Capítulo 23
—Felicity Costello dice que solo hablará contigo —dijo Ava.
Callanach se pasó el teléfono a la mano izquierda para subrayar con la derecha algunas frases de la declaración de Liam Granger.
El ciclista que había visto al secuestrador de Jayne Magee hablando solo estaba de camino y Callanach quería estar bien preparado.
—No lo entiendo —respondió—. ¿Por qué quiere hablar conmigo?
—Dice que tú fuiste la primera persona que la ayudó. ¿Puedes hacerte cargo del interrogatorio?
—¿No te importa? —preguntó él.
—Mientras Felicity hable, no me importa quién se lleve el mérito. —Ava sonaba muy animada; todo el cansancio de la noche anterior se había esfumado, aunque se había quedado en su casa hasta que habían dejado de charlar, a las dos de la madrugada.
—Entonces, cuenta conmigo, pero tengo una reunión informativa con el profesor Harris —aclaró. No hacía falta que le confesara lo que estaba pensando—. Supongo que ya habré terminado a las nueve. ¿Puedes distraerla y mantenerla ocupada mientras tanto?
—Parece que hoy voy a desayunar fuera —comentó Ava.
Callanach se dirigió a la sala de reuniones. De buena gana se habría sentado atrás, pero la agente Salter lo informó de que le habían reservado una silla en primera fila.
—¿Llamó a Jonty Spurr anoche? —le preguntó.
—Sí. Y he reservado dos habitaciones en Braemar.
—Me había olvidado de ese hotel —se quejó Callanach.
—No se preocupe —dijo ella—. Estaba lleno porque acababa de llegar un grupo de turistas en autocar. Vamos a alojarnos en un bed and breakfast de la carretera. Tendremos que irnos mañana sobre las cuatro de la tarde, si le parece bien.
—Perfecto —respondió—. ¿Por qué no empieza esto ya?
—Al profesor le gusta que alguien lo presente. Según el sargento Lively, debería hacerlo usted.
Callanach resistió el impulso de quedarse sentado y fingir que no pasaba nada.
Sin embargo, logró improvisar un discurso, algo artificioso, agradeciendo al profesor Harris su ayuda y a la Iglesia Episcopal escocesa por la financiación otorgada.
Parecía más una entrega de premios que una reunión informativa.
—Gracias, inspector —dijo el profesor Harris mientras pulsaba las teclas de su ordenador portátil para iniciar la presentación—.
Esta noche he leído y he asimilado las pocas pruebas que hay.
—El agente Tripp resopló ante la insinuación despectiva—.
La primera diapositiva muestra las características físicas del asesino.
Sabemos que es un varón caucásico, de entre treinta y sesenta años, de estatura y complexión medias.
También sabemos que es lo bastante fuerte como para arrastrar el cuerpo de una mujer adulta, por lo que podemos deducir que está en buena forma.
—Callanach se atrevió a echar un vistazo a su reloj.
No quería hacer esperar a Felicity Costello, pero si Harris seguía mostrando todo lo que ya sabían, estarían allí todo el día.
—Entonces, basándonos en sus suposiciones, profesor Harris, ¿qué tenemos? —preguntó, tratando de acelerar las cosas.
—Las mías no son suposiciones, inspector, sino conclusiones basadas en análisis científicos y en muchos años de experiencia.
—Callanach se mordió la lengua—. Empecemos por lo irrefutable, la naturaleza sexual de los delitos.
Las mujeres objetivo son profesionales inteligentes y sociables, que presumiblemente están fuera de su alcance.
Es inevitable que las utilice para satisfacer sus fantasías sexuales, razón por la que sintió la necesidad de deshacerse de los cadáveres de forma tan definitiva.
De este modo ha impedido que la Policía Científica consiga pruebas de violencia sexual, lo que para él significa escapar de sus actos.
Sentirá vergüenza, remordimientos y probablemente sufrirá ataques de pánico.
En otras ocasiones, querrá revivir esas experiencias; puede que las haya grabado para volver a verlas, y es plausible que busque material pornográfico similar en Internet.
—Entonces, ¿deberíamos buscar a alguien con antecedentes de violencia sexual? —preguntó el sargento Lively.
—Desde luego —confirmó Harris—. Los delincuentes sexuales que llegan al punto de matar en el momento álgido de la violación empiezan inevitablemente con agresiones menores que luego van escalando.
La evolución del acoso es una tendencia clara en estos casos.
Deberían investigar a los delincuentes ya fichados que viven en la zona, empezando por los que han sido detenidos por exhibicionismo y terminando por los violadores.
Sin duda ya habrán consultado el registro de delincuentes sexuales de la zona donde vivían las dos mujeres.
Todas las miradas se volvieron hacia Callanach. Suspiró. Esperaba no tener que responder a ninguna pregunta.
—Sin pruebas de violencia sexual sobre ninguna de las dos mujeres, me pareció que limitarnos a considerar solo un tipo de delito reduciría demasiado la búsqueda.
