Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

—Ya han pasado veinticuatro horas, señor, y no he recibido más amenazas.

Seguro que es algún lunático intentando conseguir una reacción.

—Ava y el comisario Begbie estaban fuera de su oficina.

Callanach trató de fingir que no escuchaba, pero fracasó, al igual que los demás agentes, que los miraban estupefactos en el pasillo.

—Inspectora Turner, ese demente logró entrar al edificio y encontrar su despacho sin ser detectado.

La amenaza era muy desagradable, estoy seguro de que la recuerda.

Hasta que hayamos identificado y detenido a la persona que fantasea con matarla, la escolta la seguirá todos los días hasta que esté a salvo en su casa con la alarma activada —dijo el comisario levantando la voz.

—Pero yo solo quiero ir a tomar algo con una amiga a un bar. No pasará nada y con mi nada discreta escolta de guardaespaldas me sentiré como una completa idiota. —Ava no parecía dispuesta a rendirse. Callanach miró el reloj. Ya era hora de irse.

Se asomó al pasillo.

—Yo iré con la inspectora Turner si eso sirve de ayuda.

Ambos lo miraron fijamente. Ava tenía una expresión de esperanza confusa y el comisario parecía simplemente escéptico. Callanach no le dio mucha importancia. Sospechaba que era la expresión habitual de Begbie.

—Está decidido —dijo Ava, cogiendo su abrigo.

—Un momento. No la deje sola ni un segundo, Callanach, es una orden. Hasta que no haya comprobado el piso y la inspectora haya cerrado con llave, será responsable de su seguridad. No me importa si viene de la Interpol, será mejor que no la fastidie.

—Entendido, jefe —aceptó Callanach, cogiendo las llaves del escritorio.

—¿Puedo al menos ir sola al baño? —preguntó Ava con sarcasmo. Callanach la cogió del brazo y la acompañó por el pasillo.

—Venga, marchémonos ahora que podemos —sugirió. Por una vez, Ava le hizo caso.

Media hora más tarde estaban en The Pear Tree luchando por acercarse a la barra.

—¿Por qué hay tanta gente? —se quejó Callanach.

—Estamos cerca del campus principal de la universidad —le explicó Ava; le tendió una copa de vino tinto y le señaló una mesa que acababa de quedar libre.

Se sentaron, dejando sus abrigos en una tercera silla para que no la cogiera nadie—.

Gracias por ofrecerte a acompañarme. No soporto que me sigan como si no fuera capaz de cuidarme yo sola.

—¿Entiendes que estoy aquí precisamente para eso? Quizá a ti te divierta enfadar al jefe, pero yo todavía no estoy listo para pelearme con él, así que no te escapes. —Ava resopló y luego le sonrió a alguien que estaba detrás de él.

—¡Tasha! Ya te he traído un gin-tonic . Siéntate. Te presento a Luc Callanach, nuestra última incorporación, recién llegado nada menos que de la Interpol. Luc, esta es una vieja amiga mía, Natasha Forge, directora del Departamento de Filosofía de la universidad.

—Encantado. ¿Cómo os conocisteis? —dirigió la pregunta a ambas y respondieron a la vez.

—En el Pony Club —dijeron al unísono, soltando una carcajada. Callanach parecía confuso.

—¿Por qué os hace tanta gracia? —preguntó.

—Lo odiábamos. Las dos. Era la solución perfecta para los padres que querían deshacerse de sus hijos el fin de semana para poder jugar al golf o ir de compras.

La primera vez que vi a Tasha, se estaba escabullendo por la parte trasera del establo para ir a fumar un cigarrillo.

Reconocí a un espíritu afín y la seguí —explicó Ava.

—Así pasábamos los domingos; nos poníamos los pantalones y las gorras de equitación y desaparecíamos.

Creo que no me he subido a un caballo ni una sola vez.

Malditas criaturas. Quien piense que disfrutan llevándonos a cuestas se equivoca mucho.

Una vez me dio una coz un caballo y nunca más quise acercarme a uno —concluyó Natasha.

—¿Y vuestros padres no se dieron cuenta de nada? —preguntó Callanach.

—Una vez nos llamaron al despacho de la directora de la escuela de equitación para que diéramos una explicación.

Ava prometió que nos mantendríamos alejadas de los problemas si ella les contaba a nuestros padres que nos estaba yendo bien.

Seguíamos viéndonos todos los fines de semana, nuestros padres se libraban de nosotras y el picadero recibía cantidades desorbitadas de dinero a cambio de nada.

Cuando Ava se marchó a un internado, yo seguí asistiendo al colegio aquí, aburriéndome mortalmente, pero al menos podíamos pasar las vacaciones juntas.

Parecía que el verano podía durar para siempre.

Callanach vio cómo sonreían ante esos recuerdos y a las chicas despreocupadas y rebeldes que habían sido. Un vaso roto hizo que Ava se diera la vuelta bruscamente. Estaba tensa, más nerviosa de lo que quería admitir, pero intentó disimularlo volcándose de nuevo en la conversación.

—Hablemos de lo de mañana por la noche. Ya tengo preparadas las notas para la conferencia. ¿Cuántas personas esperas que asistan? ¿Hay micrófono? ¿Cómo debo ir vestida?, ¿de uniforme o de calle?

—Guau. Relájate —rio Natasha—. No es para tanto; bueno, por lo menos para ti. Te he visto en las noticias dos veces en las dos últimas semanas. Ponte lo que quieras. Tu principal problema será marcharte. Tendré que sacarte por detrás para evitar la serie interminable de preguntas.

