Restos perfectos (Luc Callanach 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Otro recién nacido había sido abandonado en el mismo parque y los medios no hablaban de otra cosa.

Sin embargo, ese niño, tal vez porque era más fuerte o más afortunado que los otros dos, o porque su madre no había querido en realidad que muriera, estaba tan bien arropado que había sobrevivido hasta que lo había encontrado un transeúnte que estaba paseando a su perro.

El comisario Begbie estaba reunido con Ava cuando Callanach fue a ver cómo avanzaba la investigación.

Era tarde. A las cuatro de la mañana, en teoría, no debería haber nadie trabajando, manteniéndose despierto gracias a las máquinas expendedoras de sándwiches y bebidas carbonatadas.

Sin embargo, a esas alturas ya era inútil volver a casa.

El sueño había desaparecido de su vida en el mismo instante en que Jayne Magee se había desvanecido de la suya.

Callanach volvió a su despacho y envió un mensaje a Ava para invitarla a tomar un café con él después de la reunión con el comisario. Llegó media hora tarde.

—Sabes que no puedes trabajar veinticuatro horas al día, ¿verdad? —le preguntó.

—Hipócrita… —respondió él—. ¿Se sabe algo más?

—El niño va a salir adelante. Está deshidratado, pero no ha estado mucho tiempo a la intemperie. Otra vez estaba envuelto en la misma clase de toalla, así que todos están conectados.

—¿Nadie ha denunciado su desaparición? —preguntó Callanach.

—No, pero hay una novedad. Los forenses han encontrado sangre seca y coagulada en un pliegue bajo un brazo. El pediatra no cree que sea del bebé.

—Entonces, ¿es de la madre?

—Esa es la hipótesis. No tendremos los resultados antes de un par de días, ni siquiera metiéndoles prisa a los del laboratorio.

Necesitamos saber cómo se conocieron esas mujeres.

Ningún médico de cabecera, comadrona, profesional sanitario u otro profesional se ha puesto en contacto con nosotros para dar la voz de alarma sobre una embarazada que no acudió al control prenatal.

—¿Las prostitutas no utilizan la sanidad pública? —sugirió Callanach.

—¿Por qué no abortaron si no querían a los niños? —Ava se pasó una mano por el pelo, haciendo una mueca.

—Quizá porque algunos hombres tienen fantasías sobre tener sexo con mujeres embarazadas. A lo mejor los proxenetas las obligan a llenar al final del embarazo, ganan dinero con eso y luego abandonan a los recién nacidos.

—Sabía que era mejor volver a casa sin hablar contigo. Es un pensamiento aterrador. —Ava se puso el abrigo—. ¿Quieres que te lleve?

—Tienes dos bebés muertos y uno vivo sin madre y sin nombre. No habrá final feliz. Y sí, me gustaría que me llevaras a casa.

Se dirigieron al coche en silencio, sumidos en sus pensamientos. Cuando Ava abrió la puerta, oyeron un ruido detrás de ellos que les hizo girarse y asomarse a la oscuridad. Al no ver nada, subieron. Permanecieron en silencio todo el camino.

—¿Has llamado a la floristería para averiguar quién ha enviado las rosas? —preguntó Callanach, cuando ya casi estaban en su casa.

—No he tenido tiempo —respondió ella—. ¿Qué te ha hecho pensar en eso?

—Antes he tenido la sensación de que nos estaban vigilando, y eso me ha hecho pensar en tu admirador secreto.

—Tienes una imaginación muy vívida. Será por la cafeína —dijo Ava al entrar en Albany Street.

—Por favor, ten cuidado —murmuró Callanach al salir del coche.

Reflexionó sobre si los buenos modales dictaban que debía invitar a Ava a tomar un café, pero miró el reloj y cambió de opinión.

Si tenía suerte, conseguiría dormir cuatro horas antes de volver a la comisaría.

Ella partió antes de que él pudiera darle las gracias por llevarlo.

Estaba metiéndose en la cama cuando se dio cuenta de que casi había invitado a una mujer a su casa.

