Capítulo 18
Al pasar por delante de la sala de reuniones, Callanach vio a Ava rodeada de su equipo, con cara de determinación. Intrigado, entró y se sentó en la última fila.
—La coincidencia de ADN llegó hace una hora.
La madre del bebé superviviente es Lucy Costello, que vive en Murrayfield con sus padres, Mary y John.
Recuerden que es una joven muy vulnerable que acaba de dar a luz y puede que esté sufriendo una depresión posparto.
Vendrá con nosotros un equipo médico, incluido un ginecólogo.
No se permitirá el uso de la fuerza a menos que ocurra algo imprevisto.
Tenemos que registrar la casa para encontrar una conexión con los otros recién nacidos.
Por favor, compórtese con respeto y sensibilidad.
—¿Qué ha hecho para acabar en el sistema, señora? —preguntó uno de los agentes uniformados.
—Suministro de sustancias estupefacientes, hace un año.
En realidad, solo le cayó una multa. Había comprado varias pastillas de éxtasis en una macrofiesta y las había distribuido entre sus amigos.
Había una operación encubierta de la policía.
Cuando se dieron cuenta de que tenía solo catorce años, se limitaron a amonestarla, pero el delito era lo bastante grave como para que conservaran su ADN en la base de datos. Vámonos.
Callanach la detuvo al salir.
—Por fin hay una pista. Has tenido suerte.
—Sí —respondió Ava—. Puedes venir si prometes estar callado durante una hora. Sería una buena oportunidad para que mi equipo te conociera un poco mejor.
—Me apunto. Me estoy volviendo loco aquí sin ninguna pista que seguir. ¿Voy en coche contigo?
—Por supuesto —respondió ella.
Murrayfield era una de las zonas más acomodadas de la ciudad y la riqueza se notaba en la inversión en instalaciones de ocio.
Además del estadio de rugbi, había una pista de patinaje, canchas de tenis, un campo de golf y un hospital estratégicamente ubicado para tratar las lesiones.
Un escenario improbable para albergar a una joven con antecedentes de drogadicción que recientemente había abandonado a su hijo para que muriera.
Los coches de policía identificables fueron estacionados a una manzana de distancia para evitar sembrar el pánico.
Solo Ava, el médico y una Range Rover con cuatro policías de paisano aparcaron en la calle donde vivían los Costello.
Cuando llamaron a la puerta, oyeron el ruido de una aspiradora procedente de una ventana abierta del piso de arriba.
Un par de minutos después, una mujer alterada, probablemente Mary Costello, fue a abrir la puerta.
Ava le enseñó su placa y se presentó.
—Estamos buscando a Lucy Costello. ¿Está en casa?
—No. ¿Qué pasa? ¿Se ha metido en problemas?
—Tenemos que hablar con ella urgentemente. ¿Puede decirme dónde se encuentra? —Ava se mostró firme pero educada. La señora Costello estaba nerviosa.
—Mi hija está en el colegio. Hoy tiene un examen. La he llevado yo esta mañana. Creo que tengo derecho a saber lo que quieren.
—Creemos que su hija dio a luz recientemente y que abandonó al bebé en un parque. Podría tener información sobre los otros crímenes.
—Eso es ridículo —soltó la señora Costello, pero tenía lágrimas en los ojos y estaba visiblemente conmocionada.
—¿Podría acompañarnos al colegio de Lucy?
—Tengo que llamar a mi marido para pedirle que vaya allí —objetó la señora Costello.
—Puede usar mi móvil por el camino. Debemos irnos inmediatamente —ordenó Ava. Visiblemente temblorosa, la señora Costello cogió su bolso y su abrigo, y empezó a escribir un mensaje en su teléfono antes de que Ava pudiera darle el suyo.
El Colegio St. Gabriella estaba a diez minutos de la casa de los Costello y no tuvieron más remedio que hacer desfilar los coches de policía uno tras otro por la puerta principal.
Hordas de jóvenes curiosas con faldas azules plisadas y americanas almidonadas los miraban al pasar.
Mientras Ava ayudaba a la señora Costello a salir del coche, un Jaguar XJS gris aparcó junto a ellos.
—¡¿Qué significa todo esto?! —bramó un hombre. La señora Costello corrió a su lado.
—Cariño, por favor, cálmate, solo necesitan hablar con Lucy.
—Pueden hablar primero conmigo —replicó él, colocándose frente al agente que acompañaba a Ava—. ¿Quién está al mando?
—Yo. Soy la inspectora Turner. Usted debe de ser John Costello. Tenemos que hablar con su hija. Puede quedarse con ella, pero debo pedirle que se calme.
—No me diga que me calme, señorita. Han alterado a mi esposa, han hecho toda clase de acusaciones ridículas y han invadido el colegio de mi hija. ¿Cómo se supone que se lo voy a explicar al director?
