Capítulo 22
King ya no perdía el tiempo atando a Elaine.
No se levantaba de la cama más que para ir al baño y lo hacía apoyándose en los muebles.
Él había abandonado las precauciones iniciales al entrar en la habitación, preocupándose solo de pasada de que ella pudiera recuperar el ánimo de repente y esperarlo detrás de la puerta para intentar atacarlo.
La había destruido por completo. Elaine era un cachorro que había recibido demasiadas patadas y que ya hacía tiempo que había dejado de intentar morderle los talones a su dueño.
No había sido su intención causarle un daño tan grave y se sorprendió por la rapidez con la que había ocurrido.
Después de todos los problemas que por los que le había hecho pasar, se había convertido en una piltrafa quejumbrosa y marchita.
La reverenda Jayne Magee era diferente. No se había equivocado al juzgarla.
Se preguntó si era la fe o la ruleta genética lo que la hacía más resistente.
Quizá pudiera hacer un experimento para probar ambas teorías, pero no iba a ser esa noche.
Era hora de averiguar si habían aprendido ruso.
En los últimos tiempos, se había ocupado muy poco de su educación, pero no podía ser demasiado duro consigo mismo.
Se sentía como si estuviera intentando representar un espectáculo de marionetas con las manos atadas a la espalda.
Natasha estaba en las nubes después de la conferencia de la inspectora Turner. King no recordaba haberla visto nunca tan animada. Se sonrojó de placer ante los cumplidos que recibió su amiga durante el refrigerio, como si estuvieran dirigidos a ella.
King echó las verduras en la batidora y añadió un poco de caldo de pollo.
No era un plato imaginativo, pero las señoras tendrían que conformarse con él.
Al menos no consumirían demasiadas calorías.
Trató de no recordar el momento en el que se había abierto paso entre los estudiantes para presentarse a Ava Turner.
No quería pensar en ello porque Natasha lo había vuelto a enfurecer.
Parecía haber conseguido convertir en un arte la práctica de hacerlo sentirse inútil.
Si pensaba en ello, acabaría desquitándose con Elaine y Jayne, y no quería verse reducido a eso.
Metió la sopa en el microondas, cantando a voz en grito junto con la radio para ahuyentar el recuerdo, sacándola a intervalos regulares para asegurarse de que no estuviera demasiado caliente.
Las encías de Jayne seguían inflamadas y el calor haría que empeorasen.
Se veía obligado a administrarle dosis masivas de antibióticos para prevenir una infección.
No obstante, estaba orgulloso de sí mismo.
Había mejorado mucho en comparación con el trabajo realizado con Elaine.
No tenía la culpa de sus primeros y torpes intentos.
Aprender las técnicas que los dentistas tardan años en perfeccionar, solo con un libro y una serie de torpes tutoriales de Internet de dudosa procedencia, no era moco de pavo.
Sin embargo, las mejoras que se podían conseguir con un poco de práctica eran asombrosas.
Solo esperaba poder decir lo mismo de su ruso aquella noche.
Necesitaba que volvieran a ejercitar su intelecto y Elaine ya había superado el plazo límite.
King vertió la sopa en tazas con pajitas y se dirigió a las escaleras del sótano.
Se detuvo unos segundos y escuchó; al no oír nada, se felicitó por la eficacia de la insonorización que había instalado.
Nunca había oído un solo ruido procedente de la zona secreta cuando estaba en casa. Era como si no existieran.
—De hecho, técnicamente no existen —dijo, mientras abría la puerta—. Legalmente hablando, las dos están muertas. Me pregunto si existe un nombre colectivo para decir «cadáveres».
Elaine se había movido, lo cual era un progreso.
Jayne estaba sentada en la cama, con una mano esposada al cabecero para que pudiera acceder a un baño portátil que había comprado.
Elaine había abandonado la cama y yacía con la cabeza en el regazo de la reverenda, que le estaba acariciando el pelo.
Cuando les llevó la sopa, se quedaron inmóviles.
