Capítulo 21 #2
—Era dinero de un fondo fiduciario. Su padre jugaba en bolsa.
Le resultaba intolerable gastarse ese dinero en sí misma, pero dijo que ayudarnos a tener un bebé era el mejor uso que podía hacer de él.
—Intentó sonreírle a la niña, pero no pudo ocultar su profunda tristeza—.
¿Quién podría matar a una persona así? No tiene sentido.
¿Sabe una cosa? Nos habría pedido que lo perdonáramos.
Bueno, pues yo no puedo. He rezado para dejar de lado el odio, pero no creo que eso ocurra nunca.
—La niña empezó a gemir, tal vez porque percibía la angustia de su madre—.
Y la policía no ha hecho nada —continuó diciendo—.
¿Cuántas mujeres más tienen que morir para que las autoridades consideren este caso una prioridad?
Callanach se sintió como un impostor y fue incapaz de hacer ningún comentario; aunque quería defenderse, sabía que era demasiado tarde para revelar la verdadera razón por la que estaba allí.
—Lo siento mucho —murmuró y se dispuso a marcharse, pero sintió que la mujer lo observaba mientras consolaba a la niña y se secaba las lágrimas, quizá viendo en su rostro más de lo que quería mostrar.
Callanach echó una última mirada a la marea de dolor y gratitud, y luego salió del almacén hacia donde habían abandonado la carretilla.
Era un corto tramo a pie por una zona tranquila.
No había conexiones reconocibles entre los métodos que había elegido para deshacerse de los cadáveres ni entre los lugares donde los había abandonado.
Su equipo no había encontrado ninguna relación entre Buxton y Magee, pero debía de haber alguna.
Eran dos mujeres que habían llamado la atención del mismo hombre.
Las dos trabajadoras, respetadas y dedicadas a su profesión.
Elaine Buxton estaba muy unida a su madre, aunque la noticia de que Jayne Magee procedía de una familia adinerada era nueva para Callanach.
Ambas eran personas de éxito, mujeres a las que admirar, y la reverenda Magee había dejado un gran legado.
En cualquier otra circunstancia, Callanach habría pensado que la forma en que la mujer había llamado a su hija, «la niña de Jayne», era una exageración retórica.
Pero un luto inesperado despertaba los altibajos de las emociones humanas que teñían cada recuerdo de una intensa conmoción.
Quizá las buenas acciones de Magee habrían pasado desapercibidas para el gran público si su vida hubiera seguido un curso más normal, pero la atención que había obtenido la había colocado casi bajo una luz de santidad.
Callanach miró a su alrededor, bajo el azote de la brisa marina, mientras salpicaduras de agua amarga le dejaban residuos salinos en la cara.
Era un lugar extremadamente oscuro. Nadie permanecía allí más tiempo del necesario.
Solo los más tenaces podían caminar a lo largo del rompeolas por placer.
Sin embargo, el asesino debió de visitar el puerto varias veces antes de elegir el almacén, decidir dónde aparcar el coche y cuál era el mejor lugar para arrojar la carretilla al mar.
El hombre que había matado a dos mujeres en la cima de sus carreras, en la flor de sus vidas, había estado allí, escudriñando el mismo mar, concentrándose en los más pequeños detalles.
Callanach observó las olas. ¿Cuántos pecados había arrastrado el agua de ese mismo lugar desde el día en que Edimburgo se convirtió en una próspera ciudad cosmopolita?
Se quedó mirando el barro que había capturado las escasas pruebas de la muerte de Jayne Magee y con el que se veía obligado a conformarse.
A lo largo de la orilla había otros trofeos dejados por las mareas: una silla de escritorio, una placa, tapacubos, los inevitables carritos de la compra, esqueletos metálicos de paraguas robados por el despiadado viento escocés e incluso un cochecito de bebé.
—Debió de asomarse aquí más de una vez —murmuró Callanach, mirando al mar—; y en algunas ocasiones, durante sus visitas, debió de encontrar la marea baja.
—Las olas no respondieron, pero depositaron otro objeto, una vieja y abollada nasa para langostas que quizá llevaba años a la deriva—.
¿Cómo es posible que un asesino tan minucioso pasara por alto que las pruebas de las que intentaba deshacerse resurgirían?
—se preguntó. Una gaviota aterrizó junto a él y chilló tan fuerte que lo hizo sobresaltarse.
Si hubiese sido propenso a dejarse llevar por la imaginación, cosa que no era, Callanach habría pensado que el pájaro lo estaba llamando estúpido. Cogió el teléfono y llamó a Salter.
Volvió a casa, recordó que no tenía nada en la nevera y pensó en pedir comida a domicilio, pero se vio a sí mismo comiendo solo delante de la tele, así que decidió enviar un mensaje.
Una hora más tarde, Ava Turner entraba en el restaurante jamaicano en el que habían quedado, a diez minutos a pie de la casa de Callanach.
Habían decidido no hablar de trabajo esa noche.
Parecía cansada, exhausta, y él también se sentía así.
Llevaba el pelo suelto y sus rizos castaños le enmarcaban el rostro.
Estaba pálida e iba sin rastro de maquillaje, y dedujo Ava Turner era de esa clase de mujeres que no se preocupaban por causar buena impresión.
Era un alivio estar con una persona tan poco vanidosa.
Callanach ya le había pedido un gin-tonic y se lo ofreció antes de que se sentara.
Ava se bebió la mitad antes incluso de quitarse el abrigo.
Luego le dijo que pidiera por ella. Veinte minutos más tarde estaban dándose un atracón de pollo a la jamaicana con arroz y guisantes.
—Creo que esto es lo mejor que he comido en mi vida —masculló Ava con la boca llena. Tragó y dijo—: Ay, perdón. Soy una maleducada. No me había dado cuenta de que tenía tanta hambre. Creo que no como nada decente desde hace una semana. Pero ¿dónde están los guisantes?
—En realidad son alubias rojas. No sé por qué lo llaman arroz con guisantes.
Descubrí la comida jamaicana cuando me destinaron allí para colaborar con la policía local en la persecución de un capo de la droga sospechoso de asesinar a numerosos traficantes rivales en toda Europa.
A veces sueño con mudarme allí, a una cabaña en la playa, y comer esto todos los días.
—Acabarías pesando cien kilos y la piel se te volvería como la de un lagarto. Además, echarías de menos el estrés constante y a los cabrones locos con los que trabajamos. —Ava llamó a la camarera y le señaló los vasos vacíos.
—¿Te refieres a los sospechosos o a los policías? —preguntó Callanach.
—A los dos, pero habíamos quedado en no hablar de trabajo. ¿Al final atrapasteis a ese capo jamaicano?
—Tuve que regresar a Francia de inmediato después de su arresto. Obviamente, su puesto no quedó vacío, lo reemplazó un hombre igual de malvado, dispuesto a liderar a personas que hacen cualquier cosa que se les pida con tal de escapar de la aterradora pobreza en la que viven.
—¿Por qué tuviste que volver a Francia? —preguntó Ava, soltando por fin el tenedor tras dejar el plato limpio.
Callanach vio en su mente a su superior de la Interpol salir del coche que lo había llevado al aeropuerto. Su expresión le advirtió de que algo iba muy mal.
«Luc, perdóname. Te van a llevar directamente a Lyon —había dicho su jefe. Al recordarlo, frunció el ceño.