Capítulo 21 #3
—Lo siento, cambiemos de tema —dijo Ava. Callanach se dio cuenta de que había dejado entrever su incomodidad—. ¿Quieres café?
—No, a no ser que tú quieras. —Callanach se acabó su bebida—. Pero estaría bien dar un paseo, ¿no? —sugirió, tendiéndole la tarjeta de crédito a la camarera.
Caminaron en silencio por el Puente Norte, deteniéndose a medio camino de mutuo acuerdo para contemplar las vistas desde la estación de Waverly.
Durante el día era una monstruosidad industrial, pero por la noche se convertía en un río de luz.
Callanach se apoyó en el muro del puente y sacó del bolsillo un maltrecho paquete de Gauloises.
—No sabía que fumabas —comentó Ava.
—Solo lo hago en contadas ocasiones, pero no puedo estar en un puente de noche sin un cigarrillo en la boca. Soy incapaz de romper ese hábito.
—Eres tan francés… —río ella.
—Vamos —dijo él—. Tomemos un café en mi casa.
Incluso para los estándares escoceses, este viento es lo bastante fuerte como para causar daños permanentes.
—Caminaron de vuelta hacia Albany Street mientras Ava señalaba los lugares emblemáticos y le contaba anécdotas sobre el tormentoso pasado de Edimburgo con la habilidad de una guía turística.
Los ladrillos ennegrecidos y los imponentes edificios hacían que la ciudad pareciera el decorado de una película gótica, pero lo que lo fascinaba no eran los castillos ni las iglesias, ni siquiera los edificios majestuosos: eran las calles laterales, callejones llenos de sombras que divisaba de pronto con el rabillo del ojo y que se perdían en la oscuridad más absoluta cuando se asomaba a ellos, cercados por todos lados, incluso por arriba, por los edificios circundantes.
A altas horas de la noche, aquellas estrechas calles parecían máquinas del tiempo, ya que apenas habían cambiado a lo largo de los siglos.
Era a la vez fascinante y desconcertante.
Edimburgo era una gran cebolla vieja; no había perdido nada de su contenido interior, pero contaba con edificios nuevos y arquitectura moderna que solo habían añadido capas a su núcleo.
Por primera vez, mientras Ava hablaba, Callanach pensó que con el tiempo podría aprender a amar la ciudad.
No era tan diferente, después de todo, de las ciudades y pueblos franceses a los que había llamado hogar.
Abrió la puerta exterior y dejó entrar a Ava.
Ni siquiera se había quitado el abrigo y ella ya estaba en la cocina encendiendo el hervidor.
Le ofreció un café, se quitó los zapatos y se sentó con las piernas dobladas debajo de sí misma.
Callanach pensó que era curioso que las mujeres resultaran más sexis precisamente cuando no intentaban serlo.
Miró las botas informales de Ava, que estaban en el suelo, y la forma en que se había acurrucado, con la taza en la mano, completamente desinhibida y a gusto.
—Háblame de ti —le dijo—. No estás casada ni comprometida, ¿no? ¿No hay nadie en tu vida?
—Solo un par de cientos de policías durante doce horas al día. Yo diría que tengo demasiada gente en mi vida —bromeó Ava.
—No, hablo en serio. Vas al cine sola, pasas más tiempo en el trabajo que en casa… Debe de haber algo más.
—Amigos —respondió ella—. Ha habido algunos novios, por supuesto, pero no entendían mi trabajo.
No solo los horarios, sino el hecho de que tu mente nunca deja de trabajar en un caso, ni siquiera cuando estás en la ducha, viendo la televisión o durmiendo.
La única alternativa realista era salir con un colega y las consecuencias serían desastrosas.
Además, tener citas es agotador. Al principio, estaba demasiado ocupada, y luego, con el tiempo, perdí la práctica.
Siempre acaban llamándome en medio de una cena romántica y de una forma u otra los decepciono.
Ahora creo que he olvidado cómo estar con alguien.
O quizá ya no quiero hacerlo. No sé cuál de los dos es el verdadero motivo. Por cierto, este café está muy bueno.
—¿Nunca te sientes sola? —preguntó Callanach. Sabía que se había adentrado en un terreno peligroso. Había mantenido a todos a distancia durante tanto tiempo que a una parte de él le aterrorizaba bajar la guardia. Otra parte, en cambio, quería acabar con su inmensa soledad.
—Pareces mi tía —dijo Ava riendo—. Tener tiempo para sentirme sola sería un lujo.
Quizá podría decir que estoy enferma un par de días para probarlo.
—Dejó la taza sobre la mesa—. Ahora me toca a mí.
Se rumorea que te recomendó alguien de la Interpol.
No es fácil entrar en la policía de otro país, por muy bueno que seas. ¿Cuál es la historia?
Callanach suspiró y se encogió de hombros.
—En parte es verdad y en parte es una dulce ilusión.
Seguramente alguien hiciera una llamada.
Incluso a mí me sorprendió que me aceptaran aquí, pero la recomendación era tanto una forma de librarse de mí sin hacer mucho ruido como de ayudarme.
Fue una solución beneficiosa para todos.
Después de todo, podría haber sido mucho peor.