Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

No había cuerpo porque no quedaba nada. Cuando Callanach entró en el almacén, sus ojos se humedecieron de inmediato. Un agente de la Policía Científica le entregó un mono, una mascarilla y unas gafas.

Tripp le explicó todo mientras Callanach se ponía el equipo.

—El guardia de seguridad que estaba de servicio esta noche estaba haciendo su ronda cuando ha olido algo raro.

Cuando ha conseguido encontrar el origen, se ha preocupado y ha ido a pedir ayuda inmediatamente; ha regresado con un amigo de la capitanía del puerto y entre los dos han abierto el bidón y lo han encontrado lleno de un líquido marrón rojizo.

—¿Cómo es posible que un solo bidón desprenda un olor tan fuerte? —preguntó Callanach, ajustándose la mascarilla sobre la nariz y la boca.

—Se han asustado. Había un mechón de pelo atascado en la tapa del bidón. Se han dado cuenta de que había algo terrible dentro, y uno de ellos ha intentado abrirla con una palanca, pero se ha quedado atascada y el bidón se ha volcado.

—Menudos imbéciles. ¿Dónde están? —Callanach no se encontraba de humor para ser comprensivo, aunque sabía que el hallazgo debía de haberlos conmocionado bastante.

—En la ambulancia. Se han manchado la ropa con productos químicos y tienen que ir al hospital.

Hay unos agentes con ellos tomándoles declaración.

Por aquí, señor. —Tripp señaló una pasarela metálica que conducía a una zona subterránea.

Al fin y al cabo, se trataba de un espectáculo que solo podía definirse con una palabra: carnicería.

El líquido se había extendido por una zona muy amplia y los técnicos intentaban preservar los escasos elementos intactos de que disponían. Estaban levantando un bidón vacío que había en el centro de un charco mientras un fotógrafo captaba todos los detalles.

—¿Puede identificar las sustancias químicas? —preguntó Callanach a un hombre que estaba recogiendo muestras y etiquetando tubos de ensayo.

—Probablemente sea hidróxido de sodio. Teniendo en cuenta cómo ha licuado los huesos, diría que se ha añadido algo de agua; eso hace que el proceso sea más rápido y eficaz.

Su nombre común es «sosa cáustica». Es fácil de obtener en pequeñas cantidades.

Solo hay que mostrar un documento de identidad si se compra al por mayor.

—Callanach observó cómo cogía un objeto con unas pinzas y lo acercaba a la luz para examinarlo más de cerca.

—¿Qué pasa? —preguntó Tripp.

El técnico le dio un par de vueltas antes de contestar.

—Está un poco dañado, pero estoy bastante seguro de que es un diente humano. Se lo daremos al odontólogo forense para que lo compruebe. —Metió el diente en un sobre y se lo llevó al policía que estaba haciendo el inventario de las pruebas.

Callanach ya sabía que encontrar las huellas del asesino iba a ser imposible. Ese líquido glutinoso y pegajoso estaba por todas partes. A él le interesaba más el guardia de seguridad.

En el exterior estaba el equipo de descontaminación que acababa de llegar para neutralizar los gases tóxicos. Vio alejarse a la ambulancia y corrió para perseguirla, le cortó el paso e hizo que el conductor girara bruscamente.

—No sé lo que está haciendo, pero tenemos que ir al hospital… —comenzó a decir un paramédico.

—¡Quédese aquí hasta que termine de hablar con los testigos! —gritó Callanach, mostrando su placa—. Abra la parte de atrás. —La puerta se abrió de par en par; bajo las mantas había dos hombres con mascarillas de oxígeno.

—¿Quién es el guardia de seguridad? —preguntó. El hombre de la derecha señaló con la cabeza—. ¿Hay un sistema de videovigilancia en las instalaciones? —El hombre negó—. ¿Y qué puede decirme de la seguridad durante el día? ¿Quién ha trabajado en el turno anterior al suyo?

El guardia se quitó la mascarilla para hablar.

—No hay dinero para eso. Solo hay vigilancia por la noche, para mantener alejados a niños y drogadictos cuando oscurece.

Le dije a la empresa una y otra vez que cualquier día iba a pasar algo, pero no quisieron escucharme.

—Empezó a toser y volvió a ponerse la mascarilla.

Callanach salió de la ambulancia y cerró dando un portazo.

—Tripp, revise todas las cámaras de vigilancia que haya cerca del puerto; ya sean de carreteras, aparcamientos o de sistemas de seguridad privados. Averigüe de dónde vino ese bidón. Quiero hablar con el patólogo en cuanto terminen de procesar el almacén.

—Sí, señor —dijo Tripp mientras tomaba notas en una libreta—. Y creo que deberíamos buscar carretillas abandonadas. —Callanach lo miró, arqueando las cejas—. Esta vez es imposible que usara su maleta con ruedas. Debió de utilizar una, pero no he visto ninguna dentro.