—¿De qué va todo esto? —preguntó Callanach.

—Voy a dar una conferencia. —Ava se enderezó con altivez—. Me lo pidieron en el último minuto, la verdad. ¿Quién ha cancelado, dejándote tan desesperada que has tenido que llamarme a mí?

—Nadie —respondió Natasha, negando con la cabeza—. Quizá hubo un pequeño descuido porque el administrativo encargado de conseguir al ponente no se encontraba bien, pero eso no significa que no fueras mi primera opción.

—¿Y cuáles eran las otras opciones? —preguntó Ava.

—El muy idiota intentó que viniera alguien de Profesionales Antiaborto porque pensó que sus ideas les gustarían a nuestros educados, liberales y racionales estudiantes. Por suerte me has salvado y te estaré eternamente agradecida.

—¿Profesionales Antiaborto? —preguntó Callanach.

—Un grupo religioso que disfraza sus ideas como técnicas en lugar de moralistas.

También dirigen centros de asesoramiento donde aterrorizan a chicas adolescentes convenciéndolas de que se quedarán estériles o enfermarán y morirán si no llevan a término sus embarazos.

Los asesores que trabajan allí no revelan sus verdaderos objetivos.

Son muy reservados y, por lo que a mí respecta, absolutamente tóxicos —explicó Natasha—.

Bueno, voy a intentar acercarme a la barra. ¿Os traigo lo mismo?

Mientras Natasha se abría paso entre la creciente masa de cuerpos, Callanach vació su vaso y miró a Ava. Estaba más callada de lo normal.

—¿Estás bien?

—Mmm —fue su respuesta.

—Sabes que el comisario querrá que un policía uniformado te escolte mañana por la noche, ¿verdad?

—Perfecto —respondió ella, sin escucharlo en realidad.

—Tienes que contarle a Natasha lo de las amenazas. Seguro que en la universidad hay vigilantes. Si hay una gran afluencia y piensas asistir al refrigerio posterior, un solo agente no servirá.

—¿Estás intentando conseguir un ascenso? Porque empiezas a hablar exactamente como Begbie.

Natasha dejó las bebidas sobre la mesa.

—¿Por qué tenéis esas caras tan largas? —preguntó. Callanach decidió manejar el asunto a su manera. Ava había dejado bastante claro que no tenía intención de tomarse en serio los riesgos potenciales de la situación.

—Ava ha recibido una amenaza de muerte —respondió—. Por eso me he colado en vuestra quedada de esta noche.

—¿Es por el caso que estás investigando? —preguntó Natasha.

—Tal vez —respondió Ava—. O quizás es uno de los criminales que me odian porque los he hecho arrestar en los diez últimos años. Quién sabe… No hay nada de lo que preocuparse, Tasha.

—¿Por qué no te quedas conmigo un tiempo? —sugirió Natasha.

—¿Porque no soportas la música que escucho y te enfadarás si te despierto cuando tenga que levantarme o volver a casa en plena noche?

Y porque te quiero y no hay necesidad de que te preocupes.

No deberíamos haberte dicho nada —se quejó.

No había utilizado por error la primera persona del plural.

Callanach no le había dado opción y estaba enfadada con él.

—En realidad, habéis hecho bien —aprobó Natasha—. Me sentiría mejor si te vinieras a mi casa.

—Pero yo tendría la sensación de que le estoy dejando ganar.

Ya me conoces. Tengo que irme —anunció Ava de repente; cogió su bolso y metió los brazos en las mangas del abrigo—.

Siento cortaros el rollo, pero necesito marcharme a casa.

¿Te importa, Luc? Hasta mañana, Tasha. Intentaré no fastidiar la conferencia.

Natasha la besó en las mejillas.

—Lo harás muy bien. Ha sido un placer, Luc.

Ava vivía en una casa adosada en una calle tranquila al oeste de la ciudad.

Callanach se puso en modo policía con la eficiencia garantizada por sus muchos años de servicio.

Comprobó todas las habitaciones, encendió todas las luces, y se aseguró de que los pestillos de la puerta trasera estaban echados y de que las ventanas de la planta baja estaban cerradas.

Solo entonces permitió que Ava entrara en la casa y le pidió que le enseñara que la alarma funcionaba perfectamente.

—¿Por qué te han entrado las prisas por volver a casa? —le preguntó mientras se aseguraba de que el teléfono fijo no estaba desconectado.

—Algo que ha dicho Natasha me ha hecho volver a pensar el caso. Necesito dormir bien y cuando salgo por la noche con ella nunca acaba bien la cosa. Le caes bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Si no fuera así, te habrías dado cuenta.

No soporta a los imbéciles. Siempre decide si puede confiar en un hombre en cuestión de minutos, y por lo que sé, siempre acierta.

Por desgracia, no puedo decir lo mismo de su gusto por las mujeres.

—Ava encendió la tetera y tiró los zapatos en dirección al felpudo.

—¿De verdad? —preguntó Callanach.

—Tasha es lesbiana, aunque no lo va proclamando a los cuatro vientos. Siempre ha sido muy cuidadosa para que no se enteren en la universidad. No quiere que la etiqueten ni que la reduzcan a un estereotipo.

—Lo entiendo —comentó él—. Bueno, parece que todo está bien. Llama al 999 y a mi número de móvil si hay algún problema. —Se quedó escuchando cómo cerraba la puerta con llave y ponía la cadena. A pesar de la valentía que mostraba en público, Ava evitaba correr riesgos innecesarios.