Capítulo 16
La partida de ajedrez se prolongó durante cuarenta y cinco minutos.
King estaba agotado, empezaba a aburrirse y sabía que Magee se estaba aprovechando de su fatiga.
Al principio le gustó el silencio que reinaba en la habitación mientras ambos se acomodaban para concentrarse.
Grace permaneció atada en su saco en el suelo, revolcándose de vez en cuando y emitiendo gemidos ahogados, presumiblemente entrando y saliendo de un estado de inconsciencia.
Incluso la histérica de Elaine se había quedado callada, con la cara escondida en la almohada, desmayada o dormida, le resultaba indiferente.
Magee había demostrado ser un espécimen mucho más interesante.
No había previsto que ella haría un gesto tan audaz y descarado como desafiarlo a una partida de ajedrez por la vida de la mujer.
Había sido un acto valiente asumir la responsabilidad de otra alma.
Pero él no se había alterado. Su padre le había hecho estudiar las partidas de los expertos y leer muchos libros sobre el tema.
Nunca había sido tan bueno como su hermana, pero estaba seguro de poder vencer a una mujer a la que había sido lo bastante listo como para secuestrar sin dejar rastro.
Durante la primera media hora, fingió que la dejaba ganar, para darle una falsa sensación de seguridad.
Jayne estaba en desventaja y, además, era presa fácil de la ansiedad.
¿Qué había de malo en darle ventaja al principio?
Cuando se dio cuenta de que ella era una ajedrecista superdotada, intentó ponerse a su altura, pero fracasó y solo consiguió mantener la calma de cara al exterior.
Después de tres cuartos de hora, estaba perdiendo.
Nunca debería haber aceptado jugar cuando ni siquiera podía mantener los ojos abiertos.
Era imposible que fuera una partida justa y ella lo sabía.
Era una embaucadora, lo había convencido fingiendo estar desesperada, pero sabiendo desde el principio que él no era capaz de concentrarse.
Cuando ella movió el rey al centro del tablero, King se dio cuenta de que la partida había terminado.
Intentó evitar que le temblaran las manos.
Era por falta de comida y de sueño; y también de rabia contra esa zorra tramposa que se había aprovechado de él.
No podía creerlo. Era inconcebible que pudiera ganarle.
Jayne declaró jaque mate unas jugadas más tarde, sin una sombra de exaltación o jactancia, y King la detestó por ello.
¿Tan segura estaba de ganar que ni siquiera sentía la necesidad de mostrarse sorprendida u orgullosa?
¿Creía que él era tan incompetente que derrotarlo era una conclusión previsible?
—¿Por qué no estás contenta? —siseó—. Has ganado la partida. Ha sido solo porque estoy muerto de cansancio, pero aun así me has ganado. ¿No era eso lo que querías?, ¿hacerme sentir como un donnadie? Lo has conseguido, me has ganado, ¿no podrías al menos ser educada y amable?
—Desátala —ordenó Jayne—. Deja que la limpie.
—¡¿Eso es todo?! —exclamó King, levantándose tan bruscamente que hizo caer la mesa.
Las piezas de ajedrez se esparcieron a sus pies—.
¿Eso es lo único que te importaba? ¿Salvarla?
¡Te he traído aquí para mí! —gritó con voz infantil.
Se daba cuenta de ello y le repugnaba, pero sin embargo, no podía parar—.
¡Deberías preocuparte por mí! Estábamos jugando.
Era mi tiempo contigo. Mi tiempo. No el de ella.
—Teníamos un acuerdo —insistió Jayne—. Conocías las condiciones desde el principio.
—¡No me des sermones sobre las condiciones! —bramó—. Yo soy lo principal, ¿no lo entiendes? Por una vez en mi vida, soy importante. ¡Hacéis lo que quiero, cuando os lo pido y lo hacéis por mí!
La compostura de Jayne empezaba a flaquear. Había un brillo de lágrimas en sus ojos que le hizo sentirse victorioso. Quería hacerla llorar y quería que no parara nunca.
—Por favor —rogó ella—. Cálmate, por favor. Perdóname. Podemos hablar todo lo que quieras. Has jugado muy bien. Si no hubieras estado cansado, nunca habría podido vencerte.
—Tendrá que haber un castigo —dijo King—. Y debe ser acorde a la ofensa. —Sacó la reina negra de debajo de la mesa volcada y la puso delante de la cara de Jayne.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó. Una lágrima recorrió su mejilla. Él estaba muy contento.
Arrancó el saco de la parte superior del cuerpo de Grace, se sentó detrás de ella, le rodeó la cintura con el brazo, le abrió las piernas y tiró de ella hacia él.
Aunque la mujer se encontraba en un estado de lucidez bastante dudoso y no podía mover los brazos ni las piernas atadas, hizo ademanes de protesta, sacudiendo la cabeza como una loca.
