Capítulo 20 #2
St. Gerard Majella era una decadente casa solariega situada en una calle apartada que debió de albergar a alguna familia adinerada de la zona.
Tenía la peculiaridad de que no había ningún cartel que indicara a los visitantes el nombre o la finalidad de la institución.
Era un edificio histórico imponente, aunque algo destartalado, que a primera vista necesitaba una reforma, aunque las puertas y ventanas eran nuevas y contaban con un sistema de seguridad de última generación, que los mantuvo esperando durante un buen rato fuera, frente a la verja metálica.
Aparcaron el coche junto a la carretera y por fin los dejaron entrar a pie.
Ava dejó a dos policías vigilando la verja y le pidió a un agente de su equipo que diera una vuelta por la parte trasera de la propiedad para comprobar que nadie abandonaba las instalaciones sin ser visto.
Finalmente, se abrió una gigantesca puerta de madera y apareció una monja en el umbral.
—¿Sí? —preguntó. No iba a haber falsa cordialidad. Callanach lo prefería al breve y patético intento del director de hacerse el simpático. Ava le enseñó su placa y ella la cogió y la examinó detenidamente.
—Tenemos que hablar con Felicity Costello —anunció la inspectora—. Puede llamar a sus padres, pero tenemos personal especializado en menores. También nos gustaría que se sometiera a un examen médico.
—Vengan conmigo —fue su respuesta. Callanach estudió el rostro de la monja, pero era impenetrable. No se escandalizó, no mostró ni un ápice de curiosidad y no hizo ninguna pregunta.
—Currie ha llamado para avisar —le susurró Ava mientras la monja sacaba un pesado llavero de su cinturón.
Examinó las llaves una a una antes de encontrar la correcta y meterla en la cerradura.
Se encontraron en medio de un pasillo. Al final, había otra puerta cerrada con un panel de cristal a través del cual se veía una escalera.
—A la izquierda —dijo la monja, y los acompañó hasta un despacho que solo contenía cuatro sillas de madera para invitados, un sencillo escritorio y un taburete en el que se sentó ella.
El único indicio de que estaban en el siglo xxi era el sistema de comunicación del escritorio.
Pulsó un botón rojo y habló con alguien que había en otro despacho—.
Pasa la llamada —ordenó. Ava hizo ademán de protestar, pero la monja levantó la mano con la palma hacia ella—.
Señor Costello —dijo—. Estoy con dos policías que están escuchando esta conversación para que sepan que no hay ningún secreto entre nosotros.
Le pido que confirme que ha retirado recientemente a Felicity de esta escuela y que en la actualidad está bajo su custodia.
—Así es —dijo John Costello sin ni siquiera una sombra de la agresividad anterior.
—¿Felicity está con usted? —preguntó Ava, levantándose para superar el obstáculo de la mano.
Callanach creyó oír un llanto ahogado de fondo y se preguntó si Currie habría telefoneado primero al colegio o a los padres de Felicity. En cualquier caso, la actitud de John Costello había cambiado por completo.
—Sí, está aquí —respondió.
—Vamos para allá. No salgan de casa. Estaremos allí en unos minutos —ordenó Ava, que ya estaba en la puerta.
—Recuerda tu misión —añadió la monja. El llanto que se oía al otro lado de la línea se hizo más fuerte. La señora Costello había perdido el control.
—Sí, hermana Ernestine —dijo el señor Costello, sumiso, antes de colgar.
—Felicity estaba en casa desde el principio. Espero que la próxima vez investigue más a fondo antes de armar tanto jaleo —le dijo la monja a Ava. Callanach vio una vara sobre el escritorio, la cogió y le dio vueltas entre las manos.
—¿Un recuerdo de los viejos tiempos, hermana? —preguntó.
—Es una herramienta educativa antigua, agente —contestó, bastante molesta. Tal vez su presencia no la perturbaba, pero no le hacía ninguna gracia. Ava y Callanach siguieron a la hermana Ernestine hasta el pasillo, donde se detuvo para abrir de nuevo las puertas.
—Es un sistema de seguridad impresionante para un colegio. Las cámaras, las puertas… —comentó Callanach.
—Somos un colegio privado, con la seguridad de muchas chicas jóvenes en nuestras manos.
¿Puede imaginar lo que sucedería si entrara alguien malintencionado y se encontrara solo conmigo y con mis hermanas para proteger a las alumnas?
Pensaba que un policía sería más comprensivo con nuestra situación —le espetó, y cerró la puerta antes de que él pudiera contestar.
Ava corrió hacia el coche. Callanach se quedó un momento observando las ventanas de los pisos superiores.
Decir que las monjas estaban preocupadas por la seguridad era quedarse corto.
Las ventanas estaban selladas y no había bisagras a la vista.
