Capítulo 24
—¿Vienes? —le preguntó Ava.
—¿Tú que crees? —respondió Callanach, acompañándola hasta su coche.
—He seguido el dinero. En las cuentas bancarias de John Costello solo he encontrado pagos al St. Gerard Majella y no había transferencias a ningún hospital privado. El colegio debió de organizarlo todo.
—Es increíble, ¿verdad? —comentó Callanach, y Ava encendió las luces del coche patrulla—.
Dos casos al mismo tiempo, uno relacionado con religiosas que han sido poco colaboradoras hasta el punto de encubrir delitos y otro con una parroquia que intentando ser útil solo consigue empeorar las cosas. ¿Crees en Dios? —le preguntó a Ava.
—Pregúntamelo dentro de un par de horas —respondió ella adelantando a un ciclista. Callanach cogió el teléfono y dejó que ella se concentrara en la carretera.
—Lo has hecho muy bien con Felicity —afirmó Ava mientras él examinaba los resultados en un buscador.
—Es solo una niña —respondió él.
—Lo sé, pero ha confiado en ti enseguida.
Ha debido de intuir que la entenderías, que eras diferente —concluyó Ava.
Callanach levantó brevemente la vista y la sorprendió mirándolo fijamente.
Ava se concentró de nuevo rápidamente en la carretera y él volvió a su teléfono.
Encontró lo que buscaba justo cuando llegaron al colegio.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Ava al ver que él despotricaba en francés.
—St. Gerard Maiella —dijo Callanach—. Es un santo italiano, patrón de las mujeres embarazadas.
Ava aparcó y caminaron hacia la imponente verja, aunque esa vez las barreras de hierro forjado no se abrieron automáticamente. Apareció una monja joven que habló desde el otro lado.
—La hermana Ernestine está ocupada. Me ha pedido que les diga que tienen que concertar una cita.
—Y yo exijo tener acceso a la información relativa a la muerte de dos niños —replicó Ava.
—Queremos ver la orden judicial —dijo la monja. Sonaba como algo que le habían ordenado decir.
Callanach dio un paso adelante.
—No creo que a la hermana Ernestine le guste la atención de los medios. Un retraso significaría que otras personas tendrían acceso a la información de la que disponemos.
Siguió una conversación susurrada en un walkie-talkie , un zumbido y, por arte de magia, la puerta se abrió. La hermana Ernestine había conseguido librarse de la pesada tarea que la mantenía ocupada y los esperaba tras la puerta de entrada.
—Vengan a mi despacho —ordenó, señalando en dirección al camino que habían tomado la vez anterior.
—No —respondió Ava—. Tengo motivos para creer que aquí hay pruebas y testigos que es necesario poner bajo custodia policial de inmediato. Abra la puerta, por favor.
—Esta es una propiedad privada —insistió la hermana Ernestine—. Los padres de estas estudiantes pagan mucho dinero por su educación No permitiré que entren y molesten a las chicas.
—Déjenos pasar —reclamó Ava, avanzando de una manera que dejaba bastante clara su determinación sin necesidad de recurrir a amenazas. Para Callanach, era un espectáculo verla en acción. La inspectora Turner era una fuerza de la naturaleza.
La hermana Ernestine abrió la puerta interior con una cara que podría haber derretido el metal.
Ava y Callanach subieron las escaleras, mientras que los agentes uniformados inspeccionaban el piso inferior.
Al final de un pasillo había un aula en la que entraron en silencio.
Las chicas se levantaron automáticamente, mostrando un respeto casi militar.
—¡Dios mío! —exclamó Callanach. Había albergado sus sospechas en el coche, pero no se esperaba lo que tenía delante.
—Están todas embarazadas —murmuró Ava, mirando a las chicas con la boca abierta—. De la primera a la última. Esto no es un colegio, es una maternidad.
—Nos ocupamos de las necesidades espirituales, físicas y educativas de estas niñas. Aquí las mantenemos a salvo, lejos de miradas indiscretas e influencias que puedan llevarlas por mal camino.
—¿Se refiere a influenciarlas sobre la anticoncepción y el aborto? —preguntó Ava—. ¿Estas chicas salen alguna vez del colegio? ¿Quién les presta atención prenatal? ¿Dónde dan a luz?
—Tenemos una unidad médica totalmente equipada y solo trabajamos con los mejores médicos y enfermeras.
—Por eso la cuota es tan alta —comentó Ava—. John Costello pagó una fortuna para mantener a su hija aquí. Quiero ver sus expedientes. Necesitaré los historiales médicos de todas las chicas que han dado a luz en el último mes.
—Eso no es posible —respondió la hermana Ernestine—. Se trata de información confidencial. Tendrá que proporcionarme nombres concretos.
—Felicity Costello hizo un pacto con dos chicas que conoció aquí, acordando que abandonarían a sus bebés para que murieran y así denunciar lo que estaba ocurriendo en este colegio. Así que me dará acceso a esos expedientes.