King ayudó a Elaine a sentarse a la mesa y dejó su ración delante de ella. Ya hacía mucho tiempo que ella no ofrecía resistencia; de hecho, empezó a sorber la sopa enseguida.
—Te he puesto un pijama limpio sobre la cama.
Deja el sucio en la cesta junto a la puerta que te enseñé la última vez —dijo—.
E intenta lavarte mejor. Dado que te dejo libre para moverte por la habitación, espero que utilices el baño correctamente.
Con una ducha al día es suficiente. Y si eso es demasiado para ti, al menos enjuágate en el lavabo con una toalla.
—Elaine no levantó la vista; estaba concentrada en la sopa, encerrada en su mutismo.
King le tendió la otra taza a Jayne, que la dejó sobre la mesilla de noche sin mirarla.
—Me duele la boca —dijo—. Necesito analgésicos.
—Abre —ordenó él. Tenía razón, las encías inferiores estaban cubiertas de racimos de úlceras. Los antibióticos no eran lo bastante fuertes.
—¿Qué has hecho con mis dientes? —preguntó ella.
—Los puse con el cadáver de Grace, para reemplazar los suyos. El mundo necesitaba pruebas de tu muerte. ¿Te acuerdas de la poquita sangre por la que armaste tanto escándalo cuando te la saqué?, pues la rocié sobre tu ropa y la dejé a poca distancia del cuerpo, donde pudiera ser localizada.
—Averiguarán que no soy yo —dijo ella—. La ciencia forense está mucho más avanzada de lo que piensas.
—No les he dejado mucho con lo que trabajar —replicó él—. ¿Tan descuidado crees que soy? Estuve varios meses investigando. Sé exactamente cuándo pueden obtener ADN y cuándo no.
—La velocidad a la que avanza la ciencia es impredecible.
No se sabe qué pruebas podrán hacer dentro de un mes o de un año —espetó Jayne, que esa noche estaba combativa.
Disfrutaba más de su compañía cuando era polémica.
Estaba mucho más vital, como la primera vez que la había visto, enfrascada en un acalorado debate público.
—Pero no habrá ningún motivo para analizar tus restos de nuevo.
Estás muerta. Aún no se ha celebrado el funeral, pero ya lo sabe todo el mundo.
—King echó dos aspirinas solubles en un vaso de agua y se lo tendió.
Quería echárselo en cara, se le notaba, pero no lo hizo.
Sufría demasiado para comportarse de forma imprudente.
King respetaba su capacidad para mantener la cabeza fría—.
Olvida tu vida pasada, Jayne. Has tocado fondo.
Admítelo. Acéptalo. Ya no puedes hacer otra cosa que volver a subir.
La vida aquí conmigo podría ser muy gratificante.
—Esto no es vida —protestó Jayne.
Elaine se atragantó. King oyó la tos en el fondo de su garganta.
La batidora no había hecho bien su trabajo.
Se levantó de mala gana de la cama de Jayne y empezó a darle fuertes palmadas en la espalda.
Después de una fuerte sacudida, escupió un trozo de una sustancia vegetal grisácea que aterrizó directamente sobre su zapato.
King hizo una mueca y sacudió el pie, luego cogió un pañuelo y limpió furiosamente la piel brillante.
—Maldita criatura asquerosa —siseó—. Procura recuperarte o no me dejarás otra opción que deshacerme de ti.
Elaine se echó a llorar, abrazándose a sí misma.
—Ignóralo, cariño —murmuró Jayne.
Ahí estaba otra vez. Esa sugerencia. Esa palabra. King empezó a ponerse rojo.
—¡Cierra el pico, Natasha! —gritó; saltó hacia Jayne y le dio una bofetada tan fuerte que sonó como el estallido de un globo. Elaine gritó y se tiró al suelo, con las manos por encima de la cabeza, como si hubiera estallado una bomba.
Jayne levantó la cara y lo miró fijamente.
—¿Quién es Natasha? —inquirió.