King reunió las piezas de ajedrez en un pequeño montón junto a él y echó hacia atrás la cabeza de Grace, inmovilizándola contra su hombro.
Le abrió la boca y vio los ojos de Jayne mirando las tenazas.
—No —dijo—. Ahora vamos a cambiar. Has sido tú quien ha elegido lo que le haré ahora. Lo elegiste cuando me pediste jugar al ajedrez, sabiendo que yo no podía ganar. Eres tú quien le está haciendo esto.
Dejó caer la reina en la boca de Grace y cogió una torre del suelo.
Le metió también esa y después un peón y un caballo.
Pensó de pasada en lo enfadados que se pondrían sus padres si vieran el trato que estaba dando a su valioso ajedrez, pero, al fin y al cabo, ni siquiera ellos le habían dejado ganar nunca.
Eso le parecía el mejor uso que se había hecho jamás de las antiguas piezas de ébano y marfil.
Ya había sufrido suficientes humillaciones con ese juguete.
El bloqueo de las vías respiratorias hizo que Grace volviera en sí.
Su cuerpo intentaba desesperadamente hacerla toser y expulsar los objetos extraños que él le estaba introduciendo en la garganta.
Los ojos comenzaron a hincharse, la falta de oxígeno la hacía menearse, aunque su resistencia estaba mermada.
King decidió que era el momento de pasar directamente a su verso favorito del himno.
— Yea, when this flesh and heart shall fail…
* . —Juntó dos alfiles, frotándolos con fuerza en sus encías heridas.
La sangre manchó las piezas, le llenó la boca y Jayne empezó a gritar como una loca—.
A nd mortal life shall cease, I shall possess within the veil…
—Finalmente cogió las piezas restantes y se las metió todas juntos por la garganta.
Le mantuvo la boca cerrada, le bajó los párpados y escuchó cómo ella agitaba las piernas y los brazos, gorgoteaba y tenía arcadas.
«Es el sonido de la muerte levantándose para copular con la vida», pensó.
Cuando la alegría de hacer llorar a Jayne empezaba a desvanecerse, Grace se quedó quieta.
King terminó la canción—: a life of joy and piece .
—Ya te lo había dicho —susurró Elaine. Se había olvidado de ella. Estaba sentada en la cama, con las rodillas en el pecho, balanceándose de derecha a izquierda y jadeando—. Te lo había dicho.
King fue hacia ella.
—Sí, se lo habías dicho, cariño, lo sé. Le habías dicho lo que iba a pasar y no te ha hecho caso.
A partir de ahora tendrá más cuidado. —Cubrió a Elaine con una manta para que no pasara frío por la noche y le acarició el pelo mientras la arropaba—.
Sacaré la basura por la mañana —dijo, dando una patada al cadáver de Grace al pasar—. Que duerman bien, señoras.
Al día siguiente llegó tarde al trabajo, disgustado por su camisa sin planchar y el mal olor que desprendía su cuerpo, esperando que Natasha no se diera cuenta.
Había dormido del tirón y no había tenido tiempo de ducharse cuando se había despertado.
Pero cualquier día adicional de ausencia habría llamado la atención y, aunque le habría gustado dormir hasta la noche, no era posible.
Las trabajadoras de Administración lo estaban mirando fijamente.
No solían saludarlo ni intercambiar unas palabras con él, pero se estaban comportando de una manera muy maleducada.
Se preguntó qué veían ellas que a él se le escapaba.
Llevaba su traje habitual y no se había olvidado la corbata.
Solo cuando llegó frente al espejo de su despacho vio lo que les había llamado la atención.
Un hematoma en el ojo derecho que aún no se había vuelto completamente negro.
No recordaba cómo había sucedido, pero probablemente Grace había debido de golpearlo mientras se retorcía y forcejeaba.
No le dolía si no lo tocaba, pero no dejaría que Natasha lo viera así.
Seguro que disfrutaba de ello; le haría gracia su desaliño y querría conocer todos los detalles.
Consideró la posibilidad de volver a casa, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas. Ella sabría que pasaba algo.
Sonó el teléfono. Suspiró al oír la voz que había al otro lado.
—Doctor King. Teníamos una reunión programada. ¿La ha olvidado?
—No, profesora Forge, es que he llegado tarde porque he tenido un accidente.
—Venga ahora mismo, por favor —dijo Natasha hablando rápido.
Siempre hablaba con él rápidamente, como si no viera la hora de terminar la conversación.
La había oído hablar con otras personas y tenía un tono de voz más amable y hablaba más despacio.
Siempre estaba nerviosa cuando él estaba cerca.
El ambiente entre ellos había sido tenso desde que se conocieron.
Ella también lo sabía. La diferencia era que él tenía el valor de admitirlo ante sí mismo.
—¿No puede decirme lo que necesita por teléfono? —preguntó; no quería que lo viera en ese estado, no podría soportar estar cerca de ella así. La idea de que Natasha oliera su sudor añejo era intolerable.