Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

El detective Tripp había hecho un buen trabajo.

Gracias a las fotos, Callanach pudo ver que la carretilla para bidones había sido arrojada desde el rompeolas del puerto de Granton.

Si la marea no la hubiera hecho encallar en el fondo fangoso que había en la base del dique, nunca la habrían encontrado.

Por sí sola habría sido difícil hacerla pasar como prueba, pero llevaba atada una bolsa de plástico gruesa que contenía la ropa de Jayne Magee.

Las enviaron directamente al laboratorio, pero era solo una formalidad.

La sangre que había en su ropa, definitivamente, era suya.

La carretilla había ofrecido resultados aún menos útiles.

La doctora Ailsa Lambert lo llamó justo cuando él le estaba escribiendo un correo electrónico.

—Se trata de los dientes de Jayne Magee —dijo—.

La prueba que realizamos con hidróxido de sodio a la misma concentración que disolvió los huesos mostró un ritmo de degeneración diferente para los dientes, pero aun así el tamaño de los dientes que encontramos debería haber sido mucho menor.

En cuanto a las piezas que faltan en la mandíbula superior, no tenemos ni idea de lo que ha pasado con ellas.

—¿Tienen alguna hipótesis? —preguntó Callanach.

—Los dientes inferiores deben de haberse colocado en el líquido más tarde que el propio hueso de la mandíbula. Pensamos que varias horas después.

Callanach se acercó a la ventana y miró la calle gris. ¿Por qué el asesino había disuelto las partes del cuerpo en diferentes momentos? Quizá lo interrumpieron mientras limpiaba la carnicería o había un elemento ritual.

—Cerca de los restos de Elaine Buxton se encontró un bate de béisbol con el que el asesino la había golpeado en la cabeza y con el que le había roto algunos dientes. ¿Hay algún indicio de que hiciera lo mismo con Jayne Magee? —preguntó.

—Creo que no. La capa externa del esmalte está dañada, pero los dientes están intactos. En cuanto a la mandíbula, es posible que fuera golpeada con un bate de béisbol, pero solo quedan fragmentos y hay muchos trozos de hueso que no podemos ubicar anatómicamente.

—Gracias por informarme de las novedades, doctora Lambert.

Apenas colgó el teléfono, Ava entró en su despacho.

—El ginecólogo ha confirmado que Felicity Costello dio a luz recientemente —dijo—.

La niña le ha dicho a la trabajadora social que estaba bien y le ha confiado por su propia voluntad que había un médico presente en el parto, pero luego se ha encerrado en sí misma.

No quiero presionarla demasiado, ya ha sufrido bastante, pero pronto tendré algunas respuestas.

—¿Has interrogado ya a los padres? —preguntó Callanach, pegando unas notas en la pared junto a la foto de Jayne Magee.

—No tengo nada de lo que acusarlos y ya han llamado a un abogado. Podemos interrogarlos como testigos, pero dudo que nos ayuden.

—¿Y si encontráramos al médico que asistió el parto del niño? —sugirió Callanach.

—No es tan fácil como crees. Doy por hecho que dio a luz en un hospital privado —respondió Ava, desplomándose exhausta en una silla.

—Sigue el dinero. Los padres tienen que haber pagado, de forma directa o indirecta.

Si no hablan, tendrás un motivo para acceder a las cuentas bancarias del señor Costello.

Puedes tener las respuestas mañana por la mañana, que es mucho más de lo que puedo esperar yo —dijo—.

Vamos, bajo contigo. Voy a volver al puerto de Granton.

Se toparon con el profesor Harris en las escaleras, absorto en una conversación con el sargento Lively.

—¿Al final no te has deshecho de él? —le preguntó Ava.

—Estoy esperando el momento justo. ¿Han descubierto algo sobre tus amenazas de muerte?

—No, aunque no he tenido tiempo de preocuparme por ello.

Hasta el comisario ha desistido de ponerme escolta.

Sin embargo, es extraño que consiguiera deslizar la carta por debajo de mi puerta.

En cierto modo, es más inquietante que si la hubiera dejado en mi casa, porque significa que puede entrar en este edificio sin ser detectado.

—¿Has considerado que podría ser uno de los nuestros? —preguntó Callanach.

—No quiero ni pensarlo —respondió—. Significaría que no estoy segura en ningún sitio y ese camino conduce a la locura. Prefiero pasar página y asumir que quien envió esa carta ha hecho lo mismo. Ahí está Felicity con la trabajadora social. Ahora vengo, ¿me esperas?

—Por supuesto —dijo Callanach, y se quedó atrás mientras Ava hablaba con la funcionaria de Protección de Menores.

—Si ha decidido internarla en un alojamiento seguro, solo tengo que hacer una llamada al Departamento de Menores para que le preparen una habitación —le dijo la trabajadora social en tono tranquilo. Callanach miró a Felicity. La chica estaba escuchando, cabizbaja pero atenta.

—No creo que sea necesario —respondió Ava—. Está muy afectada y, aunque sus padres no cooperan, preferiría que durmiera en su propia cama. Voy a informar a los Costello.