—Crees que es el cuerpo de Jayne Magee. No hay ninguna evidencia de que lo sea. Quizá esto no tenga nada que ver con eso. —Callanach estaba poniendo a prueba a su detective para probarse a sí mismo. Él también pensaba lo mismo, pero ese cadáver era completamente diferente del primero.

—Es que parece que ha hecho lo mismo: deshacerse del cuerpo destruyendo las pruebas. ¿No sería mucha casualidad que otro asesino actuara igual? —preguntó Tripp.

—Vale, que un par de agentes vayan a buscar la carretilla. Y usted interrogue a los trabajadores de los edificios adyacentes y pregúnteles si han visto a una persona que pareciera fuera de lugar. Si es nuestro asesino, no creo que haya pasado desapercibido.

Era el típico almacén utilizado para guardar mercancías antes de su envío o distribución.

Era probable que en el exterior hubiera habido grúas en el pasado, pero el fácil acceso de las mercancías seguía estando garantizado por puertas anchas y pasarelas en varios niveles; también había una zona de oficinas con aseos y una sala para el personal.

Al asesino no había debido de resultarle nada complicado entrar.

Habría sido fácil levantar la alambrada, entrar por las ventanas rotas y luego abrir la puerta cortafuegos desde dentro.

El problema, presumiblemente, habría sido meter el bidón dentro.

No podía hacerlo rodar porque corría el riesgo de derramar su peligrosa carga.

Pero ¿por qué un almacén? Todo el recinto estaba vacío, salvo por unas cuantas grúas y un par de máquinas en desuso.

No lo había elegido al azar. Necesitaba saber dónde aparcar, cómo llegar y los detalles del horario del guardia de seguridad.

Callanach deseó que la escena del crimen no hubiera resultado tan dañada.

Si había un juicio, seguramente la defensa podría impugnar cualquier prueba encontrada allí.

No lograba quitarse de encima la sensación de que el destino estaba haciendo todo lo posible para obstaculizar la investigación.

El vuelco del bidón era la gota que colmaba el vaso.

Los periodistas se lanzarían como hienas.

Tarde o temprano, uno de ellos localizaría al guardia y publicaría el desconcertante relato del testigo ocular de la carnicería del almacén.

Y él no podría hacer otra cosa más que observar y esperar.

Tras tomar unas fotos del exterior del edificio, Callanach se dirigió a su despacho.

Esperaba encontrar la comisaría desierta.

El trabajo que se podía realizar de noche normalmente se llevaba a cabo en la escena del crimen o en el laboratorio.

En cambio, se encontró al sargento Lively en el centro de operaciones, rodeado por todo el equipo y algunas caras que no reconoció.

Cuando entró, lo recibió un silencio tan sólido como un muro de cemento.

—¿Es ella? —preguntó Lively. Callanach se preguntó si dar la versión oficial era mejor que compartir sus propias opiniones. Eligió un camino intermedio.

—La víctima aún no ha sido identificada, aunque hay indicios de que había un cuerpo humano en el bidón. El laboratorio examinará los restos esta noche e intentará recuperar el ADN. Hasta que la Policía Científica no complete las investigaciones, no tiene sentido especular.

—Han encontrado pelo del mismo color que el de Jayne Magee —dijo Lively con voz chillona y los puños apretados. A Callanach le entraron ganas de interrumpir la reunión y llevarlo a un lugar donde pudieran hablar en privado.

—No es posible confirmar el color del pelo debido a los químicos.

Ni siquiera estamos seguros de que la víctima sea una mujer.

Esta noche no se puede hacer nada más. Quiero que todos trabajen en este caso por la mañana, así que márchense a casa, descansen y los veré mañana a las ocho para darles un informe detallado.

—Mientras tanto desperdiciaremos otra noche en la que podríamos encontrar al asesino de Jayne. No voy a sentarme aquí a esperar a que pase algo. Hay gente que puede ayudar.

—Sargento, debe tener en cuenta que podría no tratarse de Jayne Magee —le advirtió Callanach.

—Claro, claro —dijo Lively en voz demasiado alta y demasiado cerca de él.

Todos los presentes contuvieron la respiración—.

Tal vez, señor, si no hubiera dado esa rueda de prensa desafiando a ese maldito asesino, Jayne Magee no estaría muerta.

Quizá sea usted quien necesite reflexionar sobre su posición aquí.

Callanach sabía que Lively estaba muy afectado, pero se estaba pasando de la raya. Aunque tenía ganas de descargar un poco de frustración dándole la pelea que quería, perder el control delante del equipo no valía la pena por las molestias que le causaría después. Dio un paso atrás.

—Baje la voz cuando hable conmigo, sargento.

Váyase a descansar. Quizá mañana por la mañana recuerde el significado de la frase «cadena de mando».

Si sigue teniendo problemas con ella, lo hablaremos.

—Callanach se dirigió a su despacho sin mirar atrás.

Lo último que necesitaba la investigación era que los ánimos se caldearan aún más.

Siguió su propio consejo y se fue a casa.