—¿Qué has dicho? —preguntó King—. ¿De qué la conoces?
Jayne parpadeó lentamente, frunciendo el ceño.
—Acabas de llamarme Natasha —contestó ella—. Cuando me has golpeado. ¿No te acuerdas?
No. No recordaba nada. En realidad, ni siquiera recordaba haber hablado.
—Habrás oído mal —dijo—. No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
Jayne insistió. Era un desafortunado efecto secundario de su audacia encomiable.
—No lo he oído mal. Tal vez no te has dado cuenta de que has dicho su nombre, pero lo has pronunciado claramente. Esa mujer te altera. ¿Qué te ha hecho?
El recuerdo lo asaltó, a su pesar.
Estaba tendiéndole la mano a la inspectora Turner, listo para felicitarla y ofrecerse a ir a buscarle algo de beber.
—Ava —había dicho—. Soy el doctor King. Su conferencia no ha estado nada mal. —Natasha se había entrometido y había apartado la mano de la inspectora para impedir que se la estrechara y luego se había llevado a su amiga a otro sitio, susurrándole algo al oído. Pero él la había oído.
—Lo siento, ignóralo —había dicho Natasha—. No debería haberte llamado por tu nombre de pila.
—No pasa nada —había respondido Ava, pero se había dejado llevar lejos de él sin volverse siquiera para mirarlo. King se había quedado con la mano colgando en el aire, como un tonto. Ignorado. Justo lo que Natasha quería.
—¿Doctor King? —lo llamó Jayne—. ¿Está bien?
—¡Deja ya esos malditos jueguecitos psicológicos!
—La agarró por el cuello, apretó con fuerza y acercó su cara a la de él—.
Y deja de hacer de madre con ese patético parásito que hay en el suelo.
—Jayne trató de arrancarle los dedos de su cuello, pero fracasó.
King intentó reprimir su propia excitación creciente, pero también fracasó—.
Deberías estarme agradecida. Te he dejado todos los dientes superiores para que no sufrieras tanto como Elaine.
No tenía que ponerte en tu sitio como hice con ella.
Solo quería tu respeto, pero tú en cambio me tratas como si fuera un idiota.
—La empujó contra la almohada y se limpió las lágrimas y la saliva que le habían caído en el dorso de la mano en las sábanas.
Se sentó y apoyó los pies sobre la espalda temblorosa de Elaine, que seguía acurrucada en el suelo—.
No debería permitirle que me alterara de esta manera.
Natasha solo está jugando para llamar mi atención.
He abordado el problema de la manera equivocada, creyendo que podía sustituirla.
Ni siquiera tú, Jayne, con toda tu santurronería e ideología inquebrantable, tienes el efecto que tiene ella en mí.
Ha llegado el momento de rendirse a la evidencia.
Ahora lo tengo todo más claro. Eso es lo que quiere.
—Pateó a Elaine bajo la barbilla y la obligó a levantar la cabeza y mirarlo—.
Y como en realidad no hay sitio para una tercera cama, tendréis que ganaros el derecho a quedaros.
—Levantó a Elaine del suelo y la llevó a rastras hasta su cama—.
Así que poneos las pilas. Habrá un concurso.
Te gustará, Jayne. Pareces una persona competitiva, aunque pacífica.
La que me cause la mejor impresión podrá quedarse.
Sois lo bastante inteligentes como para que no tenga que explicaros lo que le pasará a la otra.
Quiero que me tratéis con amabilidad. Espero conversaciones, interés, debates. Y no quiero lloriqueos.
King estaba inclinado sobre Elaine, escupiéndole saliva en los ojos; le brotaban gotas de sudor en la frente.
Estaba muy nervioso. Y se dijo a sí mismo que eso era porque por fin había comprendido que debía descargar su rabia directamente sobre Natasha.
Ya no podía ocultarlo. Con una claridad cristalina, el doctor Reginald King comprendió exactamente lo que tenía que hacer y cómo.