—No —murmuró Felicity. Callanach leyó la palabra en sus labios y se dio cuenta de que Ava no la había oído.

La inspectora se dirigió hacia la puerta de cristal, detrás de la cual John y Mary Costello esperaban noticias de su hija.

Los ojos de Felicity se llenaron de lágrimas.

Miró primero a la trabajadora social, que estaba ocupada al teléfono, luego a Ava, que estaba casi fuera de su alcance, y finalmente a Callanach—. No quiero volver a casa —le dijo.

—¡Inspectora Turner! —gritó Callanach. Ava se volvió para mirarlo a través del cristal de las puertas que se acababa de cerrar.

Le hizo señas para que regresara, buscó una silla para Felicity y se llevó a Ava a un lado para explicarle la situación.

Después se sentaron con la niña temblorosa y le explicaron lo que iba a ocurrir.

—¿Estás convencida? No puedo decirte con seguridad adónde irás esta noche y permanecerás bajo custodia policial hasta que hayamos decidido qué hacer —aclaró Ava.

—¿Estás en peligro, Felicity? —le preguntó Callanach. La chica negó con la cabeza, refugiándose de nuevo en el silencio. Cuando la trabajadora social terminó de hablar por teléfono se reunió con ellos.

—He cambiado de opinión —anunció Ava—. Creo que es preferible que Felicity permanezca en un lugar vigilado esta noche. ¿Qué opciones tenemos?

—Hay un centro a un par de kilómetros de aquí, pero solemos utilizarlo para niños violentos.

—No nos sirve —dijo Ava—. ¿No hay ninguno más? —Callanach vio cómo se inclinaba hacia la trabajadora social y le susurraba al oído—: Si es cuestión de dinero, puedo cubrir los gastos yo misma.

—No es eso. El problema es encontrar un lugar con adultos adecuadamente formados. —La trabajadora social echó un vistazo al reloj—. Hay una madre de acogida que tiene mucha experiencia y, si solo van a ser un par de noches, podría echarnos una mano. No es el procedimiento normal, pero…

—¡Perfecto! —exclamó Ava—. No te vas a escapar, ¿verdad Felicity?

La chica la miró a los ojos por primera vez.

—No, se lo prometo. Gracias —respondió.

Callanach fue solo al puerto de Granton.

Dentro del almacén, la zona prohibida antes delimitada por una cinta amarilla se había convertido en un jardín absurdo, ajeno al paisaje industrial.

Había flores, coronas, ositos de peluche, postales, cartas y velas apagadas prematuramente por la feroz brisa marina, como la corta vida de Jayne, rodeados de edificios hasta donde alcanzaba la vista.

Callanach se detuvo a contemplar la alfombra de condolencias y oraciones, preguntándose cómo era posible que una sola persona hubiera tocado el corazón de tantas otras.

Se agachó, cogió una tarjeta con un mensaje sencillo: «Muerta, pero nunca olvidada», y luego otra: «Nos la han arrebatado demasiado pronto».

El resto contenía otras frases similares, variaciones sobre el tema de la gratitud y la pérdida, algunas más personales, otras de admiradores desconocidos, y entre esas expresiones de amor, una tarjeta con el borde negro escrita a mano.

Como en todas las iglesias de los santos, que las mujeres callen en las asambleas, pues no les está permitido hablar; más bien, que se sometan, como dice incluso la ley; pero si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues es indecoroso que las mujeres hablen en la asamblea.

Corintios 14:34-35

Se metió la desagradable e inapropiada tarjeta en el bolsillo y se levantó, esquivando por poco a una mujer que estaba colocando un ramo de flores. Lloraba mientras acunaba suavemente al recién nacido atado a su pecho con un fular portabebés.

—¿Está bien? —le preguntó Callanach automáticamente.

—No me puedo creer que se haya ido —respondió ella con un hilo de voz—. ¿De qué la conocía?

No sabía cómo responder a esa pregunta. La verdad era demasiado repulsiva.

—Era amiga de un amigo mío —decidió finalmente—. ¿Y usted?

La mujer alisó el escaso cabello del bebé porque el viento se lo había despeinado.

—Esta es Victoria. Cumplirá seis meses el sábado.

Es la niña de Jayne. —La mujer besó las mejillas regordetas de la niña y la abrazó de forma protectora.

Callanach la miró boquiabierto. No era la respuesta que esperaba.

La chica continuó hablando antes de que él pudiera decir nada—.

Al menos, así es como mi marido y yo pensamos en ella.

Llevábamos años intentando tener hijos, pero no conseguimos reunir el dinero necesario para la fecundación in vitro .

Solos no podíamos permitírnoslo. Nosotros ya asistíamos a la parroquia de Jayne antes de que la trasladaran a St. Mary.

Cuando se lo conté, se ofreció a darnos el dinero.

Al principio nos negamos, pero cada año que pasaba el dolor de no poder tener hijos se hacía más y más insoportable.

Al final decidimos preguntarle si seguía dispuesta a ayudarnos.

—No podría permitírselo con su sueldo —reflexionó Callanach en voz alta.