Un mes antes le habría parecido inconcebible que pudiera sentirse tan cómodo con una colega, pero la inspectora Turner era diferente.

Se mostraba relajada con los demás y segura de sí misma; aparentemente, nada la alteraba salvo el buen cine.

Además, empezaba a sentir por ella algo parecido a la amistad.

Hacía demasiado tiempo que no tenía un amigo.

Al darse la vuelta para ponerse cómodo, deslizó una mano bajo la almohada y encontró un objeto frío y duro.

Cuando intentó sacarlo, rodó hasta su palma.

Bajo la pálida luz de la luna que se filtraba por las rendijas de las contraventanas, el objeto emitía reflejos plateados, mientras que la lámpara de la mesilla revelaba la multitud de líneas y colores impresos en su superficie.

El globo terráqueo en miniatura formaba parte de un llavero, pero sin llaves, y lo había encontrado encima de la cómoda de la reverenda Jayne Magee.

Se preguntó si ella lo miraba cada noche, pensando en todos los lugares a los que podría ir, imaginando los sonidos y las vistas de un mundo más grande que en el que ella predicaba.

¿O era solo un objeto con valor sentimental?

¿Un recuerdo llevado por un padre que volvía de viaje, para demostrarle que había pensado en ella mientras estaba fuera?

Mirando el pisapapeles de Elaine, que reposaba encima de un libro en la mesa que había junto a la cama, Callanach se esforzó por visualizar los rostros de las dos mujeres.

Esos dos simples objetos eran una especie de relicarios.

Mientras los tuviera cerca, no podría olvidarlas ni evitar pensar en ellas.

Se quedó dormida abrazando el pequeño globo y preguntándose en qué parte del mundo estaría Jayne Magee.

Al día siguiente llegó la confirmación de las huellas de ruedas paralelas dejadas en la gravilla que había fuera del garaje de Elaine Buxton.

Debería haberlo considerado una victoria, pero la imagen de una mujer atada y doblada en una maleta era demasiado vívida y le impedía sentirse satisfecho por haber dado un paso adelante.

Callanach convocó una reunión del equipo en la sala de operaciones, que parecía un rompecabezas gigante.

Una pared estaba dedicada a Elaine Buxton, su piso, su despacho y las pruebas forenses de las que disponían.

En otra estaban las fotos de Jayne Magee.

Para ella había más material, incluidos recortes de periódico, artículos escritos por ella, cartas de la congregación y fotos de las pocas personas que, según las conclusiones del sargento Lively, no estaban a favor de tener a una mujer como reverenda de su iglesia.

Callanach le pidió al sargento que le explicara las novedades del caso.

—Sabemos que ambas mujeres fueron secuestradas nada más llegar a casa.

El agresor, un hombre, mete a sus víctimas en una maleta con ruedas después de drogarlas con cloroformo para trasladarlas a otro lugar.

Esta mañana se ha confirmado la presencia de cloroformo en el tejido blando adherido al diente de Elaine Buxton.

Tienen copias de las declaraciones de los testigos.

La policía está en alerta en la zona de los Cairngorm por si el asesino intenta deshacerse del cuerpo de Jayne Magee como hizo con el de Elaine Buxton.

—¿Tenemos un perfil? Si no somos capaces de encontrar a Jayne Magee, ¿no deberíamos averiguar más cosas sobre el hombre que la secuestró? —preguntó un agente que estaba al fondo de la sala.

El sargento Lively miró a Callanach para invitarlo a responder.

—No es posible elaborar el perfil de un sospechoso a través de un solo asesinato.

—¿Y por qué no, maldita sea? —preguntó Lively.

—Hay restricciones sobre los casos en los que se puede solicitar la ayuda de un perfilador y todavía no cumplimos con todos los requisitos necesarios.

—¿Porque solo tenemos un cadáver? ¿O porque la elaboración de un perfil resultaría demasiado costosa?

La reverenda Magee está encerrada con un lunático.

¿Cuántas horas más podrá sobrevivir? —dijo Lively, levantando la voz.

Callanach comprendió que ese caso lo afectaba más de lo que había dejado ver.

