Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 20
41%

Capítulo 20

Callanach llegó al coche un segundo antes de que Ava encendiera el motor y todavía tenía un pie fuera de la puerta cuando el coche empezó a moverse. Trató de que ella no notara que se estaba aferrando al asiento y se concentró en las preguntas.

—¿Qué sabes del profesor Edwin Harris? —preguntó. Con cualquier otra persona se habría molestado en ser diplomático, pero Ava había demostrado ser una policía que iba directa al grano.

Ella apartó los ojos de la carretera durante una fracción de segundo.

—¿Quién?, ¿el hombre que parece Dios vestido para ir a cazar ciervos?

—Callanach se rio, sorprendido, y la tensión desapareció.

La aguja del cuentakilómetros bajó una raya y él aflojó su presa sobre el asiento—.

Se jubiló antes de que yo me convirtiera en inspectora, pero coincidí con él en un par de casos cuando todavía era una agente.

¿Cómo es que se ha cruzado en tu camino?

—Me han ofrecido que me ayude. Aunque en este caso, «ofrecido» significa que tengo que aceptarlo, sí o sí.

Es un miembro muy activo de la parroquia de Jayne Magee.

Ya han convencido al comisario para que lo apruebe porque es gratis.

Si digo que no y se produce otro asesinato, me convertiré en el enemigo público número uno.

—Ella giró bruscamente a la derecha y provocó que la mejilla de Callanach se posara en la ventanilla durante un segundo.

—Permíteme hacer de abogada del diablo. Te va a asesorar gratis un hombre que ha trabajado con la policía durante muchos años. ¿Por qué te niegas y qué tienes que perder? —Callanach apoyó una rodilla en el salpicadero para estabilizarse.

—No estoy convencido de que un perfil nos haga avanzar y temo que pueda llevarnos en la dirección equivocada.

En el peor de los casos, podríamos pasar por alto a personas que en realidad deberíamos considerar sospechosas.

Además, Harris está implicado personalmente.

Querrá obtener resultados a toda costa para complacer a la congregación, y eso significa que puede que se esfuerce demasiado por encontrar respuestas donde no las hay.

—Entonces, deja que consulte los datos y cree un perfil y luego pasa de él —sugirió Ava.

—No creo que tenga muchas más opciones. Lo que de verdad quiero saber es si puedo confiar en su criterio profesional.

—Tu instinto ya te ha dicho que no confíes en él. Seguramente no necesitas que te anime a seguirlo —dijo ella, echando un vistazo al reloj—. Maldita sea —siseó al ver un semáforo en rojo.

—No, pero quizá esperaba que me confirmaras que mi instinto tiene razón.

—Quiere cabrearte porque él disfruta con eso.

No solo parece Dios dibujado por un niño, sino que actúa como tal.

Tuve la misma impresión cuando lo oí hablar por primera vez en una reunión informativa.

Se daba muchos aires. A todos los buenos policías que conozco siempre les preocupa haberse equivocado, no haberse esforzado lo suficiente, haber pasado algo por alto.

De todo su ser emana exactamente lo contrario.

—Gracias —dijo Callanach—. Era justo lo que necesitaba oír.

—De nada —respondió ella—. Pero sé listo.

Es un veterano y cuenta con el beneplácito de algunos peces gordos.

En parte por eso se comporta así. Mantente alejado de él siempre que puedas.

Si yo fuera tú, dejaría que tratara directamente con el comisario.

Podrás agradecérmelo cubriéndome las espaldas.

Será tranquilizador tener a un colega de alto rango que testifique a mi favor por todas las reclamaciones que estoy a punto de granjearme.

—Atravesó por segunda vez la entrada del colegio St. Gabriella.

Bajo la lluvia, el lugar parecía desierto.

Callanach siguió a Ava hasta el edificio principal.

—¿Puedo ayudarlos? —preguntó una mujer con una expresión más seria de lo necesario. Parecía como si hubieran vuelto a su época de estudiantes.

—Soy la inspectora Turner —respondió Ava, mostrando su placa, aunque sin duda la secretaria ya sabía con quién estaba tratando—.

Según los registros, ustedes son el último colegio que ha tenido a Felicity Costello como alumna.

¿Sigue asistiendo aquí a clase? —Antes de que la mujer pudiera responder, se abrió la puerta de un despacho al fondo y apareció un hombre.

—La información relacionada con los estudiantes es altamente confidencial. ¿Puedo preguntarle si dispone de alguna clase de autorización? —preguntó. Estaba algo nervioso, a la defensiva, pero intentó disimularlo con una sonrisa forzada. A Callanach le habría gustado pedirle que se callara.

—Sí —respondió Ava, entregándole los papeles.

—Entonces, me gustaría pedirle que me dé tiempo para convocar a los abogados de la escuela para que verifiquen este documento. No querría que me acusaran de no haber cumplido bien con mi deber.