Mientras pasaba corriendo un grupo de chicas vestidas con ropa de tenis blanca y el pelo al viento, junto a una profesora gritando que no se pararan, Callanach oyó una voz proveniente de debajo del nivel de sus hombros.
—Papá, mamá, ¿qué pasa?
Lucy Costello estaba muy delgada, delgadísima.
Eso fue lo primero que pensó Callanach. Además, tenía un físico deportivo, casi atlético.
Quizá había cometido un error momentáneo al tomar una pastilla de éxtasis, pero era la viva imagen de la salud: piel brillante, pelo recogido en una coleta y raqueta de tenis en la mano.
Parecía que no tenía ni una sola preocupación en el mundo.
—Tú debes de ser Lucy —dijo Ava—. Soy policía. ¿Podemos hablar?
Callanach se dio cuenta, por su tono de voz, de que Ava sabía que había habido un error. Era imposible que esa chica hubiera dado a luz recientemente.
—¿Cuándo se supone que nació este bebé? —preguntó John Costello. Ava le dio los detalles mientras Mary Costello abrazaba a su hija—. Lucy estaba en un viaje escolar a un campamento multiaventura. Antes de empezar a interrogar a mi hija, le agradecería que lo comprobara.
Ava indicó con un gesto a un agente del equipo que entrara en el colegio a realizar las investigaciones necesarias.
—¿Le importaría que un doctor le hiciera a Lucy un chequeo rápido? Solo le llevará un par de minutos, no será nada invasivo. Su mujer puede estar presente.
La expresión en el rostro de John Costello indicaba claramente que sí que le importaba, pero su esposa asintió, calmó a su marido y acompañó a Lucy al despacho de la conserje para el examen médico.
—Será mejor que vaya a explicarle la situación al director. Haré que la despidan por esto, señorita Turner. —John Costello se marchó enfurecido.
—Debe de haber habido un error al procesar el ADN por una contaminación en el laboratorio o un fallo informático —meditó Callanach.
—¿Conoces el dicho: «Demasiado bueno para ser verdad»? —preguntó Ava—. Debería haber sabido que no podía ser tan sencillo.
Un agente confirmó que Lucy no había estado en Edimburgo la semana anterior.
Y no solo eso, sino también que había estado haciendo piragüismo, senderismo y escalada, con varias fotos que lo demostraban.
No se sorprendieron en absoluto cuando el médico confirmó que Lucy no había dado a luz. Ava fue a disculparse con su familia.
—Lucy, señor y señora Costello, gracias por colaborar con la investigación. Les pido disculpas por las molestias. El ADN de Lucy ha aparecido como coincidente en un caso y eso es lo que nos ha traído aquí.
—Por lo de las drogas, supongo. —John Costello fulminó a su hija con la mirada, rechinando los dientes.
Callanach pensó que era una forma bastante dura de tratar a una chica que acababa de ser examinada por un médico de la policía y que tendría que enfrentarse a una serie interminable de cotilleos en el colegio.
—Claramente fue un error y solo puedo decir que lo lamentamos mucho. Espero que esto no te cause ningún problema, Lucy. —Ava volvió al coche y Callanach la siguió. Consiguió mantener la compostura hasta que llegaron a la autopista.
—¡Dios, qué desastre! —gritó, golpeando el volante con los puños—. He desperdiciado tiempo y recursos. Me van a poner una reclamación y no hemos avanzado nada.
—Has actuado de acuerdo con la información que te han dado. ¿Qué otra cosa podías hacer? Lucy encajaba en el perfil del caso: joven, con edad suficiente para ser sexualmente activa pero aún vulnerable y residente en Edimburgo. Solo tienes que empezar de nuevo con las pruebas forenses.
—Y encima esta noche tengo que dar una conferencia, maldición. Tendré suerte si la prensa no invade la sala para interrogarme sobre mi incompetencia. ¡Mierda!
—Para —dijo Callanach.
—¿Por qué?
—Para y sal del coche. —Ava se desvió hacia el arcén. Callanach abrió la puerta, señaló el asiento del copiloto y se puso al volante.
—No estoy tan alterada como para no poder conducir.
—Tienes veinte minutos antes de que lleguemos a la comisaría.
Deja de malgastar fuerzas, coge el teléfono y pídeles que repitan las pruebas.
Esto es lo que nos enseñan en la Interpol.
De nada sirve mantener la calma cuando hay un problema.
Trata de resolverlo mientras aún estás lo bastante cabreada como para espolear a los demás a esforzarse al máximo.
¡A trabajar! —Ava se puso a buscar el número.
Cuando aparcaron el coche, lo único que le quedaba por hacer a Ava era explicarle la situación al comisario.