—No es solo una cuestión financiera —explicó—.

No podemos crear un perfil hasta que haya más de un cadáver porque falta el patrón.

En esta fase, formular hipótesis sobre el asesino podría hacernos perder objetividad y llevarnos por el camino equivocado.

No se puede analizar un solo asesinato y decir que el autor es de una manera u otra.

En estos momentos, mantener la mente abierta es nuestra mayor baza.

—No me lo creo —soltó Lively—. Es todo culpa de la maldita burocracia.

Un agente uniformado se asomó por la puerta y llamó a dos compañeros al pasillo, salvando a Callanach de otro enfrentamiento con el sargento.

Era una excusa bastante buena para hacer un descanso la reunión.

De una conversación en voz baja al otro lado de la puerta, captó las palabras «amenaza» y «control policial» antes de que Tripp le entregara un fajo de hojas con las horas extraordinarias.

—Las han devuelto de la oficina de procesamiento de datos, señor. Firmó solo con las iniciales en vez de escribir su nombre completo. En Contabilidad se niegan a pagar las horas extras hasta que no las reciban todas como es debido.

Callanach dijo una palabrota y cogió los papeles.

—¿Siempre es así?

—No, pero la persona que se encarga de ello es nueva y parece que sigue a rajatabla el procedimiento.

—Pues vaya mierda. ¿Y qué ha sucedido que sea tan importante como para interrumpir nuestra reunión? —preguntó.

—La inspectora Turner ha encontrado una carta amenazadora bajo la puerta de su despacho. Se lo están tomando muy en serio. Estamos revisando todas las cámaras de vigilancia que hay tanto fuera como dentro del edificio. La inspectora está con el comisario.

Un minuto después, Callanach estaba delante de la puerta del despacho de Ava, pero fue invitado a irse por el equipo de Criminalística que estaba recopilando huellas de la carta y fotografiándola antes de llevarla al laboratorio.

Decidió esperar a Ava en el pasillo, frente a la puerta del comisario Begbie.

—¿Una mañana intensa? —preguntó Callanach.

—Se podría decir que sí —respondió Ava—. ¿Qué estás tramando?

—Estoy intentando comprender por qué han interrumpido mi reunión. He pensado que era mejor obtener la información de primera mano. Los agentes de policía suelen ser fuentes poco fiables.

Ella hizo una mueca.

—Han montado mucho jaleo por nada. Son solo gajes del oficio.

Alguien me ha dejado una nota para que sepa que no le caigo bien.

El efecto secundario más molesto es que mi despacho estará fuera de servicio durante un tiempo.

No importa, pero si lo hubiera sabido, podría haber dormido un poco más esta mañana.

—A lo mejor está relacionado con las flores. Quizá la persona que dejó la nota decidió que tenía que hacer algo más extremo para llamar tu atención.

—Hay un gran salto de las rosas a las amenazas de muerte, ¿no crees?

No es la primera vez que alguien quiere matarme y no será la última.

La buena noticia del día, sin embargo, es que el laboratorio ha hecho un gran trabajo con el ADN de la sangre seca, agilizando el papeleo, y ya tenemos los resultados.

Definitivamente no pertenece al niño y están bastante seguros de que es de la madre.

Lo están comparando con la base de datos para intentar encontrar una coincidencia.

—Va a ser complicado —comentó Callanach—. Es muy poco probable que esté en el sistema.

—¿Por qué no te vas a deprimir a la gente de tu equipo? —preguntó Ava.

—No me has dicho lo que ponía en la nota —fue su respuesta. Ava puso los ojos en blanco y fingió aburrimiento. Callanach vio a una mujer que estaba evitando aceptar que corría peligro.

—Algo sobre clavarme un picahielos en la cara y hacer que me arrepienta de haber nacido. Me han ordenado que no vaya a casa hasta que estén los resultados de Criminalística. Como si fuera a pasarme algo.

—Hazles caso —le advirtió Callanach—. Nunca se sabe.

—Gracias, inspector, lo tendré en cuenta. —Le hizo un saludo militar y se alejó.