—Perdone, ¿quién es usted? —preguntó Ava.

—Justin Currie —respondió él—. Soy el director.

—Esta es una investigación muy seria, señor Currie, y aunque es libre de citar a los representantes legales del colegio, me gustaría tener acceso al expediente de Felicity Costello de inmediato —dijo Ava en tono tranquilo, pero sin ocultar la urgencia. La sonrisa de Currie empezó a flaquear.

—Puede llevar un rato encontrar el expediente de un alumno, así que, si quiere tomar asiento, iré a buscarlo.

—Ava no tenía intención de sentarse y Callanach lo sabía.

El director era especialmente malo leyendo a las personas si pensaba que podía salirse con la suya dando esas excusas en lugar de hacer lo que le habían pedido.

—Aunque usted es libre de ponerse en contacto con los abogados del colegio, su secretaria no puede avisar a nadie más sobre nuestra investigación. Espero estar siendo lo bastante clara. El inspector Callanach y yo iremos con ustedes —contestó Ava.

La sonrisa de Currie había dejado de vacilar y había desaparecido por completo. Por un momento, Callanach pensó que iba a protestar, pero finalmente su inteligencia emocional se había manifestado y se había dado cuenta del muro contra el que había chocado.

—Por aquí —pidió, señalando a la puerta por la que había salido.

El despacho del director estaba amueblado con sillones de cuero, muebles de nogal y alfombras lujosas.

En la pared de detrás del escritorio, en un lujoso marco dorado, había una fotografía de una versión más joven del director arrodillado ante un papa del pasado, pero Callanach no estaba lo bastante versado en temas religiosos como para recordar el nombre.

Bajo una ventana que daba al patio de recreo de las niñas, que aquel día no era más que un mar de hierba ondulada, había dos grandes archivadores.

No cabía duda de que trabajar en el sector de la educación privada aportaba beneficios.

Currie se dirigió al armario de la izquierda y abrió el cajón superior con una etiqueta en la que ponía: «A-D».

—Al final no va a ser tan complicado encontrarlo, señor Currie.

Ya lo busco yo, gracias —anunció Ava, enfadada.

No sabía por qué el director había fingido que iba a tardar en encontrar el expediente, pero desde luego no había sido para ayudar a la policía.

Sacó dos carpetas del cajón, ambas etiquetadas con el apellido Costello, y encontró la de Felicity.

—¿Puede decirme qué están buscando? —inquirió el director. Ava no respondió. Hojeó el contenido de la carpeta, concentrándose en encontrar la información que necesitaba.

—¿Cuántas alumnas hay en este colegio? —preguntó Callanach para distraerlo mientras la inspectora trabajaba.

—Cuatrocientas veinte, incluidas las del último año —respondió él bruscamente—. ¿Qué delito están investigando?

Ava le dirigió una mirada penetrante.

—Felicity no ha asistido a las clases en los cinco últimos meses, ¿es correcto?

—Él asintió—. Y al final de su expediente pone GM.

¿Qué significa eso? —Hubo una pausa, una tos y de nuevo el silencio.

Callanach miró a Ava, que observaba a Currie, y se preguntó cuánto tiempo más le daría.

Descubrió que no demasiado—. Señor Currie, ¿no dice nada por alguna razón en particular? —le preguntó.

—¿Estoy obligado legalmente a responder a esa pregunta? —se aventuró a decir Currie, pero era fácil leer la derrota en su rostro.

—¿Por qué iba a negarse nadie a cooperar en una investigación criminal respondiendo a una simple pregunta? —Ava se puso la carpeta debajo del brazo.

—Es el nombre abreviado de otro colegio. GM significa «St. Gerard Majella» —Currie no estaba contento.

—¿Está en Edimburgo? —le preguntó Callanach a Ava.

—Si es así, nunca he oído hablar de él. —Volvió a centrar su atención en el director.

—Sí —confirmó él—. ¿Ya hemos terminado?

Ava no se molestó en contestar. Tenía lo que quería y aún quedaban un par de horas de jornada escolar. En menos de un minuto ya estaban dentro del coche. Callanach pidió la información por radio y poco después llegó la dirección.

—Es extraño descubrir que en mi ciudad hay un colegio del que nunca he oído hablar —comentó Ava—. Conozco el camino y nunca me he percatado de que hubiera un recinto escolar.

Esa vez no encontraron ningún semáforo en rojo.

Callanach dejó a Ava a solas con sus pensamientos mientras conducía.

Dos coches de policía se pusieron en fila detrás de ellos.

Les habían pedido a una trabajadora social y al médico que había examinado a Lucy Costello que se reunieran con ellos en el colegio.

No importaba que el director hubiera llamado a los señores Costello.

Ava les había dado la oportunidad de no complicar las cosas la primera vez.