—No te disculpes, solo dile lo que ha pasado —le aconsejó Callanach—. Dile que el padre de Lucy va a poner una reclamación y explícale la clase de hombre que es, para que no haya sorpresas. Después, ven a buscarme. Te acompañaré a la conferencia, así podrás evitar que te siga un agente uniformado.
—Claro, porque tú pasas desapercibido…
—Si prefieres al agente… —Levantó las manos en señal de rendición.
—No, no. Lo siento, te agradezco la oferta, pero estoy segura de que tendrás mejores cosas que hacer esta noche. Sabes que el comisario no te va a pagar esas horas extras, ¿verdad? —rio ella.
Callanach encontró a Tripp examinando documentos en la sala de operaciones. Parecía tener problemas.
—¿Qué es eso? —le preguntó.
—Expedientes de personas desaparecidas —respondió Tripp—. He ampliado la búsqueda para cubrir todas las ciudades principales y estoy haciendo una clasificación por género, edad y similitudes. La verdad es que no he encontrado gran cosa.
—¿No hay ninguna coincidencia con nuestros casos?
—No. Un par de mujeres de la edad adecuada desaparecieron repentinamente de sus casas, pero no tenían perfiles tan altos como los de Magee y Buxton, y en ambos casos hay pruebas de que estaban deprimidas.
No hay señales de secuestro y no se han encontrado los cuerpos.
Además, un proxeneta de Glasgow conocido por la policía afirma que ha desaparecido una chica, pero no se ajusta al perfil —concluyó Tripp.
—De acuerdo, recopile más detalles sobre esos casos y prepáreme un informe. Salgo en una hora para acompañar a la inspectora Turner a una conferencia en la universidad. ¿Hay novedades sobre la nota amenazadora?
—La Policía Científica no ha encontrado nada. No hay huellas y el papel y la tinta son muy comunes. No hay ninguna pista. Quien la envió sabía cómo hacer un trabajo limpio. No han podido encontrar rastros de una entrada no autorizada en el edificio y en las grabaciones de las cámaras no hay nada.
El pabellón de conferencias estaba lleno y los temores de Ava de que la prensa se enterara de los acontecimientos del día resultaron infundados.
En el vestíbulo los recibió la profesora Natasha Forge, que parecía más estricta que la noche anterior, hasta que les guiñó un ojo mientras les ofrecía un jerez.
—¿Está bien Ava? —le preguntó en un susurro—. Parece distraída.
—Ha sido un día duro —respondió Callanach—, pero ella es una chica dura.
Natasha lo miró con la cabeza ladeada y él se dio cuenta de que lo estaba evaluando.
—Sí, pero no es indestructible, así que ten cuidado. —Acompañó a Ava a la sala de conferencias y subió al escenario con ella.
Callanach se deleitó por primera vez con la brillantez de su colega.
Ava pasó con facilidad de la historia del sistema jurídico de Escocia a una comparación de las estructuras penitenciarias internacionales y, por último, a la ética del castigo.
La sala permaneció en silencio todo el tiempo.
Nadie jugueteó con los dedos, ni dejó caer un bolígrafo ni salió para ir al baño.
Cuando terminó, los alumnos se levantaron y aplaudieron.
Natasha, que estaba a su lado, no parecía sorprendida.
—Ha sido impresionante —susurró Callanach a Ava mientras la acompañaban al vestíbulo.
—Cállate —respondió ella, ruborizada.
El agente Tripp salió de entre la multitud con un policía a remolque.
—Lo he llamado, pero no contestaba —dijo. Callanach suspiró. Había silenciado el teléfono para la conferencia—. Han encontrado algo en el puerto de Granton. Tenemos que irnos ahora mismo. El comisario me ha dicho que viniera con un agente para que se quede protegiendo a la inspectora Turner.
—¿Es un cadáver?
—No exactamente. La verdad es que nadie lo sabe todavía.
Callanach se acercó a Ava, agachó la cabeza para explicarle la situación en un susurro y se marchó con Tripp. El siguiente en la fila que había para saludarla era un hombre de estatura media, algo pasado de peso, con zapatos relucientes y un traje bien planchado. Callanach no se fijó en él.
Pero Reginald King sí. Se fijó en que parecía aún más engreído en persona que en la radio.
Se fijó en que las mujeres no se inmutaron cuando él se acercó.
Se fijó en que la vieja amiga de Natasha parecía tener una relación muy cercana con él.
Observó a Natasha. Si ella lo mirara como la inspectora Turner miraba a ese francés…
Ojalá King hubiera podido susurrarle algo al oído, felicitarla por su inteligencia, compartir un momento íntimo en medio de aquella multitud que la adoraba…
La observó durante mucho tiempo y el deseo de hacerle daño se volvió casi irrefrenable.