El profesor Harris le dio una palmada en el hombro con actitud paternalista. Callanach reaccionó apretando los puños ante esta intrusión en su espacio personal. Pensó que cualquier perfilador decente sería capaz de leer su lenguaje corporal a un kilómetro de distancia. Pero al parecer Harris no.
—Bueno, por eso me llamaron. En cuanto al perfil psicológico, buscamos a una persona desorganizada, capaz de pensar con claridad a veces, pero solo durante breves momentos. Tiene un buen conocimiento científico y valdría la pena considerar a personas que trabajen en el sector industrial.
—No puede ser desorganizado —objetó Salter—. Secuestró a dos mujeres en su domicilio y se deshizo de sus cadáveres en lugares públicos sin que nadie lo viera. —A Callanach le habría gustado ascenderla allí mismo, en ese mismo instante.
—Como ya he dicho, es capaz de pensar con claridad —continuó Harris, imperturbable—, pero tenemos que examinar el resultado global.
Dejó el bate de béisbol y el diente de Elaine y tiró la carretilla con la ropa de la reverenda Magee.
Esas acciones corresponden a un delincuente presa del pánico o sobreexcitado, y esto es lo que nos permitirá atraparlo.
No es una persona capaz de mantener un puesto de trabajo.
La misma incapacidad que sufre para completar una tarea sin cometer errores se reflejará también en su vida laboral.
Probablemente pasa de una relación a otra.
Es capaz de iniciar una relación, pero no de mantenerla durante mucho tiempo.
Esas relaciones son con mujeres por las que no se siente amenazado.
Sus parejas tienen trabajos manuales o reciben una pensión.
—¿Y los zapatos? —lo interrumpió Tripp—. Estaban relucientes, impolutos, según afirmó el testigo del secuestro de Jayne Magee. ¿Cómo encaja eso en lo que acaba de decir?
—Mucha gente mantiene sus zapatos limpios, agente. —Callanach intentó no mirarse los pies, pero fracasó, y como él muchos de su equipo. Los zapatos del profesor Harris estaban inmaculados—. Al parecer, se trata de una habilidad de la que carecen las generaciones jóvenes.
—Exactamente —replicó Tripp—. Yo me habría puesto unas zapatillas deportivas para arrastrar una maleta hasta el coche. No entiendo por qué no lo hizo, a menos que no tuviera.
—Cierto —reconoció Harris—, pero lo único que nos podrá decir su calzado es el tamaño de su pie, no lo que pasa por su cabeza.
—Tripp parecía disgustado. Callanach pensó que incluso Harris sabía que se le había escapado un rasgo importante.
El problema era que el profesor no estaba dispuesto a admitirlo.
Sin duda volvería sobre la cuestión de los zapatos más tarde, formulando varias hipótesis con el sargento Lively—.
He pasado la noche revisando los demás expedientes de personas desaparecidas.
Aparentemente no hay más cadáveres, a menos que el asesino ataque de nuevo.
Fue entonces cuando Callanach cogió el teléfono, se lo acercó a la oreja y pidió a un interlocutor imaginario que esperara un momento.
No era una idea brillante ni tampoco original, pero era la única manera de salir de aquella sala.
Se sirvió un café aún más cargado de lo habitual, al que habría añadido con gusto un poco de güisqui si hubiera tenido, y se dirigió a la sala de interrogatorios donde lo esperaba Felicity Costello. Ava estaba en la puerta.
—¿Preparado? —le preguntó. Él asintió y entraron.
—Hola, Felicity —dijo—. Has pedido hablar conmigo, ¿verdad?
—Sí —respondió ella, con voz tímida, manteniendo la mirada baja.
—Tienes que hablar más alto —le recordó la mujer que estaba a su lado—. Esta entrevista está siendo grabada. Ya lo comentamos ayer.
—Solo quiero hablar con él —dijo Felicity—. No quiero a nadie más aquí.
—Soy una trabajadora social, no una policía. Estoy aquí para que te sientas más segura —explicó la mujer. Felicity se cruzó de brazos y clavó la vista en el suelo con el ceño fruncido.
—Podemos verlo todo desde la sala de vigilancia —sugirió Ava—. Usted podrá interrumpir la entrevista si le preocupa algo y Felicity podrá pedir una pausa cuando lo desee. —La trabajadora social no parecía contenta, pero al final cogió su bolso, derrotada.
—Felicity, soy el inspector Callanach. ¿Entiendes que todo lo que digas, cualquier admisión, podrá ser utilizado para acusarte de un delito? ¿Lo has entendido todo cuando te han leído tus derechos?
—No soy idiota —respondió ella.
—Lo sé —aceptó él—, pero tenía que preguntártelo. Forma parte del procedimiento. Además, puedes contar con la presencia de un abogado. ¿Seguro que no quieres que te consigamos uno?
—No, ya he visto al abogado de mi padre. Me ha pedido que no diga nada.
Callanach lanzó una mirada preocupada a la cámara.
Era un terreno peligroso y, sin duda, Ava también era consciente de ello.
No quería comprometer la admisibilidad de lo que Felicity estaba a punto de contarle.
