentó Callanach—. ¿En qué estado está Felicity?
—Está bien, pero no quiere hablar con su padre.
—¿Le ha dicho el motivo? Es extraño que no quiera ningún apoyo de la familia —meditó Callanach.
—Eso depende de cómo sea el apoyo. Pero la respuesta corta es no, no quiere dar explicaciones.
Si logra averiguar algo al respecto, le estaría muy agradecida.
El señor Costello no se ajusta en absoluto a mi idea de padre cariñoso, a pesar de todo el dinero que se ha gastado en cuotas escolares —afirmó la trabajadora social.
—Deme diez minutos con ella. Mantenga alejados a los padres y al abogado.
—Pero tengo que estar con usted si quiere continuar el interrogatorio —objetó la trabajadora social—. De lo contrario, habrá una queja.
—No será un interrogatorio —aseguró Callanach—; solo una charla con los micrófonos apagados para aclarar un punto con un testigo. Le enviaré una copia de mis notas. ¿En qué sala está?
Se fueron en direcciones opuestas, Callanach con una lata de Coca-Cola y una chocolatina, y la trabajadora social retorciéndose las manos.
No estaba siguiendo el protocolo, pero había demasiado en juego para hacerlo todo según las normas.
Si no actuaban rápidamente, el colegio St. Gerard Majella impondría el silencio y no obtendrían nada de las exalumnas, y eso sería algo terrible.
Como Felicity era una acusada, podía interrogarla a solas si la seguridad de alguien estaba en peligro inmediato.
Sabía que era una exageración, pero estaba dispuesto a aprovechar ese resquicio para avanzar en la investigación.
—Felicity —saludó, y mientras se sentaba, le tendió la bebida y la chocolatina—.
La cámara está apagada, nadie nos está escuchando.
La trabajadora social está entreteniendo a tus padres y no tienes que ver al abogado si no quieres.
Hemos ido al colegio. La inspectora Turner todavía está allí.
Las niñas están recibiendo la atención médica adecuada.
Las que lo necesiten serán trasladadas a hospitales públicos.
—¿Sabe la hermana Ernestine que se lo he contado yo? —preguntó. Callanach vio el miedo en su rostro y resistió el impulso de decir abiertamente lo que pensaba de la monja.
—Ya no tienes nada que temer. Ha sido detenida por agresión e irá a la cárcel.
Felicity, todavía necesitamos tu ayuda. Las dos chicas de las que hablamos, una de ellas se llamaba Rebecca, ¿verdad?
Tenemos los expedientes escolares, así que pronto lo sabremos, pero si quisieras decirme el otro nombre, la encontraríamos antes y sería mejor.
—Las metería en problemas y nada de esto es culpa suya —respondió.
—Dime lo que puedas. Haremos todo lo posible para evitar que sean procesadas.
—Las monjas solo se ocupaban de nosotras hasta el parto, luego nos mandaban a casa.
Teníamos que inscribir al niño en el Registro y nuestros padres decidirían si se lo quedaban o lo daban en adopción.
Sarah Butler fue la primera. —Felicity hizo una pausa para abrir la lata—.
Las monjas insistían en que nos confesáramos.
Teníamos que hablar de lo que habíamos hecho para admitir nuestra inmoralidad.
Sarah se negó a hablar hasta que estuvo a punto de dar a luz, y entonces se rindió, estaba destrozada.
—Felicity tembló, mordiéndose piel de las uñas con tanta fuerza que su dedo corazón empezó a sangrar.
—Continúa —la animó Callanach—. Lo peor ya ha pasado.