Unas cámaras colocadas en al menos cuatro ubicaciones diferentes estaban apuntando hacia él, esperando a que se marchara.
Era una fortaleza. ¿Qué clase de padres querrían que educaran a sus hijas ahí?
Esa fue la pregunta que le hizo a Ava mientras regresaban al coche.
—Lucy Costello ya ha recibido una multa por traficar con éxtasis. Quizá las gemelas son unas niñas rebeldes y los padres pensaron que era mejor separarlas —especuló Ava.
El teléfono de Callanach sonó: era Tripp.
El comisario lo estaba buscando. «No me extraña», pensó.
Lo que se suponía que iba a ser una ausencia de media hora se había convertido en algo mucho más complicado.
Pidió que un coche patrulla lo recogiera en la casa de los Costello para llevarlo a comisaría. Ava todavía iba a tardar un rato.
Llegaron a casa de los Costello antes que el coche patrulla, por lo que Callanach presenció toda la escena.
Ava llamó a la puerta. La trabajadora social de protección de menores fue la primera en presentarse y luego Ava le explicó a una pálida Felicity lo que estaba sucediendo.
Las únicas palabras que pronunció la joven fueron para confirmar su identidad y consentir en ser interrogada.
No mostró el más mínimo signo de rebeldía, no hizo ninguna escenita típica adolescente ni mostró chulería; solo era una chica tranquila y avergonzada que no levantó ni una sola vez la vista del suelo.
Tal vez Felicity Costello abandonara a su hijo en un parque público, pero era solo una niña, una víctima más que una delincuente.
Ava le puso suavemente el brazo sobre los hombros y la acompañó hasta un coche patrulla.
El jefe ya estaba en compañía del profesor Harris y del sargento Lively cuando Callanach llegó. Era una lástima. Esperaba poder presentar la información de su caso en privado y por adelantado. Sin duda, el sargento lo había previsto.
—Inspector, empezaba a pensar que ya no iba a venir —ironizó Harris.
Callanach no consideró digno de respuesta el comentario, pero miró furioso los papeles que el profesor tenía sobre las rodillas.
—Había solicitado que la divulgación de información confidencial tuviera lugar después de esta reunión. No creo que este sea el procedimiento correcto —dijo.
—No quería desperdiciar la mañana, así que el jefe ha accedido a dejarme examinar los expedientes de personas desaparecidas que su agente ha estado recopilando. También he hablado con su equipo, que me ha puesto al día del caso. ¿Cuál es su línea de investigación actual, inspector?
—Se basa principalmente en las investigaciones de la Policía Científica.
Sabemos que el asesino utiliza cloroformo, que pasa mucho tiempo observando a sus víctimas y que planifica sus recorridos.
Tenemos una vaga descripción de un hombre que estaba paseando a su perro cerca de la casa de Jayne Magee, pero no es suficiente para hacer un retrato robot.
—¡Parece que se ha limitado a esperar a que el asesino atacara de nuevo a ver si tenía más suerte la próxima vez! Menos mal que ahora me tienen a mí —exclamó Harris. Lively murmuró que estaba de acuerdo.
Callanach siguió el consejo de Ava y no dijo nada. Al menos Harris no podía causar muchos daños si se encargaba solo de examinar los expedientes de las personas desaparecidas, y así, él podría tener a Tripp a su disposición.
—Revise las pruebas si quiere y manténgame informado —dijo Callanach—. Podemos quedar pasado mañana a las nueve de la mañana para hablar del caso.
Harris sacudió la cabeza, haciendo una mueca de desaprobación.
—Mejor mañana a las ocho. Soy un lector muy rápido, inspector`, y aunque son muchos documentos no tardaré ni dos días en ponerme al tanto. Después, me gustaría pasar el resto de la jornada interrogando a sus testigos.
Callanach dejó que el profesor Harris formulara sus nuevas peticiones sin interrumpir. Así la reunión terminaría antes. Cuando los demás se fueron, el comisario le pidió que se quedara.
—Sé que no le gusta —dijo Begbie—, pero colabore con él. A lo mejor nos sirve de ayuda.
—Si quiere un perfilador, puedo encontrar uno. Llevé a cabo algunas investigaciones con la ayuda de una psicóloga suiza con mucho talento. Puedo llamarla.
—No podemos permitírnoslo —respondió Begbie—. La verdad es que a mí ese tipo también me pone de los nervios, pero sería mucho más trabajoso excluirlo que permitirle que colabore.
—Creía que estaba de su parte —dijo Callanach.
—Deme un poco de crédito —comentó Begbie—. Y recuerde que, si no atrapamos a ese asesino pronto, mi cabeza terminará en el patíbulo antes que la suya. No hay prisa, ¿eh?
—Claro —respondió Callanach—, no hay ninguna prisa.