Y lo que era más importante, no tenía intención de aprovecharse de la edad de la chica y de su falta de comprensión del sistema legal.
—Felicity, no tienes que contarme lo que te ha dicho tu abogado. De hecho, no deberías hacerlo. Puedes hablar de cualquier cosa con tu abogado y nada de lo que digas es asunto nuestro.
—¡No era mi abogado y no intentaba ayudarme! —gritó—. Me ha dicho lo que mi padre quería que me dijera. Pensaba que usted lo entendería, que me ayudaría.
—Vale —dijo Callanach—, ya me ha quedado claro. Lo siento. ¿Quieres hablarme del bebé?
La ira la abandonó de inmediato.
—Yo no quería que muriera —murmuró.
—Lo abrigaste muy bien para mantenerlo caliente y, de hecho, sigue vivo, así que hiciste un buen trabajo. ¿Hubo un médico presente en el parto? —le preguntó Callanach. Ella asintió—. ¿Oíste su nombre?
—No, no me gustaba… —vaciló—. Tenía miedo. Pensé que sería más amable.
—¿No lo fue? —inquirió Callanach. Ella respondió negando con la cabeza—. Felicity, acababas de cumplir catorce años cuando te quedaste embarazada, y eso según la ley significa que fuiste violada. ¿Puedes contarme lo que pasó?
—¿Puedo beber algo? —preguntó. Callanach observó cómo se mordía las uñas y se dio cuenta de que intentaba ganar tiempo.
Fue a buscar agua y esperó en silencio hasta que ella estuvo lista para hablar—.
No le diré su nombre. No quiero que mis padres ni la policía le hagan nada.
Sabía que mi padre me obligaría a dejar de verlo, así que no le dije que tenía novio. No me violó. Me gusta.
—Entiendo. ¿Puedes decirme cuántos años tiene, Felicity?
—Quince —respondió en voz baja.
—¿Y no te forzó o te amenazó de ninguna manera?
—Fue idea mía —respondió—. Le dije que no podía quedarme embarazada porque me estaba tomando la píldora.
Solo quería saber cómo era. —Callanach sonrió y confió en que Ava pensara como él: que era mejor abandonar esa línea de investigación.
Independientemente de los tecnicismos legales, aquello parecía un caso de curiosidad mutua entre adolescentes que había acabado mal, no el motivo de una investigación por violación.
—Entonces, ¿por qué dejaste a tu hijo en un parque público? Debías de estar muy conmocionada para hacerlo. —De repente, los ojos de la chica se llenaron de lágrimas. Callanach empujó una caja de pañuelos de papel hacia ella—. Podemos parar si quieres.
—Hice una promesa —respondió.
—¿Una promesa? —le preguntó Callanach—. ¿A quién, Felicity? ¿Al padre del niño?
—No —respondió ella—. Nunca le dije que estaba embarazada.
Se lo prometí a mis amigas. Decidimos hacerlo las tres y ellas lo hicieron; luego, cuando me tocó a mí, ya no quise, pero me sentía demasiado mal por ellas, era como si las estuviera traicionando.
—Se llevó las rodillas al pecho y se abrazó las piernas, dejando que las lágrimas fluyeran sin molestarse en secarlas.
—Felicity —susurró Callanach. Ella sorbió por la nariz un par de veces antes de mirar hacia arriba—. Tienes que decirme sus nombres.
—No quiero que se metan en problemas —dijo—. No es culpa suya. No querían a esos niños. Necesitábamos que se supiera. No se nos ocurría otra cosa.
—¿Tus amigas eran las madres de los bebés que murieron en el parque? —preguntó Callanach.
—Sí —contestó ella—. Prométame que no irán a la cárcel.
—No puedo prometértelo; no está en mi mano, pero si nos explicas lo ocurrido, haremos todo lo posible por ayudarlas. ¿Son menores de edad, como tú? —Felicity volvió a asentir—. ¿Dónde las conociste?
—En el colegio —susurró.
—¿En St. Gabriella?
—No, en el otro —negó; volvía a encerrarse en sí misma. El instinto le decía que no iba a seguir hablando durante mucho más tiempo.
—¿Te refieres al St. Gerard Majella? —insistió Callanach.
Felicity frunció el ceño, su rostro se contrajo de ira y sus ojos empezaron a echar chispas.
—Sí —respondió.
—¿Siguen allí las otras chicas? —preguntó Callanach. Felicity bajó la cabeza, mirando su regazo.
—No —contestó—. Te dejan salir cuando termina todo.
—¿Cuándo termina todo? —Se produjo un silencio—.
¿Puedes decirme algo más? —Callanach sabía que el interrogatorio había terminado.
Miró a la cámara y negó con la cabeza. No iban a sacarle nada más—.
Felicity, lo has hecho muy bien. No has perjudicado a tus amigas.
¿Podemos hacer algo más por ti? —Callanach no esperaba que dijera nada, pero ella levantó lentamente la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Quiero verlo —dijo—. ¿Puede preguntar si puedo ver a mi bebé?