—Felicity Costello es una fulana impía que se ha acostado con un chico y se ha negado a confesar sus pecados.
—Le juro que haré todo lo que esté en mi mano para hacer que cierren este lugar. Los miembros del personal médico son testigos. Quiero sus nombres y datos de contacto en cinco minutos —exigió Ava, furiosa. Las chicas parecían atónitas; algunas lloraban, pero muchas más sonreían ante el espectáculo.
—¡Rebecca! —gritó una de ellas.
—Cállate, que te va a pegar con la vara —siseó otra.
La hermana Ernestine intentó cerrar la puerta entre el pasillo y el aula, pero Callanach se interpuso para mantenerla abierta.
—¿Rebecca era compañera vuestra? —preguntó a las chicas.
Hubo una larga pausa antes de que una de ellas asintiera—.
¿Alguien puede decirme el apellido? —preguntó, pero nadie respondió, y las chicas miraron nerviosas a sus compañeras y luego a la hermana Ernestine.
Callanach intentó un enfoque diferente—.
¿Os ha pegado alguna vez la hermana Ernestine?
—No contestéis —ordenó la monja que les daba clase.
—Está interfiriendo en la investigación —replicó Callanach.
—¡Esto es un ultraje! —exclamó la hermana Ernestine. Ava se interpuso entre ella y las chicas, sin dejar lugar a dudas de quién estaba al mando.
Una alumna levantó el brazo. Callanach pensó que le estaba pidiendo permiso para hablar, pero entonces vio los moratones rojizos que tenía en la palma de su mano.
Estaba en un estado muy avanzado de gestación, pálida y agotada.
Otra siguió el ejemplo y, por último, una chica se alzó la falda larga hasta media pantorrilla y se dio la vuelta para mostrar las mismas marcas detrás de las rodillas.
—Hermana Ernestine, queda detenida por agresión. Acompáñeme a su despacho. Necesito acceder a todos los expedientes e informarle de sus derechos. —Ava cogió a la monja del brazo y la condujo por el pasillo.
Callanach miró las caras ansiosas que tenía delante.
Por mucho que quisiera sacarles información, esas chicas eran menores de edad.
Necesitaba el consentimiento de los padres para interrogarlas —quienes, paradójicamente, eran los mismos que las habían encerrado allí—, o la presencia de una trabajadora social.
Cualquier cosa que se dijera en ese momento habría sido extraoficial y se habría rebatido duramente en el transcurso de un eventual juicio.
Las chicas eran vulnerables y, ante todo, había que tener en cuenta su salud. Tenía que seguir el procedimiento.
—Sentaos, por favor. Tenéis que mantener la calma.
Pronto entrarán dos policías para tomar nota de vuestros nombres.
Habrá un médico presente para ver las heridas y para responder preguntas.
Tendremos que ponernos en contacto con vuestros padres, pero les diremos que deben llevaros a que os examine personal sanitario independiente de este colegio y en coordinación con los servicios sociales. Ya no hay razón para tener miedo.
Entraron dos mujeres policía y él fue a reunirse con Ava en el despacho de la hermana Ernestine. Volvió a mirar las ventanas y las puertas.
—El sistema de seguridad no era para impedir que entraran los ladrones, sino para evitar que las chicas salieran. ¿Qué pensaban que harían? ¿Practicar sexo? Es un poco tarde para esa medida restrictiva —ironizó Callanach.
La hermana Ernestine le dirigió una mirada de absoluto desprecio y aferró la cruz que llevaba en el pecho colgada de una cadena.
—Lo que habrían hecho es cometer un pecado mortal.
¿Cree que solo los hombres malvados con mentalidad de depredador matan a las personas?
Las mujeres también lo hacen, todos los días, en todo el mundo, por miles.
Todas habían expresado su deseo de hacer lo mismo.
Salvamos sus almas y las vidas de los niños que llevan.
Evitamos que se convirtieran en asesinas.
—Obligaba a estas niñas a llevar a término el embarazo cuando querían abortar, ¿verdad? —preguntó Ava dejando de abrir los cajones del escritorio por un momento.
—Estaba protegiendo la santidad y el valor de la vida humana. No eran niñas cuando se cubrían de deshonra, ¿verdad? ¿Por qué deben sufrir sus hijos no nacidos por sus pecados?
Llegaron dos policías uniformados.
—Llévensela a la comisaría para interrogarla —dijo Ava—. Y pongan esto en una bolsa de pruebas. —Llevaba en la mano la vara que Callanach había visto durante su primera visita—. Tendremos que interrogar a todas las chicas antes de poder determinar cuántos cargos de agresión tenemos que imputarle.
—Responderá ante el Señor por haber interrumpido el trabajo que realizamos aquí —dijo la hermana Ernestine.
—Responderé ante la justicia, que es un sistema más justo —respondió Ava, dándole la espalda para seguir buscando.
—Recibirá su castigo. Si no es en este mundo, rogaré a Dios que responda por ello en el otro —masculló la monja, aprovechando la reticencia de los policías a usar la fuerza para hacerla avanzar.